Miércoles 12 de Diciembre, 2018
Actualidad

Hiroshima y Nagasaki La masacre más grande de la historia

Carlos Longhi Carvajal*
Miércoles 8 de Agosto, 2018

Dos fechas que llenan de vergüenza y de dolor  a la Humanidad: el lanzamiento de sendas  bombas atómicas desde aviones B-29 del ejército  de los Estados Unidos sobre Japón: el 7 de agosto de 1945 a las ocho y quince de la mañana sobre la ciudad  de Hiroshima, y el  9 del mismo mes y año, a las once y dos minutos de la mañana, sobre la ciudad de Nagasaki. Bastaron pocos segundos en cada ataque aéreo para matar a 140.000 seres humanos: 70.000 en cada una de esas ciudades japonesas. Esos fueron los que menos sufrieron, porque los que murieron  horas y hasta años después como consecuencia de ese acto de extrema barbarie, padecieron   terribles dolores por los efectos de la radiación,  elevando la cifra de 140.000 a más de 200.000 víctimas mortales, la inmensa mayoría población civil. Pero es que ya, en marzo de 1945, los bombarderos  B-29 , cargados de explosivos, habían reducido a escombros unos 30 kilómetros cuadrados de la ciudad de Tokio, capital de Japón, matando  a 85.OOO de sus habitantes. En números redondos, 300.00 seres humanos masacrados en escasos seis meses.  Valga la ocasión para recordar que  fue debido a las súplicas al Presidente Truman de uno de los más altos mandos militares de los Estados Unidos, que la ciudad de Kyoto fue sustituida por Nagasaki.

   Los responsables del ataque atómico, han tratado de justificarlo alegando que si la guerra hubiese seguido con la utilización de  armas convencionales, ello habría provocado una cantidad de víctimas mortales aún mayor. Pero lo cierto es que, cuando se lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón ya estaba prácticamente vencido y a punto de capitular; Alemania ya se había rendido incondicionalmente tres meses antes el 7 de mayo de 1945, e Italia, el otro aliado de Japón, había sido vencida en  1943. Pero fueron en vano los esfuerzos diplomáticos y las desesperadas gestiones de dos de los más destacados científicos atómicos –Szilard y Franck- ante el gobierno de los Estados Unidos, para evitar el uso del arma atómica sobre Japón.

   Del libro El Grito de los Niños, de Peter Towsend  –célebre periodista y aviador británico- cuya primera edición en castellano fue publicada en abril de 1980, citamos  tres pasajes,  referidos al ataque atómico sobre Hiroshima.

   “La madre de Keiko Sasaki, una niña de seis años, vivía en Hiroshima, mientras que la niña vivía con su abuela en el campo. Al conocerse la noticia de la bomba, la anciana se dirigió a la ciudad. Regresó al cabo de una semana con una mochila, de la  que sacó una cajita: contenía un diente de oro y un único hueso, todo lo que quedaba de la madre de Keiko.”                                                                                      

   “Kumiko Tamesada, una muchacha de dieciséis años, también perdió a su madre aquella mañana de agosto. La niña se hallaba pasando unos días con sus abuelos en el campo, <<y por eso me salvé, aunque no me consolaba de la muerte de mi dulce y buena madre.>> Su padre, que milagrosamente escapó sin un rasguño, le describió el infierno  que el Enola Gay (el B-29 que lanzó la bomba, pilotado por el coronel Tibbets) engendró en Hiroshima: <<las ensangrentadas madres que llevaban en brazos los cadáveres yertos de sus hijos; la gente con los brazos despellejados desde los hombros, con la piel cayéndoseles  de los dedos; los que sufrieron tan terribles quemaduras que, tendidos en el suelo, no se sabía si estaban de cara o de bruces; las colegialas con la espalda erizada de cristales…; la conmovedora visión de un padre con un recién nacido en brazos que lloraba, tratando de encontrar los pechos de alguna madre viva…>> Tanta mortandad y tanto sufrimiento provocó el  Enola Gay en Hiroshima.  El nombre de la madre del coronel Tibbets (impreso en el  B-29) quedará para siempre asociado a las madres de Hiroshima que aquella mañana de agosto perdieron a sus hijos, a los hijos que perdieron a sus madres y a las familias enteras que mató la bomba lanzada desde el  Enola Gay.”

   “Miyoko Matubura,  oprimida por el recuerdo de aquel día, apenas si podía hablar conmigo,” dice Towsend. Y agrega: “Miyoko sufrió grandes quemaduras, y estuvo en tratamiento varios meses; pero se le formaron cicatrices queloideas en los brazos, piernas y cara. Perdió eventualmente el uso de los brazos, por lo que tuvo que iniciar una serie de ejercicios de recuperación para recobrar su movimiento. Era tal su rigidez, que cada vez que movía sus  articulaciones le sangraban; pero a costa de mucha tenacidad y grandes sacrificios consiguió lo que se proponía. De cuando en cuando le pedía a su madre un espejo, recibiendo siempre la misma negativa; pero un día, por fin, se vio la cara. Quedó horrorizada. <<Cuando no me daban un empleo por culpa de las cicatrices de la cara, lloraba con desesperación; lloraba cuando no me sentía con fuerzas para ir a la escuela y lloraba amargamente siempre que pensaba que nunca me casaría.>> También lloraba su madre, aumentando su pena al exclamar:  <<¿por qué no sería yo la que sufriese las quemaduras?  Ya soy vieja y pronto moriré. ¡Ojalá hubieras muerto el día en que te quemaron!”   Esta valiente mujer ha sufrido un atroz calvario desde la infancia, un martirio prolongado desde hace treinta y tres años.  <<Nosotros, los que sobrevivimos –me dijo- , no queremos que nadie en el mundo pueda sufrir jamás la espantosa tragedia que nos tocó soportar. Por favor, diga a gritos que no queremos otra guerra ni otro Hiroshima.

    Son  numerosas las entrevistas  con víctimas de Hiroshima y Nagasaki que se encuentran en el libro de Towsend.  No hemos consignado ninguna referida a Nagasaki, para no hacer más largo este doloroso recordatorio; pero son igualmente conmovedoras.

     “Harry Truman, presidente de los Estados Unidos, - dice Towsend – al conocer la noticia de que el ataque a Hiroshima había constituido un éxito, exclamó orgulloso:  << Es el acontecimiento más importante de toda la Historia. >> Y añade de seguido: “Superior seguramente, en opinión del presidente, a las figuras de Cristo, Krishna o Confucio; mayor que un Moisés o un Mahoma; de grandeza superior a Buda y a la Biblia.”

    Y un poco más adelante agrega: “Mucho más acertado hubiese estado Truman si hubiera calificado su gran acontecimiento como <<la masacre más grandiosa de la Historia>>. Realmente, había hallado la fórmula perfecta para ello: un solo avión, una sola bomba, y unos 100.000 seres humanos aniquilados, incluyendo en esa cifra, porque es preciso hacerlo, a los hijos y a los nietos que hoy, siguen muriendo por enfermedades causadas por la bomba atómica.”

    “Seguramente, en opinión del presidente, -sentencia Towsend- el segundo acontecimiento más grande de la Historia fue la bomba atómica que tres días después arrasó la ciudad de Nagasaki, dando muerte a 70.000 personas.” Nagasaki,  afirma, antes de ser destruida,  “ constituía uno de los primeros centros culturales , científicos e industriales del país, y tradicionalmente la única ciudad japonesa abierta durante siglos a la influencia occidental.”

     ¡LA HUMANIDAD SIGUE ESPERANDO QUE OTRO PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS PIDA PERDON!

   Ojalá que este terrible sufrimiento de Japón –responsabilidad de pocos y vergüenza de toda la humanidad- no haya sido el anuncio de la desaparición total de la vida en el planeta Tierra con las superbombas  atómicas de  hoy, que tienen un poder destructivo mil  veces más grande que las de Hiroshima y Nagasaki.  Baste saber que, lo que fue entonces un secreto militar en poder de los Estados Unidos: la fabricación y transporte de bombas atómicas, hoy está también a disposición de Rusia, la República Popular China, el Reino Unido, Francia, India, Pakistán,Israel, y posiblemente Corea del Norte y algún otro estado. Se estima que hoy, el arsenal de bombas atómicas de gran poder  tiene una capacidad veinte veces mayor que la necesaria para destruir toda la Tierra. Y como si tal poder  de destrucción y muerte no fuese suficiente, a él tenemos que agregarle las no menos letales armas químicas y bacteriológicas. Se necesita un gigantesco esfuerzo ético de la raza humana para evitar un exterminio de toda forma de vida en nuestro  planeta ; y  esto sólo será posible si  de una vez y para siempre renunciamos  a ese vesánico afán de sojuzgar la naturaleza entera. Esa sentencia de muerte,  para los que interpretan de manera simplista  el Génesis 1: 28,  ya está escrita: “Dios los bendijo, (a Adán y Eva) diciéndoles: <sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y SOMÉTANLA. Manden a los peces del mar, a las aves del  cielo y a cuanto animal viva en la tierra.>  (Las mayúsculas son mías).

   Surge entonces la gran pregunta:  siguiendo las enseñanzas de Cristo, Francisco de Asís, Gautama Buda, Confucio, Mahatma Ghandi, Martín Lutero, Martin Luther King, Nelson Mandela y otros grandes iluminados,  ¿aprenderemos antes del Gran Exterminio a vivir en comunión con la Madre Tierra, conviviendo nosotros  como hermanos y aceptando también como hermanos a todos los otros seres vivientes como lo predicaba  el Santo de Asís?

                                                  ¡EL TIEMPO SE NOS ESTÁ ACABANDO!

 


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