Jueves 16 de Agosto, 2018
Criterium

¡Adiós casona blanca!

Adriana Nuñez Artiles *
Martes 15 de Mayo, 2018
A pesar de que aprendí desde muy niña que las cosas materiales van y vienen, no puedo menos que expresar desolación y tristeza por la reciente desaparición de una edificación magnífica, ubicada hasta hace muy poco, en las inmediaciones del barrio Francisco Peralta, muy cerca del edificio donde funciona la Biblioteca Monseñor Sanabria de la Asamblea Legislativa.
 
Menos de un año atrás, vi ingresar por la puerta principal de esa enorme vivienda familiar, a una distinguida dama, entrada en años y en apariencia frágil, que regresaba de una breve caminata en compañía de quien parecía ser uno de sus colaboradores domésticos. Imaginé que vivía allí prácticamente sola la mayor parte del tiempo, paseándose entre los elegantes recintos con pausada nostalgia. Y que entre las paredes de la acogedora morada, ella guardaba valiosas reliquias, documentos, libros, recuerdos y vivencias.
 
Por razones que aún no he podido explicarme, pensé en ese momento, que tal vez era la última vez que la anciana recorría los hermosos jardines que circundaban su hogar. Y paradójicamente creo que así fue. Pocas semanas después, la casona exhibía banderas y rótulos del excandidato de uno de los principales partidos políticos contendores en la última campaña electoral. Una vez finalizado el proceso, cayó irremediablemente en el recuerdo, hecha añicos por quienes posiblemente heredaron la propiedad y tienen otros planes para el enorme terreno.
 
En un abrir y cerrar de ojos, desapareció del escenario cotidiano para siempre…
 
Alta, blanca y cómoda; rodeada de frondosos árboles, ladrillos, chimeneas y de un interminable muro cargado de veraneras de color naranja y rojo, la casa mostraba con orgullo su amplia fachada, desafiante ante el paso del tiempo, como el rostro de una mujer madura -pero aún hermosa- en cuyos finos surcos prevalece inmutable su original belleza.
 
Los árboles que le daban sombra y frescura están todavía ahí, bordeando la propiedad esquinera. ¡Quién sabe por cuánto tiempo! Lo que denominamos “progreso” ha ido convirtiendo a este barrio y a otros muchos -en los mejores casos- en zonas de oficinas, tiendas, cafetines y otros comercios medianos y pequeños. En la peor de las suertes, distintas zonas residenciales se van transformando en extensos y áridos estacionamientos o vemos erigirse en ellas, condominios de minúsculos departamentos, torres brillantes y ostentosas, que interrumpen la vista de las montañas azules con su aspecto de cajones metálicos, solitarios e inanimados.
 
Cada vez son menos las casas con espíritu y personalidad; escasean las que marcaron una época de reposo, abundancia, distinción y firmeza;  las que reflejaron el lujo de vivir en paz, en asertiva comunicación con la familia, la vecindad y el entorno. Lamentablemente, la huella de las generaciones que le dieron nombre a este país se ha ido borrando con ellas. Pareciera que preferimos ahora, cada vez más “globalizados y diversos”, estructuras carentes de estilo, chabacanas algunas, iluminadas por neón porque el sol no les alcanza. Frías, solitarias, impersonales…
 
Nuevas camadas de seres humanos están mayoritariamente a gusto con ese nuevo estilo de edificar; sobre todo aquellas que lo saben todo porque crecieron de la mano del nuevo milenio. Muchos nos hablan de ecología, reciclaje, respeto y equilibrio, aunque rodeados de ruido, cemento y tecnología, se aíslan frente al teléfono celular, convencidos de que no necesitan apoyarse en la historia o en las luchas y vestigios del pasado para enfrentar el futuro. 
 
¡Adiós casona blanca! Tras la tapia, un vacío ensordecedor se arremolina en el viento. Pero al menos en mi historia personal, vives aún en un espacio de ensueño que se disipará únicamente cuando como tú, deje volar un último aliento. 
 
(Foto tomada por la autora Adriana Núñez Artiles, Barrio Francisco Peralta.)
(*) Expresidenta del Colegio de Periodistas

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