Jueves 16 de Agosto, 2018
Criterium

El amor por la lectura y la antigua Biblioteca Nacional

Enrique Villalobos Quirós *
Martes 8 de Mayo, 2018
Leí a principios de año un reportaje de La Nación que la visitación a las bibliotecas públicas ha bajado mucho y lucen vacías, que la consulta de libros ha retrocedido un 40%, según un bibliotecario y señalaba una de las bibliotecarias entrevistadas que para estimular la asistencia de jóvenes el atractivo ahora es tener computadoras, conectadas en línea y ofrecer clases de zumba y manualidades, entre otras entretenciones. Lo malo es que los muchachos no llegan a leer sino acuden a jugar juegos electrónicos (¡hasta cinco horas!) y a meterse en la Web para mirar lo que ofrecen las redes sociales. Algunos las usarán para fines de investigación, lo que sí es enriquecedor. 
 
Esa es la realidad actual, nos guste o no: la lectura de libros está perdiendo la batalla ante el atractivo ofrecido por las nuevas tecnologías en diversas pantallas, la del celular, masivamente empleada, la omnipresente televisión y las computadoras y las tablet, de amplísimo uso. 
 
“En general, el promedio de lectura en los ticos es bajo. Según la Encuesta Nacional de Cultura, del 2014, el 51.4 % de la población no leyó libros en los 12 meses previos a la consulta. El 17.5% leyó libros al menos una vez por semana y solo el 12.7% lo hizo todos los días”, según señala ese reportaje. 
 
Esa situación me produce tristeza, ya que me crié con los dedos manchados por la tinta de las revistas y los periódicos y el contacto íntimo con los libros, al pasar con delicadeza sus páginas, para descubrir los secretos que encerraban. Cuesta acostumbrarse a que la mayoría de las personas en los lugares de reunión (casas, restaurantes, buses y hasta en los templos) estén más pendientes del celular que de conversar con el vecino o familiar y de mirarse a los ojos. Hace poco vi un video cruel en el que una madre y su hija se abrazan y se redescubren, después de varios años de vivir bajo el mismo techo, gracias a que se cayó la Internet y no tuvieron más remedio que levantar la cabeza, mirarse y hablar. Sí, ¡hablar!
 
El relato que les ofrezco es la vivencia de un niño, cuyo primer contacto con las letras y los dibujos, fue con las revistas de tiras cómicas, Lulú, El gato Félix, Tarzán, Los Halcones Negros, El pato Donald, Superman… y los libros de cuentos de Andersen, Alicia en el País de la Maravillas, Pinocho, Caperucita Roja, Pulgarcito, Blancanieves y otros muchos más, hasta finalmente llegar a descubrir los tesoros escondidos en el bello edificio de la antigua Biblioteca Nacional. 
 
Ese idilio entre la letra impresa y yo comenzó desde que era muy niño, de una forma algo curiosa. Resulta que era muy estreñido y me ponía casi azul por el esfuerzo de defecar, sentado en la bacinica portátil. Papá me contó que yo solía tener una revista en la mano, cuando estaba ocupado en tales menesteres escatológicos: “Apenas pasaba cerca algún hermano tuyo o yo mismo, nos pedías que te leyeran las tiras cómicas”. Esas revistas de las que hablaba papá eran las que mencioné anteriormente. Aún no había aprendido a leer pero supe aprovechar el tiempo. (Cuando el asunto se ponía muy trabado, mamá enviaba a Alfredo -mi hermano mayor- a buscar una hojita de güitite, en el cerco, para aliviar mi intestino; era un eficaz remedio casero). 
 
En el año 1954 ocurrieron dos eventos importantes en mi vida: nos pasamos del bajo de La Luz (hoy barrio Los Yoses) al barrio Escalante, a estrenar casa propia e ingresé a la Escuela Buenaventura Corrales. Ese centro de estudios, con su hermoso y centenario Edificio Metálico que lo alberga y dos bellos parques, Morazán y España, que lo rodean, resultó ser el lugar perfecto para aprender mis primeras letras. La querida maestra (que aún vive y goza de excelente salud a sus 92 años), la “niña” Rolanda Briceño de Goyenaga, una guapa y sonriente guanacasteca, me enseñó a leer y escribir, amén de muchas otras cosas importantes en los seis años que me tuvo a su cargo, hasta el sexto grado. (Tenía también unos hermosos pechos. Para ver de cerca aquellos “cántaros de miel”, a menudo le pedía que viniera a mi pupitre a explicarme algo que no entendía. La mayor parte era matemática, que siempre me costó). Le estaré eternamente agradecido a mí “niña” por haberme dado esos invaluables conocimientos.
 
Por esos años, Flora, mi hermana, se hizo novia de Luis Enrique Moya. Ese dato quizá no tiene ninguna relevancia para quien me lee, pero para mí fue importante porque la suegra de Flora, doña Tina Díaz, era la dueña de un pequeño negocio de revistas, periódicos, tabacos y chocolates, el Sans Souci, que quedaba en los bajos del Gran Hotel Costa Rica. Ahí descubrí que vendían decenas de revistas, entre ellas, las que me gustaban leer, especialmente las de Tarzán, Superman y Los Halcones Negros.
 
Como quien no quiere la cosa, primero empecé a llegar ahí a ojear las revistas (por supuesto, no tenía plata para comprar ni una revista) y después encontré un rinconcito en aquella estrecha tienda, ideal para su lectura completa, bajo la mirada benévola de doña Tina. Solo me paraba de un pequeño banquito que había en un rincón, al terminar de leer una revista y empezar con otra. Eso sí, las trataba con sumo cuidado, como si fueran frágiles rosas. Trataba de hacerme casi el invisible, para no interferir con la atención a los clientes. Ella tenía un empleado que vestía de traje y corbata, con un bigotito a lo Clark Gable, el pelo engominado y una flor en la solapa. A ese hombre no le gustaba que yo llegara a leer gratis, por ser un pésimo cliente y no me cruzaba palabra. Por eso, cuando me asomaba al negocio, desde la acera, y veía que solo estaba aquel petimetre en la tienda, daba media vuelta y ¡a otra cosa, mariposa!
 
Cuando Flora se marchó para los Estados Unidos, hacia 1958, se terminó aquella fiesta con las revistas. Pero seguía con el gusanillo de la lectura. La siguiente parada en mi fiebre lectora fue la Librería López, que quedaba en la esquina de lo que hoy es la fuente de la Plaza de la Cultura, a escasos cincuenta metros del Sans Souci. Ahí trabajaba una conocida y querida amiga de la familia, doña Margarita Barreda. Ella me enseñó los libros que allí se vendían y descubrí autores interesantes como Emilio Salgari, Julio Verne, Richmal Crompton -la autora de la serie de Guillermo El Terrible, un travieso niño inglés-. Daniel Defoe (Robinson Crusoe) y otros.
 
Le comenté a papá aquel descubrimiento literario y él hizo algo fantástico conmigo: me dio permiso para sacar fiados los libros y dijo que después él pasaría a pagarlos. Ese romance con los libros duró mientras saqué buenas notas. Cuando los reportes escolares mostraron calificaciones en declive, porque me entretenía mucho leyendo las novelas, papá me cortó el crédito. ¡Eso sí fue un duro golpe!
 
Sin embargo, aquí entró de nuevo en escena la inolvidable “niña” Rolanda. Ella nos mandó a la cercana Biblioteca Nacional, a buscar información para realizar algunas investigaciones. Recuerdo perfectamente el tema de la primera asignación: los renos de Laponia. Estos bellos animales, en el perenne invierno polar, se deben alimentar de líquenes, su único alimento. Meten el hocico entre la nieve y allí lo encuentran. Esos cuadrúpedos les sirven a los lapones para tirar los trineos y les proporcionan carne y leche. ¡Pasan los años y no olvido esa primera tarea! ¿Quién mete a un niño de un país tropical a hacer una tarea sobre los renos de Laponia?
 
El edificio de la biblioteca era una belleza, estaba hecho de piedra labrada y de dos pisos, con amplios ventanales, de dos hojas. Un majestuoso vestíbulo dividía las dos alas que poseía. Pues bien, fui al ala derecha, con el pesado volumen de la enciclopedia bajo el brazo, a escribir la mencionada asignación. Había varias mesas pequeñas, redondas, y sillas, con la altura adecuada para los pequeños que ahí acudíamos. Estaba escribiendo cuando levanté la mirada y me llamó la atención toda una gran estantería vecina, colmada de coloridos tomos. Me aproximé a ver y, para mi asombro, allí reposaba una formidable colección de novelas de todos los autores conocidos en ese momento. ¡Había más libros que en la Librería López! Aún incrédulo, me acerqué a una bibliotecaria y le pregunté con timidez por esos libros. Ella, con una amplia sonrisa, me dijo: “¿Quiere leerlos? Le alcanzo el que quiera, mijito”. Aquello para mí fue como si se abrieran las puertas del paraíso. La única condición era que debía leer los libros en la sala de lectura; no existía el préstamo a domicilio. 
 
Desde ese día frecuenté la Biblioteca Nacional; me encantaba leer escuchando caer la lluvia vespertina. Después de aguacero, el olor a tierra mojada y el aroma de los rosales, que florecían en los patios interiores, se colaban por los grandes ventanales. A partir de ese momento mágico, me convertí en admirador de las bibliotecarias por la estupenda labor que realizan.
 
Mis padres no salían de su asombro: su hijo menor se había vuelto muy estudioso, porque iba casi a diario, a la biblioteca, “a estudiar”, según yo les informaba. No fui un alumno sobresaliente en la escuela pero hice lo propio para obtener calificaciones regulares, lo que me permitió alternar el estudio con la lectura y no perder ningún curso. Se cumplió conmigo una de las funciones fundamentales de las bibliotecas públicas: promover la cultura.
 
Por eso, muchos años después, cuando volví en 1970 de España, graduado de periodista, y comencé a trabajar en La Nación, en su antiguo edificio de la avenida 1ª, casi me pongo a llorar al contemplar el solar vacío de lo que fue aquel bello templo del saber, convertido en un vulgar parqueo durante la administración del Presidente José Joaquín Trejos. Desde la sala de redacción del diario, en el segundo piso, miraba aquel adefesio que se exhibía a pocos metros de nosotros. Un verdadero sacrilegio fue destruir ese bello edificio. 
 
“Sin embargo, el incidente me transportó al viejo Congreso, situado en el antiguo Palacio Nacional. Por cierto, ¡qué atentado contra nuestra historia, contra nuestro pasado, fue la demolición del vetusto edificio construido en la administración de don Juan Rafael Mora en 1853! ¿Por qué los costarricenses la emprendemos contra nuestra historia, contra nuestro pasado, contra lo que tenga antigüedad, tal como también ocurrió con el hermoso edificio de la Biblioteca Nacional…” (Una vida aventurera, 2ª parte, Miguel Salguero, EUNED, 2011).
 
(*) Expresidente Colper

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