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El gran maestro Guido Fernández

Edgar Fonseca Monge | Jueves 20 de Junio, 2019

Fue el gran maestro Guido Fernández quien me abrió las puertas a la magia del periodismo en noviembre de 1975.

Por recomendación de Guillermo Fernández, quien me había oteado en la escuela de periodismo, llegué a su oficina de director de La Nación a finales de octubre de aquel año.

Me acompañaba una melena “beatleriana”, de mi rebelde juventud, y unos inseparables pantalones campana.

Y con apenas siete meses de pasantía en el desaparecido noticiero La Palabra de Costa Rica de radio Monumental, y de mis notas de corresponsal desde Aserrí para La Nación y La Prensa Libre, don Guido dio el “OK” a mi precoz contratación.

Una semana de prueba, a lo sumo quince días, y, finalmente, me confirmó como nuevo redactor de planta.

Así sucedieron las cosas. Más rápido de lo que me imaginaba.

Mi sueño profesional se cuajaba tempraneramente.

Me abría la puerta y la oportunidad en un diario plagado de estrellas periodísticas en su cumbre.

Danilo Arias Madrigal, mi primer gran ídolo reporteril, el mejor cronista presidencial de todos los tiempos, Miguel Salguero, el insuperable relator costumbrista, formaban parte de aquel grupo de sazonados periodistas a quienes, junto a otros compañeros de la escuela, llegábamos a “hacerles sombra”, a empaparnos de sus experiencias y de sus conocimientos.

Pero fue Guido Fernández, con su firme y directa conducción del diario, y con sus inobjetables observaciones, quien me marcó para siempre con el “fierro” del fuego ético en los albores de mi trayectoria.

 

El crimen del motel…

Mis primeras notas fueron suceseras.

Corría el final de los años setenta y el país era todavía un oasis de tranquilidad. Un crimen por semana, a lo sumo, sobresalía y agitaba el ambiente entre hechos delictivos menores.

Siempre me llamaba la atención que al día siguiente cuando yo comparaba las notas publicadas por otros colegas en otros diarios, notaba que del mismo parte policial que todos recogíamos en las viejas oficinas de la Dirección de Investigaciones Criminales (DIC), antiguo Colegio de Sión, o de simples hechos que cubríamos, ellos se daban “el lujo” de lanzar hasta dos páginas consecutivas, ricas en detalles que yo carecía.

Yo me sentía rezagado.

Pero, una tarde, la capital se conmovió más de la cuenta al trascender el crimen de una mujer en un motel al sur de San José.

Me fui a la escena. Me empapé de todos los detalles posibles.

Y volví a la sala de reacción dispuesto a demostrar que yo también podía redactar “a lo grande” en sucesos.

Y así lo hice.

Creo haber redactado, en una ruidosa máquina Olympia que me asignaron, cuatro hojas completas de aquel insólito suceso con todos los pormenores.

Pasé confiado el material a la jefatura para revisión.

Al cabo de unos minutos, Guido Fernández, con sus lentes caídos a media nariz, me llamó a su oficina.

¿Usted redactó esto?, me espetó.

 “Sí”, le respondí sin chistar.

De inmediato me mostró el material y un extraño escalofrío me recorrió al notar que, párrafo tras párrafo, la nota estaba rayada por las líneas rojas de su lapicero.

“Así no debe ser”, me advirtió.

En aquel instante, sentí que mi carrera profesional se derrumbaba.

Pero no.

Más bien significaba, en la lección del viejo gran maestro, un tempranero chance de reemprender el vuelo, sin amarillismos, ni sensacionalismos, ni alarmismos en mis coberturas periodísticas.

De respetar y proteger ante sucesos como esos, y ante todo, la dignidad del ser humano.

Se lo agradecí por siempre.

Como le agradecí cuando me aceptó como un nuevo miembro de su staff de reporteros, en aquel despegue mágico de mi carrera profesional.

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