Martes 19 de Junio, 2018
Criterium

Legitimidad del Colegio de Periodistas de C.R: Necesario análisis de la profesión de periodista

Jimen Chan Soto *
Martes 12 de Junio, 2018

Tanto en Costa Rica como en el resto de América Latina, facultades y escuelas de Periodismo se enfrentan a una controversia con su entorno, en tanto permanecen desvinculadas de la comunidad y son meras espectadoras de los cambios sufridos en el sector y de las nuevas condiciones del desarrollo del campo, generando un desfase en torno a las competencias adquiridas por sus egresados, versus las requeridas por el mercado laboral. (Basado en trabajos de la Dra. Claudia Mellado Ruiz). (Ver “Confusión de la identidad del periodista la produce la academia que se inclina por identificarlo como comunicador social”, del suscrito: https://www.facebook.com/groups/478889438820472/?ref=bookmarks

Aún pareciera quedar mucho trayecto hasta lograr en los periodistas una adecuada comprensión, alcances y limitaciones de su quehacer.

Los reparos aparecen, primero, desde los propios periodistas titulados -cesantes o en ejercicio- quienes cuestionan la pertinencia y calidad de la formación universitaria recibida. Las escuelas de periodismo, no obstante, no parecen cuestionarse el origen de dichas críticas.

Esta problemática plantea la discusión sobre una posible disfunción existente entre el mundo universitario y el mundo del trabajo vinculado con la profesión, lo cual incide profundamente en la delimitación de un perfil profesional del periodista/comunicador, dejando en evidencia una falta de consenso que otorgue validación interna y externa, y permita proyectar la profesión.

En uno u otro escenario, hasta hoy existe duda y polémica acerca de qué supone en realidad la actividad comunicativa y se cuestiona: por qué razón se puede poner en duda la profesionalidad de quienes se dedican a tareas vinculadas a la comunicación, así como qué dificultades se han ido presentando a la hora de configurar esta actividad con unos rasgos propios.

En primer lugar se observa una separación entre quienes consideran que el periodismo es un oficio o una simple actividad remunerada, y quienes lo definen como una profesión.

En segundo lugar, y dentro de los que validan al periodismo como una profesión, se encuentran quienes lo remiten y acotan a la actividad reporteril, vinculada a los medios de comunicación, mientras que al mismo tiempo, están quienes cada vez más reconocen al periodismo dentro de la comunicación como “la gestión profesional de la información y la comunicación en distintos niveles, formatos y soportes, dentro de las áreas laborales según las competencias exigidas. A saber: producción de contenido de prensa, producción de contenido institucional, Docencia y Producción de contenido independiente”.

Es posible detectar una tendencia clara: que el periodismo “se va construyendo como una profesión y sigue los cauces admitidos para profesionalizar un oficio, especialmente el de reclamar para sus integrantes una formación superior y específica para su ejercicio. Pero al tiempo se convierte en una actividad compleja que desborda ampliamente los marcos estrictos de una profesión”.

El comienzo del dilema

Fueron las escuelas estadounidenses las que cambiaron el título a los estudios de periodismo por el de “Ciencias o Artes de la Comunicación” y no las europeas y latinoamericanas. Sin embargo, en Estados Unidos la homogeneización no fue tan acelerada y notoria como en América Latina, al tiempo que ha tenido un desarrollo, connotación y valoraciones distintas, con un esquema de formación sencillo y práctico: capacitar personal en respuesta a la demanda concreta del mercado laboral desde un concepto de comunicación sólo vinculado con los medios masivos.

La instalación de la comunicación social en América Latina, en tanto campo de estudio con pretensiones de autonomía y cientificidad, se produjo hacia los años sesenta con la llegada de los modelos funcionalistas estadounidenses, de base sociológica o de la sociología conductista.

A nivel local, si nos remitimos a la historia, fue a partir de los años ochenta cuando las facultades y escuelas se abrieron hacia las ciencias sociales, ampliando su espectro de estudio, antes más definido desde una formación específica, casi técnica. Es de esta reflexión semilla de la cual viene la conciencia creciente de que el periodismo, comprendido dentro de la comunicación social, no se agota en la actividad reporteril.

Así las cosas, la formación de periodistas y comunicadores comenzó a evolucionar desde los conocimientos instrumentales de carácter profesional o del oficio -valiosos e imprescindibles, por supuesto- a facilitar una formación más académica y fundamentada en conocimientos ampliados sobre la naturaleza de los procesos de comunicación, sus repercusiones e implicaciones sociales y sobre los contextos sociales en los que ésta se inserta.

No obstante, si observamos los estudios empíricos efectuados sobre la realidad del periodista y el profesional de las comunicaciones, al menos a nivel nacional, comprobamos que muchos de ellos sólo se remiten al periodista como el que trabaja en medios de comunicación.

El fenómeno anterior se acrecienta en Costa Rica con la irrupción de escuelas de periodismo o comunicación privadas que retornan al concepto de formación exclusiva de reporteros, con la eliminación de una educación comprensiva (como la que suministran las universidades públicas en los llamados “Estudios Generales”) y en la Universidad de Costa Rica con una formación en Ciencias de la Comunicación Colectiva precedente y general con énfasis en Periodismo, Publicidad, Relaciones Públicas, Producción Audiovisual y Comunicación, a la salida.

Mayoría de periodistas trabaja fuera de los medios 

Sin embargo, datos empíricos arrojados por otras investigaciones que han explorado la evolución de la profesión en sus diferentes áreas, comenzaron a plasmar una realidad hoy contrastada en diversos países, incluida Costa Rica: que una porción importante de los egresados de las escuelas de periodismo no se desempeñan en medios.

Sobre las perspectivas profesionales y el mercado periodístico, nos hablan de un 65% de profesionales dedicados a otras áreas laborales (sin contar a quienes no están trabajando), tales como producción de contenido institucional, docencia o producción independiente: en todas las cuales las competencias profesionales son diferenciadas y al mismo tiempo complementarias, pero carecen de elementos formativos profundos que las respalden.

Dentro de estas áreas “emergentes”, están las vinculadas a la comunicación organizacional, las que mayor empleo generan. Con ello se confirma la expansión del mercado laboral local hacia la producción de contenido institucional, situación similar se da en todos los países latinos e iberoamericanos.

No obstante, esta misma multiplicidad ocupacional dentro de las empresas, y la complejización funcional, podrían conspirar contra un proceso de identificación sobre bases definidas.

Desfase entre oferta educativa y demanda laboral 

El desfase entre la oferta educativa y la demanda laboral se ve profundizado por la imagen social que aún posee la carrera, por lo que subsiste la creencia de que la formación profesional queda circunscrita al aprendizaje de habilidades para ingresar a un medio de comunicación masiva, lo cual es un hecho comprobado respecto a la orientación de las universidades privadas. Este mismo hecho hace difícil definir el periodismo en términos ocupacionales, y más cuando el cuadro institucional refuerza la heterogeneidad, la segmentación y la falta de unidad interna.

El trabajo de los denominados gabinetes de prensa o de comunicación no puede ser considerado de índole periodística. Que si bien un alto porcentaje de los profesionales que trabajan en los gabinetes de comunicación son realmente periodistas, pues, acreditan su título universitario en Periodismo, difícilmente pueden ser considerados periodistas en ejercicio, dada la naturaleza opuesta de su tarea con el cometido específico del quehacer periodístico.

Algunos autores consideran que no es lo mismo formar periodistas que comunicadores y que “el problema viene cuando se deja de identificar al periodista con la información del día, la puesta en conocimiento de la realidad en entregas periódicas. Cuando se piensa también, implícita o explícitamente, en quienes elaboran los dossieres de prensa, los análisis de sus contenidos, los informes situacionales y los que ofrecen la marca de una empresa. (…) ¿Dónde está la frontera entre ser informador y experto en “vender” información? ¿Entre ser intermediario, intérprete y fiscalizador de la realidad a ser guardador celoso de una parte de esa realidad o Intermediario no entre la fuente y el receptor sino entre la fuente y el periodista?”

Por otro lado, otros autores abogan por una necesaria redefinición profesional del periodista, el cual ya no sólo debe estar preparado para trabajar en un medio de comunicación, sino llevar a la práctica una serie de competencias que lo han hecho acreedor de un título profesional y de un grado de Licenciado en Comunicación Social o Colectiva, como el cada vez más emergente campo profesional vinculado a la gestión de la comunicación interna y externa de una organización, con capacidad de mantener excelentes relaciones con sus públicos estratégicos y conocer las acciones comunicativas que deben utilizarse, por ejemplo, desde sus Direcciones de Comunicación o empresas consultoras.

Sorprende, entonces, descubrir tal disparidad entre la discusión teórica y las comprobaciones en orden a verificar las hipótesis en el terreno profesional, pues además de los resultados empíricos encontrados en las últimas investigaciones realizadas en el área, las propias entidades formadoras incluyen en sus mallas curriculares, aunque en menor medida, elementos vinculados directamente a la Producción de Contenido Institucional y a la Producción de Contenido Independiente, alejadas ambas de la producción de contenido de prensa.

Hay que señalar que tales trabajos no requieren legalmente una acreditación  de los profesionales del caso, en el Colegio de Periodistas de Costa Rica, únicamente el de jefe de información o prensa en una institución del Estado.

Se comprueba por otra parte la inexistencia de un cuerpo de contenidos temáticos unánimemente aceptados, que se consideren imprescindibles en las asignaturas examinadas. Así también, la inexistencia de un conjunto de contenidos temáticos unánimemente aceptados para las mismas asignaturas (o semejantes) en una misma carrera, en diferentes instituciones. Por supuesto, esto influye en la asunción de diferentes posiciones en el seno del Colegio de Periodistas.

De Periodistas a Profesionales en comunicación

Esta diversidad de formaciones mencionada, se termina manifestando en Costa Rica, hasta el punto de que surgieron interesados en transformar de hecho, que no de derecho, introduciendo en el logo de la organización original, en primer lugar y en letras de mayor tamaño la leyenda: PROFESIONALES EN COMUNICACIÓN, seguida del nombre real y legal de la organización, en letras de menor tamaño y en último lugar: Colegio de Periodistas de Costa Rica, aparte de otras acciones concretas que involucran la transformación de la corporación.

Precisamente, los actuales líderes del Colegio acaban de revertir esta situación, que perduró por más de dos décadas, y ahora la sede de la corporación luce un rótulo que identifica a la organización como Colegio de Periodistas de Costa Rica y en segundo lugar la leyenda: Profesionales en Comunicación.

Todo este movimiento puede haberse originado en la falta de identificación que estos miembros del Colegio tienen con la profesión de periodista, o porque se trata de graduados en Relaciones Públicas, Publicidad, Comunicación, etc., aparte del significado que esta actividad tiene con la democracia (LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN), que abordaremos con más detalle adelante. (Ver artículo del suscrito: “Torre de Babel en pequeño. Colegio de Periodistas es actualmente una ensalada de frutas aderezada con salsa de tomate y mayonesa”), https://www.facebook.com/groups/478889438820472/?ref=bookmarks

Más solitas que integrantes de un coro 

Queda de manifiesto que no existen criterios compartidos ni un mínimo común denominador en torno a los contenidos existentes en las distintas instituciones que forman en periodismo, lo que va directamente en contra de las posibilidades que tengan los egresados de enfrentar el mundo laboral en igual forma para todos.

“¿Será entonces que ha habido una excesiva esquizofrenia entre el sector empleador y los centros de formación? O ¿no será que a fuerza de ensanchar el concepto de periodista al de comunicador se ha vaciado su significación?”

Hoy, al contrario de lo que sucedía en las primeras décadas del siglo XX, la norma es que el profesional de las comunicaciones sea titulado de alguna de las decenas de programas que se dictan. Sin embargo, esto dista mucho de convertirse automáticamente en una formación de calidad.

En efecto, pese al evidente aumento de la discusión casi epistemológica de la identidad del periodista como profesional universitario, y del estado del debate social y académico sobre la formación en las carreras de Periodismo y licenciaturas en Comunicación Social (Colectiva), no se observan avances sustanciales, y así como agentes externos critican su accionar, un número importante de las propias entidades formadoras de todo el mundo reportan su preocupación por las insuficiencias en la preparación interdisciplinaria de sus alumnos.

Énfasis en los procesos de profesionalización 

Sin embargo, y de acuerdo a lo analizado hasta ahora, el posible avance en el conocimiento de lo que hoy se entiende y estudia como periodismo, pareciera depender más bien de una investigación empírica sobre el mercado y las transformaciones surgidas en los puestos ocupacionales, que de una redefinición del papel ideal del periodista o del comunicador.

Esta discrepancia en materia de contenidos repercute en una caracterización concreta de las temáticas impartidas en las escuelas de periodismo, alejando aún más la posibilidad de establecer un parámetro válido de perfil profesional, junto con hacer más difícil la tarea de consensuar si es que las competencias adquiridas en la formación académica tienen concordancia con las constantes transformaciones del mercado laboral, directamente vinculables con el campo ocupacional al que se verán enfrentados, y la efectiva adaptabilidad de los profesionales a dichos cambios.

Asimismo, se pone en duda la relación entre lo ofertado por las entidades universitarias y el desarrollo propio del campo.

De este modo, si la excelencia o la experiencia son valores y herramientas determinantes en un periodista, sin una formación integral, que primero sea reconocida y luego consensuada, no se logrará la profesionalidad y el impacto social necesarios, especialmente en el contexto de una disciplina aún en proceso de maduración, como lo es la comunicación social.

Por ello nos atrevemos a plantear que si la comunicación como campo académico desea realmente dejar de ser postergada dentro de las ciencias sociales, es necesario reconocerla como objeto de estudio, madurar el quehacer y posicionarse en relación a las demás disciplinas. En primer lugar, porque los programas de formación en periodismo, y el propio gremio que agrupa a los profesionales, no pueden seguir desconociendo las competencias y destrezas que los futuros periodistas, y los que ya lo son, requieren en el mercado laboral.

Asimismo, es una función de la universidad capacitar a sus estudiantes para ese mercado, y no condenarlos a la obsolescencia intelectual y profesional, y de esta forma, a la cercana o lejana cesantía. Finalmente, es responsabilidad de estas instituciones estudiar, cuestionar, prevenir e incluso, reinventar el mercado laboral mediante acciones concretas y sistemáticas.

Pese a ello, a nivel de las universidades nos encontramos con su incapacidad sostenida al momento de definir y consensuar un perfil claro que genere, a nivel básico y global, una delimitación actualizada en la formación del periodista y comunicador social. Más bien, nos encontramos con posiciones irreconciliables, que sólo dañan un posible desarrollo y despegue del área.

Es probable que los procesos de la enseñanza-aprendizaje de la comunicación y del periodismo le hayan dado la espalda al contexto, al tiempo que desde el aula no se ha logrado impactar suficientemente el entorno, con metodologías y propósitos curriculares coherentes. Pareciera, también, que el debate entre lo que hoy se entiende por comunicación desde la academia, más lo que saben y enseñan los docentes en las aulas, tiene poco que ver con lo que el contexto y el entorno le demandan.

De allí que el mercado laboral -llámese medios de comunicación, empresas públicas y privadas, educación, sociedad civil, etc.-, ante la avalancha de periodistas graduados por año, esté criticando la concepción funcional e instrumental de la comunicación que se enseña y aprende en las universidades, la limitada formación práctica y la poca visión que se tiene sobre el rol y el aporte de los periodistas/comunicadores en la construcción social de la realidad. Podríamos decir que no se puede formar sólo para las lógicas del mercado, pero tampoco se puede obviar.

Sin embargo, el hecho de que hasta en la actualidad las carreras de periodismo y el propio gremio no tengan claro el perfil mínimo a partir del cual cada universidad pueda poner su propio sello, destruye los intentos de desarrollo e incluso una postergada reflexión teórica sobre el campo de estudio.

 


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