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Libreta de reportero: Imágenes impublicables o la degradación del periodismo

Edgar Fonseca Monge  | Miércoles 31 de Julio, 2019

Asombro, estupor e indignación… y más produjo la reciente publicación de la imagen de una joven suicida.

Asombro porque es difícil de entender, a este momento del desarrollo del ejercicio profesional periodístico que, todavía, se propaguen imágenes como esas, con absoluto menosprecio por la dignidad del ser humano.

Estupor porque es difícil de comprender que una publicación de estas, corresponda a un juicioso discernimiento profesional.

E indignación porque evidencia un afán inescrupuloso por aprovecharse del consumo de este tipo de escenas para satisfacer segmentos de audiencia, para “vender” producto.

La criticada divulgación daña la imagen de la víctima del suceso porque invade ese momento íntimo de su muerte fueren cuales fueren las circunstancias.

Daña a su familia que no solo lidia con el trauma del suceso, desde lo más profundo de sus entrañas, sino que sufre la exposición pública indebida del incidente tal y como lo conoció el país.

Daña y ofende a la ciudadanía que se ve forzada a consumir productos de estos sin el menor atisbo de un razonamiento serio en la toma de la decisión de publicar o no.

Daña, en fin, al más depurado ejercicio profesional que demanda un mínimo de recato, de sentido común y, sobre 

todo, de compasión ante vicisitudes como estas.

No solo es preocupante, ante un episodio como este, la mínima sanción legal que prevé nuestro normamiento, sino el riesgo de que publicaciones de estas estén a la vuelta de la esquina, si no existe el menor pudor profesional en hacerlas.

La sanción, quizá, más relevante sería la moral contra quienes se prestan a este ejercicio degradado de la 

profesión.

Es evidente que no se hicieron y, a lo mejor, no se hacen en su rutina esas preguntas clave antes de lanzar una  publicación con tan graves implicaciones éticas.

¿Debemos publicar?

¿Tiene interés público?

¿Cómo nos sentiríamos si fuese un familiar nuestro el afectado?

Esas y muchas otras interrogantes que, en el trajín diario periodístico, conduzcan a respuestas sensatas jamás 

deben soslayarse.

Lo contrario es alimentar esa perversa práctica amarillista, sensacionalista, de un oficio de suma gravedad y responsabilidad social, como el nuestro, que merece mayor dignidad en su cometido, que no merece que se le haga caer tan bajo.

 

 

 

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