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Libreta de reportero: ¿Ya rechequeó con sus fuentes?

Edgar Fonseca Monge | Jueves 11 de Julio, 2019

Aquella pregunta, de un editor estadounidense en la vieja escuela de periodismo de la Universidad de Missouri-Columbia, me dejó un tanto sorprendido.

Enero de 1991, con la Primera Guerra del Golfo Pérsico en todo su estallido y transmitida en vivo, por primera vez en la historia, por la CNN de Peter Arnett y otras luminarias, iniciaba mis estudios de maestría.

Dejaba atrás 15 años de intenso reporteo en las calles y las fuentes de San José y me sumergía en la aventura de una maestría, un eslabón crucial en mi carrera.

Por eso aquella mañana de enero, no dejó de sorprenderme la pregunta del editor que me asignaron, tras regresar yo a la sala de redacción del Columbia-Missourian, el único periódico diario de ciudad, editado hasta entonces, en Estados Unidos desde las aulas de una universidad.

Acaba de andar reporteando, por las gélidas calles de Columbia y regresaba con mi libreta llena de apuntes, y mi minigrabadora Olympus, repleta.

“Será que no confían en mí”, me dije para mis adentros.

Y le pregunté a mi editor, ¿y por qué rechequear con las fuentes?

“Bueno Edgar, esas son las pautas de la escuela”, me respondió, sin dejarme mucho espacio a la discusión, atareado, como estaba con otra veintena de alumnos de maestría procedentes de todo Estados Unidos y del resto del mundo.

“Se rechequea –me afirmó—por corrección, por verificación, por precisión”.

Más claro no podía quedarme su explicación, la que entendí con el paso de los cursos. La práctica del rechequeo con las fuentes la utilizan en dicha escuela como una salvaguarda de la idoneidad del material que divulgan recabado por los alumnos que cada semestre vienen y van por oleadas.

 

Rechequeo lo esencial

Desde entonces, procuro rechequear mis informaciones con las fuentes a quienes llamo de regreso cuando tengo listo el artículo o reportaje y consulto con ellas sobre la certeza del dato o de la cita que me dieron en sus declaraciones.

Rechequeo lo esencial, lo que es clave para la precisión y rigurosidad, sobre todo en casos de gran polémica, investigaciones o de complejo contenido técnico.

Por ejemplo, en una entrevista con nuestro gran científico y astronauta, Franklin Chang, recomiendo tener ese cuidado.

No rechequeo todo el contenido del artículo.

La práctica me ha permitido, a lo largo del tiempo, asegurarme de la mayor cercanía a la corrección de los datos que busqué y que las fuentes me confiaron.

La primera vez que lo hice, quizá sin percatarme, fue al inicio de mi carrera durante una gira del entonces presidente Oduber, en 1977, a San Carlos y Terrón Colorado.

El exmandatario dio una cifra sobre el costo de la nueva carretera que, en mi borrosa libreta de apuntes, no quedó clara.

Avanzada la noche, inquieto por eventualmente publicar una incorrección al día siguiente, llamé al hotel donde se hospedaba el exgobernante.

Por ser tan tarde, mi consulta no cayó muy bien pero, al fin y al cabo, sus voceros respondieron con el dato exacto.

Me sentí tranquilo, como me sentí aquella primera mañana en la vieja escuela de Missouri, cuando llamé a las fuentes, rechequeé con ellas datos clave y me publicaron mi primera nota en el diario de la ciudad sin ninguna corrección ni aclaración posterior.

Por eso, ¿ya rechequeó con sus fuentes?

 

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