Lunes 23 de Abril, 2018
Criterium

¡Salvemos el Teatro Nacional!

Enrique Villalobos Quirós *
Viernes 6 de Abril, 2018
Hace unas semanas participé en una visita guiada en el Teatro Nacional y días después asistí al primer concierto de la temporada en ese lugar. Una vez más admiré la belleza de este símbolo de la cultura costarricense y me extasié con los acordes del violín, al interpretar el violinista Nigel Armstrong una obra de Niccolo Paganini. Y una vez más lamenté la falta de visión o la mezquindad de nuestros antepasados que, si bien es cierto, fueron capaces de levantar esa maravilla arquitectónica no edificaron esa estructura en el centro de la cuadra, dedicada única y exclusivamente al teatro, es decir, un terreno en consonancia con la majestuosidad del edificio.
 
Me podrán decir que hace 120 años, cuando se construyó el teatro, San José era una aldea, de casas de adobe, rodeando este edificio, que descollaba como un pavo real en medio de un gallinero, y no había problemas de contaminación con el tráfico de carretas y carruajes. 
Sin embargo, ya para entonces el centro de San José estaba ordenado por cuadras y todavía no me explico por qué no lo construyeron en medio de la cuadra y lo rodearon de jardines y arboledas, sin pensar en el futuro desarrollo de la ciudad. 
 
En la actualidad, el teatro tiene de compañía por el lado norte a la Plaza de la Cultura, con su piso de cemento y cerámica y cuatro esmirriados árboles, que ocupan tres cuartas partes de la cuadra.  Eso sí, la plaza está llena de palomas, que cuitean por doquier y sus deyecciones caen sobre el techo, las cornisas, las ventanas y las paredes de este bello edificio. Al oeste, otra plaza, la de Juan Mora Fernández, que está en remodelación y no sabemos cómo quedará.  Espero que el cemento no sea el principal elemento decorativo. ¡Ojalá qué quede algo de vegetación en ese espacio! 
 
Al sur, nuestro sufrido edificio tiene la Avenida Segunda, por la que circulan diariamente miles de automóviles, autobuses y motos. Al este, otra calle, por la que transitan más autos. 
 
La contaminación proveniente del humo de los automotores está carcomiendo lentamente las piedras del Teatro, sus mármoles pierden brillo y las pinturas de techos y paredes del foyer se van opacando. ¡No se puede detener la polución circundante! Penetra como un visitante indeseado.  Como prueba del creciente deterioro del Teatro, tenemos que hace algunos años el ángel que estaba en lo más alto del techo, en la parte frontal del edificio, fue removido, se le restauró lo dañado y se colocó en el foyer, para protegerlo. Ahora, el ángel que está en su lugar es una réplica. 
 
Ese cambio de esculturas, me recordó que algo parecido sucedió con los famosos caballos de bronce de la plaza de San Marcos, en Venecia. Los caballos originales están dentro del templo y su lugar lo ocupan unas réplicas. 
 
¿Qué hacer para detener ese creciente deterioro de nuestro simbólico teatro, construido en piedra, y de valor inestimable?
 
La propuesta que tengo es la siguiente:  construir un túnel en la Avenida Segunda, que comience en la cuadra del Parque Central y termine al final de la cuadra en donde está el edificio de la Caja. Ese túnel evitaría la contaminación del Teatro y a la Avenida Segunda, en ese tramo que quede libre de automotores, se le levantaría el asfalto y se plantarían jardines, árboles; y un par fuentes completarían el nuevo escenario.  Y en las calles laterales que colindan con la avenida, se les convertiría en calles peatonales. 
 
Esta idea no es descabellada, ya que en bastantes ciudades europeas a los autos se les sacó del centro de la urbe y se les ofreció a los peatones un espacio libre de humo. De paso, la Catedral Metropolitana agradecería ese baño de aire limpio. 
 
¿Y qué hacer con las palomas?  La mejor opción es conseguir un halcón amaestrado y que espante a estos sucios plumíferos del Parque de la Cultura, algo similar a lo que se hace en los grandes aeropuertos del mundo con toda clase de aves, que ponen en peligro el tráfico aéreo. 
 
Ya los costarricenses destruimos, estúpidamente, el Palacio del Congreso en la antigua Plaza de la Artillería (hoy Banco Central) y la Biblioteca Nacional, (hoy convertida en miserable parqueo), ambos construidos también con piedra. ¿Contemplaremos, sin inmutarnos, cómo desaparece carcomido por la contaminación el Teatro Nacional, el último edificio antiguo y de gran belleza del centro de la capital? El Colegio Superior de Señoritas también sufre por la contaminación, aunque algo menos
 
San José es una ciudad fea y contaminada, salvo por esta joya, que resplandece como un lirio en medio de un muladar. Bien vale el esfuerzo de salvar a nuestro único trapito de dominguear, para gozo de las futuras generaciones. Con más razón, ahora que el Teatro fue declarado “Símbolo Nacional”. Para reforzar mi propuesta, que busca preservar lo poco bello que va quedando de la urbe, echo mano de una frase genial del impulsor de la orquesta sinfónica, don José Figueres, “¿Para qué tractores sin violines?”.
 
(*) Expresidente del Colegio de Periodistas

Agregar Nuevo Comentario:

Nombre
Email
Comentario