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Fuente: BCCR
Primera Plana
Cultura


La mala noche de Gabo

Gerardo Bolaños bolanosgerardo@gmail.com | Lunes 19 de Mayo, 2014

Las palabras son como las mujeres:
si las descuidas se van.
(GGM)

Alberto Fuguet, un provocador literato chileno, dice que Gabriel García Márquez es como un programa que instalas en tu computador y no se puede borrar. Eso les pasa a muchísimos lectores y también a muchos escritores, que andan por el mundo como infectados por el virus del realismo mágico del colombiano. 

Para mayor abundancia, Fuguet sostiene que leer a García Márquez antes de cierta edad puede ser dañino y que debería prohibirse. En este caso creo que se refería específicamente a los escritores, para que corran menos peligro de tratar lo imposible: escribir como él.

Curiosamente, la vida me puso breve y ocasionalmente en la periferia del admirado escritor. Una tarde de comienzos de febrero de 1976 me lo encontré en la calle Hamburgo de la llamada Zona Rosa de la Ciudad de México. Vestía uno de sus tradicionales sacos a cuadritos de lana tweet y camisa roja. Y portaba, como casi toda su vida adulta, un desmesurado mostacho.

Para ese entonces ya había leído casi todo lo que había escrito y visto su fotografía por todas partes. Así que me le acerqué y le dije: ¿Es usted o solo se parece? Y me dice, muy serio: “Soy yo, y me parezco…” Ambos soltamos la carcajada.

García Márquez estaba frente a un restaurante, esperando a alguien. Físicamente, era como ver una versión del pintor costarricense Fabio Herrera, pero con 20 años más. Le mencioné que yo era colega de Eligio García Márquez en el diario El Sol de México. Eligio, uno de los ocho hermanos de Gabriel, era nuestro corresponsal en París. Hacia allá me deportaron a fines de 1975 los policías de Francisco Franco, los cuales seguían haciendo su triste tarea represora mientras el generalísimo agonizaba lentamente. Eligio vino a mi hotel en la Ciudad Luz, constató que la Brigada de Extranjería española no me había roto ningún hueso, y se fue.

Siempre compadecí al pobre Eligio, pues también quería consagrarse como escritor y tuvo que conformarse con el periodismo mondo y lirondo, con limitados asomos a la literatura. Se imaginan…escribir a la sombra (o más bien al sol) de un autor como su hermano, aunque Eligio, quien era de formación un físico teórico, logró redactar algunas cosas pasables antes de morir, relativamente joven, hace algunos años, de causas que ignoro. La cita de García Márquez llegó oportunamente. Era una mujer atractiva, con acento español, quizás editora de sus libros, y nos despedimos.

Muchos años después, a comienzos de los años 90, le escribí a García Márquez una carta a su Fundación para un Nuevo Periodismo, ubicada en Cartagena, donde tenía una soberbia mansión con vista al Caribe, y le envié dos libros sobre comunicación, creo que bastante buenos, que habíamos publicado en el Programa Latinoamericano de Periodismo de la Universidad Internacional de la Florida, pero no dio acuse de recibo. 

Por esas épocas ya se rumoraba que estaba enfermo de cáncer linfático. Imagino que cuando uno sufre de algo así no está dispuesto a redactar cartas de agradecimiento, ni despedidas del mundo apócrifas y cursis como la que periódicamente circulaba por internet y que el propio escritor se vio obligado a rechazar como suya.

Como García Márquez casi nunca estaba en la Fundación, sus administradores mandaron a hacer una imagen fotográfica de él, tamaño natural, y los estudiantes de los excelentes cursos de periodismo y ética que ahí se dan se tomaban junto al cartón la respectiva foto para el álbum de los recuerdos imposibles.

Un año peculiar

Como se verá aquí, 1976 fue un año peculiar en la vida de Gabriel García Márquez. Contaba en ese entonces con solo 48 años, no tenía casi canas y todavía no cargaba el Nobel a la espalda, que recibió en 1982.

García Márquez había declarado en aquel año que no volvería a hacer literatura “en tanto no caiga Pinochet”. Buscaba, con esa huelga de plumas caídas, como dijo, “despertar la rabia”, utilizando para ello algo que no había buscado y le incomodaba pero que le había venido con el éxito de sus libros: la fama.

Como se sabe, el bruto de Pinochet ganó la partida. García Márquez, dichosamente, no tuvo más remedio que volver a la literatura, a publicar sus historias maravillosas mucho antes de que el pinocho chileno se retirara del poder dejando un abominable rastro de sangre, robo y violaciones a los derechos humanos.

En la tarde del 12 de febrero de ese recurrente 1976 entrevisté al escritor peruano Mario Vargas Llosa en el hotel Génève, también en la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Me habló de la influencia de Sartre en sus ideas sobre literatura, de la función del escritor y del cine en la sociedad y, claro está, habló de libertad, pero no dijo palabra de García Márquez, sobre quien había escrito un halagador y voluminoso ensayo titulado Historia de un deicidio. Sin embargo, acerca de ambos autores comenzarían a correr ríos de palabras y de tinta en las siguientes horas y días y años.

Después de la entrevista regresé a la sede del periódico en la calle Guillermo Prieto. Iba entusiasmado por el privilegio de haber escuchado al autor de Conversación en la Catedral durante un par de horas. Era de porte elegante y de apostura cuarentona, a pesar de unos dientes más disparejos que los de un cantante de rock inglés. Transcribí la conversación de corrido y me regresé al hotel Regis, ubicado frente a La Alameda, en el corazón de la Ciudad de México, hotel donde residía y que quedó reducido a escombros durante el terremoto de 1985.

Cerca de las 11 de la noche ya estaba profundamente dormido cuando sonó el teléfono. Era Benjamín Wong, un notable periodista mexicano, de origen chino, director de El Sol de México. Wong padecía de una enfermedad degenerativa que le dejaba un párpado a media asta y debía ponerse un parche negro, estilo pirata, lo que lo hacía verse temible o, por lo menos, inescrutable.

Wong me preguntó por la entrevista con Vargas Llosa. Sin mayor explicación, me dijo que regresara a la redacción y que escribiera una nota para la edición del día siguiente. No hay que extrañarse: en México los diarios cerraban muy tarde, dos o tres de la madrugada, lo que daba tiempo para ese tipo de carreras.

A la mañana siguiente, 13 de febrero, frente a unos picosos huevos rancheros en el restaurante del Regis, supe por qué el director me había sacado de la cama la noche anterior.

Vargas Llosa y García Márquez iban a coincidir en una première de cine, que era una pasión compartida. García Márquez fue con los años el principal animador de una escuela de cine en Cuba, donde estudió la cineasta costarricense Hilda Hidalgo, quien luego filmaría Del amor y otros demonios. Vargas Llosa, por su parte, ha adaptado, o dejado adaptar al cine algunas de sus obras al celuloide, sin mucho éxito que digamos.

La película que ambos escritores iban a presenciar la noche anterior era La odisea de los Andes, basada en el episodio que vivieron unos jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se estrelló en dicha cordillera. Los jugadores incurrieron en antropofagia para sobrevivir. Se dice que el guión era de Vargas Llosa, lo que no me consta, pero parece que la película, dirigida por Álvaro J. Covacevich, era un verdadero bodrio.

Desplegué el periódico frente al aromático desayuno mexicano. El Sol de México era en ese entonces la cadena informativa más grande del mundo: 35 diarios en total, a todo color, repartidos por el país. Su fundador había sido un coronel de la Revolución mexicana, José García Valseca. Este era un tipo pequeño, amante de las tecnologías alemanas de impresión, y muy, muy pintoresco. Según las malas lenguas, que a veces dicen la verdad, García Valseca dictaba cartas a su secretaria mientras él hacía sus necesidades fisiológicas en el baño de la oficina.

En esta esquina

En la primera plana de la edición de esa mañana, junto con una foto de Vargas Llosa, venía mi nota con los aspectos principales de la entrevista con él. Más arriba, como correspondía, otra nota, del director del diario, en la que relataba el seco derechazo que el peruano le recetó al colombiano dentro de las instalaciones de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica, ubicada en Oaxaca 31, en la colonia Roma de la Ciudad de México, lugar del estreno.

Cuando vio a García Márquez en el suelo cuan pequeño era, lo primero que se le vino a la mente al director Wong fue el carácter noticioso del incidente entre dos grandes de la literatura latinoamericana. Su versión como testigo del incidente concuerda con la de una periodista, ya fallecida, que estaba conversando con Vargas Llosa cuando se armó la trifulca.

Vargas Llosa había llegado temprano para la cita de las 8 pm pero el motor de uno de los proyectores se quemó y los invitados esperaban a que fuera reparado. A eso de las 8:15 pm hizo su entrada un exuberante Gabriel García Márquez, enfundado en un pantalón color vino y una chaqueta de lana a cuadros rojos y negros, acompañado de su esposa, Mercedes Barcha.

Instalado en un bar interior cerca de la entrada de la sala de cine, Vargas Llosa estaba conversando con la periodista María Idalia cuando García Márquez se le acercó con los brazos abiertos para saludarlo. Sin darle tiempo de plasmar el saludo, Vargas Llosa le mandó un puñetazo al rostro al mismo tiempo que lo increpaba por el trato que, presuntamente, García Márquez le había dado a Patricia, la esposa de Mario.
Fulminado, García Márquez cayó sobre la alfombra del salón. Le sangraba la nariz escoriada y el ojo izquierdo comenzó a inflamarse. María Idalia tuvo la presencia de ánimo de hacer una grabación de lo que decían el peruano, su víctima y la esposa de este: “¡Cómo te atreves a abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!...No quiero volver a saludarte siquiera, porque no es bien nacido aquel que trata como tú lo hiciste a la esposa de un amigo... ¡Sobre todo en la situación en que Patricia y yo nos encontrábamos en Barcelona!”.

García Márquez seguía en el suelo, en silencio. “Saquen de aquí a este majadero”, arremetió de nuevo Vargas Llosa. “¡Y ni siquiera has dado disculpas todavía!”

La confusión era enorme entre los invitados, esencialmente artistas, periodistas y literatos como Kazuya Sakai, Elena Poniatowska, María Luisa La china Mendoza, Edmundo Domínguez Aragonés, Francisco Igartua y otros más. Entre varios sacaron a García Márquez a la calle y el autor colombiano se sentó en el caño, a la par de un carro negro. Uno de los espectadores sugirió ponerle un bistec en el ojo averiado.

Una versión de los hechos dice que la novelista Elena Poniatowska fue a buscar la carne en una cafetería cercana. Otra que la del mandado fue Mendoza. Ambas versiones coinciden en que regresaron con las manos vacías, pero con una invitación del dueño de la cafetería a García Márquez para que fuera a comerse una hamburguesa in situ.

Mientras tanto, según la difunta María Idalia, Mercedes, la esposa de García Márquez, decía a gritos:
“¿Pero qué puedes haberle hecho tú a Patricia? ¡Si ni siquiera es guapa! ¡Y mi marido no ve a las mujeres feas! Ya fui a decirle que tú ni te fijaste nunca en su esposa: ¡Así son los machos peruanos!”.

Finalmente, García Márquez habló y dijo: “¡No sé de qué se trata! ¿Qué será lo de Barcelona? Pero... sí no es nada. Claro que duele, pero lo importante no es el golpe, sino lo que lo motivó...”

Alguien anunció que no habían podido arreglar el proyector. García Márquez seguía en la banqueta hablando: “¡Ya no me meto más con ese infeliz! Solamente tiene cara de gente decente”.

Mercedes, quien siempre fue el ángel guardián del colombiano, por no decir su guardaespaldas, no aflojaba su enojo: “¡Macho peruano, nada más!”

Finalmente, García Márquez se incorporó y La china Mendoza se lo llevó para su casa acompañado de Mercedes, en el entendido de que si en la despensa había “bisteces”, le pondrían uno “que después me comeré”, dijo Gabriel, en un intento por saldar con algo de humor el enojoso trance.

Dentro de la sala, Vargas Llosa, pálido tras el bajón de adrenalina, dio algunos autógrafos e invitó a varias personas a salir a tomar una copa. “No pude contenerme”, dijo. “Hubiera querido evitarlo”.

Con su habitual humor, el periodista Eduardo Deschamps, invitado a la fallida proyección, sintetizó así el asunto: “Todo terminó como el Rosario de Amozoc”, en alusión a una famosa procesión religiosa en una localidad del estado de Puebla, que acabó en batalla campal entre los feligreses que competían por sacar la cruz mejor adornada.

Especulaciones

Mucho se ha especulado sobre las (sin) razones del golpe que Vargas Llosa le propinó a García Márquez. En una visita que hizo Vargas Llosa a Costa Rica invitado por La Nación para participar en la Cátedra Enrique Benavides sobre la Libertad, hace unos 20 años, le recordé nuestra entrevista y lo ocurrido pocas horas después. Firmemente, declinó hacer comentarios sobre el incidente y ha guardado mutismo acerca de él desde que golpeó al futuro premio Nobel.

Según una versión bastante plausible, sustentada en el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, amigo de ambos y admirado por su tremenda novela Santa Evita, Vargas Llosa se había apasionado por una beldad sueca, finlandesa o estadounidense, razón por la cual había abandonado su hogar por un tiempo.

Parece que García Márquez le aconsejó a Patricia que formalizara la separación conyugal. Hubo trámites y, como a veces ocurre, reconciliación entre los esposos peruanos. Y en una que va, otra que viene, Patricia le refirió a su marido los presuntos e inoportunos consejos del aprendiz de redentor que culminaron en la furia del autor de Conversación en la catedral y en la mala noche del 12 de febrero de 1976 del presunto “consejero matrimonial”. El motivo del pleito no fue entonces por divergencias políticas, como algunos aventuraron, sino por faldas enredadas.

A los dos días, 14 de febrero (según se supo en el 2010 cuando él cumplió 80 años y 40 Cien años de soledad), García Márquez se presentó en la casa de Rodrigo Moya, un gran fotógrafo y amigo mexicano de origen colombiano, quien había publicado un libro con imágenes del Che Guevara. El escritor exhibía el ojo izquierdo amoratado y un corte en la nariz, y le pidió a Moya “una constancia de aquella agresión”. Las fotos fueron publicadas en el diario mexicano de izquierda La Jornada, pero 34 años después.

Presentados por fuentes

Parece que fue Carlos Fuentes, un incansable relacionador de escritores, quien hizo que los sudamericanos se pusieran en contacto por primera vez. Vargas Llosa vivía en París a mediados de los años 60 y tenía un programa en la Radio-Télévision Francaise, que se llamaba La literatura en debate. Uno de los libros que recibió para el programa fue El coronel no tiene quien le escriba, que leyó en francés. Le gustó mucho y los dos autores comenzaron a cartearse y hasta llegaron a concebir un proyecto “delirante”: escribir a cuatro manos una novela sobre una guerra trágico-cómica que hubo entre Colombia y Perú en la región amazónica, pero el proyecto no cristalizó.

No fue sino hasta 1966 que se conocieron personalmente, en Caracas, cuando Vargas Llosa recibió el premio Rómulo Gallegos. Luego fueron vecinos en Barcelona, donde vivieron en la misma calle. Fue una amistad estrecha, familiar, casi cotidiana, según Vargas Llosa, quien se convirtió en entusiasta de Cien años de Soledad. Le dio el virus de la “gabitis”. Era una amistad estrecha, estrictamente literaria y, según Vargas Llosa, casi nunca hablaban de política.

En aquel entonces Vargas Llosa estaba entusiasmado con la revolución cubana, mientras que García Márquez ya venía de vuelta pues había estado en Cuba como periodista. De esas épocas, Vargas Llosa recuerda que García Márquez era una persona totalmente entregada a la literatura, apartado de todo entusiasmo revolucionario y político en general, escéptico en cuanto a las querencias no solo de Vargas Llosa sino también de Cortázar y de Fuentes respecto a Cuba y al socialismo.

Posteriormente el colombiano se decantó claramente por Cuba y por Fidel Castro, mientras que Vargas Llosa, quien se había subido al caballo por la izquierda, se bajó por la derecha, con la que hizo un fallido intento por subir a la presidencia del Perú en 1990. Con base en esa experiencia, Vargas Llosa rubricó unas sabrosísimas memorias político-literarias que publicó bajo el título de El pez en el agua.

Cada tanto hubo rumores de reconciliación entre los dos escritores, sobre todo cuando Vargas Llosa firmó el prólogo de la edición del 40 aniversario de Cien años de soledad.

Excluido del primer tomo de memorias de García Márquez, Vivir para contarla, el escabroso incidente tendría, supuestamente, su versión en el segundo, pero no se sabe si tuvo tiempo y energías para redactarlo...
Habrá que esperar, pues ahora no hay quien lo escriba.

¡Mierda!

 

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