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Fuente: BCCR
Primera Plana
Cultura


Nelson y el roble

Mayra Porras* Especial para Primera Plana | Lunes 29 de Mayo, 2017

El 16 de marzo pasado me encontré con una fotografía y un comentario que mi colega Nelson Murillo publicó en Facebook. Era la foto de un árbol, un roble sabana, y el comentario de Nelson era sencillo: “Este hermoso árbol, en Moravia, es testigo mudo de mis carreras y mis retos”.

Ese fue el punto de partida y la inspiración que buscaba hace días para escribir un cuento corto.

Quienes hacemos con regularidad el intento de escribir sabemos que la inspiración llega de la manera más inesperada, y de los hechos que uno menos imagina. Este fue mi caso.

A Nelson lo conozco desde hace varias décadas y nos unen muchas cosas, aunque tal vez nos cruzamos la palabra en pocas ocasiones.

Además de compartir una profesión que amamos, nos tocó vivir una época convulsa que terminó con el atentado de La Penca, en Nicaragua.

Digo que esa época terminó para nosotros con ese acontecimiento porque fue la que me hizo tomar la decisión de retirarme de la “corresponsalía de guerra” que realizaba para un medio local y uno internacional.

A mí me correspondía ir a cubrir esa conferencia de prensa, pero el destino quiso que no fuera.

A Nelson lo sacó de golpe el daño físico y psicológico de haber estado allí y haber sido víctima directa de este acto de cobardía, el cual dicho sea de paso sigue impune y sus víctimas, sin recibir justicia.

Yo estuve en el hospital de San Carlos cuando Nelson llegó prácticamente moribundo y seguí de cerca su recuperación y luego los detalles de su caso, hasta el día de hoy.

Solo una semana después de haber visto su publicación en FB la madre de Nelson falleció. La inspiración, el tema y el cuento tomaron entonces aún mayor relevancia para mí y para Nelson, de quien tomé retazos de su vida para construir esta pequeña obra que hoy comparto con ustedes.

Este 30 de mayo de 2017 se cumplen 33 años del fatídico atentado de La Penca. Mi cuento es un homenaje para Nelson y un recordatorio del dolor que significó para él y su familia.  Es una llamada de atención hacia la impunidad que lo ha envuelto.

 

NELSON Y EL ROBLE
Para Nelson

El roble sabana despertó con el sonido de la puerta que se abría y por la caricia de la brisa. Sintió curiosidad… ¿era brisa o premonición?
Los ojos de sus cientos de flores rosadas se volvieron, expectantes, observando con interés. ¿Los árboles ven, sabías? No como lo hacemos los humanos: ellos tienen mucha más sensibilidad. Ven con su alma, con alma de árbol.

Nelson se sentó junto a él y lo abrazó.  Ninguno de los dos sabía quién era el humano y cuál era el árbol. Estaba descalzo, en contacto con la tierra. Había llegado la hora.

Desde pequeños, el roble y Nelson habían sido compañeros inexplicables de todo tipo de vivencias; crecieron juntos. Su conexión iba más allá de la lógica.

El día que Nelson nació, el árbol, una frágil rama de dos cuartas de alto, delgada y flexible,  estaba siendo trasplantado en el jardín delantero de la casa.

Cuando Nelson percibió el mundo, dado a la luz por la hosca dulzura de la comadrona del barrio, la ramita recibía los últimos puñados de tierra y la primera regadera de agua en el lugar que sería su hogar.

Nelson no lo vio - los ojos de los recién nacidos son ciegos – pero a través del cuadrado brillante y azul de la ventana del cuarto de su madre percibió el movimiento, la calidez y las vibraciones tenues de su nuevo amigo, el roble sabana.

En un instante cósmico, por coincidencias más allá de la realidad que desconocemos, Nelson y el árbol nacieron uno. Nelson era entonces más árbol que humano y el roble también sintió la conexión. Allí, sus vidas, ramas, brazos, corazón y savia se entrelazaron para siempre.

...

La frágil rama muy pronto, en solo un año, creció más de dos metros. Nelson daba los primeros pasos en el jardín del frente y corría tambaleante a abrazar a su amigo.

Pasaron los años y el tronco se hacía cada vez más fuerte y sus ramas, nudosas;  los huesos de Nelson se estiraban, sus músculos se volvían firmes y sus pasos dejaron de ser los tambaleantes pasos de un bebé.

El roble dio sombra a Nelson durante los días calurosos de regreso de la escuela, lo protegió de la lluvia persistente de los mediodías de octubre y le dio abrigo durante la fresca época de diciembre.

Lo vio salir entusiasmado hacia el liceo, alcanzar sus primeros logros universitarios y librar las intensas luchas profesionales de la carrera que había abrazado con pasión: el periodismo.

Lo sintió nervioso y tenso en sus primeras misiones, y se desangró cuando Nelson fue casi mutilado por una bomba casera durante la cobertura de una conferencia de prensa de un líder guerrillero.

Ese día el roble exudó taninos, que desde su corteza corrieron espesos y amarillos.  De alguna forma, como sucede con los gemelos idénticos, el árbol sufría lo que Nelson, ambos agonizaban.  Pero al árbol nadie lo vio.

El roble se desangraba y Nelson, de alguna manera extraña, a cientos de kilómetros de distancia, sentía el ligero olor característico de la sangre de su amigo y percibía en los labios un sabor amargo y astringente que interpretó como el sabor de la muerte.

De regreso, destrozado por dentro y por fuera, Nelson volvió a tener el mundo limitado al cuadrado azul de la ventana del cuarto de su madre, donde lo instalaron convaleciente por ser la habitación más cómoda de la casa.

Ese año Nelson no pudo levantarse del lecho; llegó abril y el árbol no floreció.

...

Volvió a correr el tiempo; árbol y hombre siguieron compartiendo el hogar familiar y llegó la época de las despedidas. Primero se fue el padre y nuevamente la casa se llenó de sombras. Las lágrimas de Nelson dejaban sentir su sabor salado en las hojas del roble, que se estremecía. Las lágrimas de los hombres siempre son conmovedoras.

Antes de dos años se fue la madre; el sentimiento fue aún más profundo y el vacío, demoledor. Al regreso del camposanto, Nelson se sentó abatido en la pequeña mesa de la cocina. El silencio y el vacío eran demasiado grandes.

Las noches para entonces se habían tornado muy cálidas, como premonición del fuerte verano que estaba por instalarse en una ciudad ya de por sí bochornosa en casi todas las épocas del año.

Sintió una brisa tenue y volvió los ojos hacia la ventana que creyó abierta. Pensó en lo descuidado que había sido. Pero la ventana estaba cerrada y a través del vidrio solo se miraba el árbol, quieto y sereno, como la noche.

Una fuerza interior lo llevó al jardín y allí, sin zapatos, con la misma sencillez del niño que había sido, disfrutó del contacto de sus pies con la tierra y el césped, se sentó al lado del roble y lo abrazó. Su árbol, su otro yo, su avatar.

Días pasaron y nadie sabía de Nelson.  No estaba por ninguna parte de la casa.   ¡Pero él estaba ahí! Gritaban su nombre y él les respondía con el murmullo de sus hojas y el crujido de sus ramas. 

Si se hubieran asomado a través de la ventana. Si hubiesen observado bien, habrían visto su silueta tatuada en la corteza; lo habrían sentido lleno de alegría saludándolos desde el jardín.

Pero a Nelson, nadie lo vio.

*La autora es periodista y radica en Honduras desde hace 23 años.
 

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