Gente

Édgar Silva: una vida de retos

Rodrigo Madrigal Rojas*
Colaborador de Primera Plana

Miércoles 4 de Enero, 2017

Un abrazo y tres tazas de café acompañan la conversación que cuenta la historia de Édgar Silva Loáiciga, reconocido periodista televisivo costarricense, muy querido por la audiencia nacional.

El liberiano, de 49 años, me citó en una cafetería en Heredia, cerca de donde reside con su esposa Karla Montero, a quien conoció en una fiesta a la que él ni siquiera estaba invitado. Dice que esa cafetería es un lugar muy especial para él pues, aparte de que ahí pasa gran parte de sus tardes, le ayuda a explicar a qué se dedica actualmente.

Cuando entré al lugar, El Flaco, como se le conoce, abrazaba a una señora. Más tarde me diría que recién la conocía. Vestía con jeans y una camisa de cuadros que reflejaban su personalidad relajada y alegre. El cabello ya muestra algunas canas, pero dice sentirse lleno de vitalidad. Me invitó a sentarme y no demoró en recomendarme un café negro y sin azúcar, “para que lo disfrutés más”.

Primera taza de café

A pesar de no tener azúcar, una dulce taza de café abre paso a la que él describe como una de las etapas de su vida que guarda con particular afecto: su infancia. “Fui un niño inmensamente feliz”, recuerda, mientras en su rostro se refleja una genuina emoción. Cuenta que en su natal Liberia disfrutaba de andar en bicicleta, rasparse las rodillas, bañarse en los ríos y trepar a los árboles para comer mangos.

En otra mesa de la cafetería se encontraba su madre, doña Lidia Loáiciga, quien por esas casualidades de la vida vino desde Liberia el mismo día en que quedó pactado nuestro encuentro.

Édgar es el menor de los cinco hijos que tuvo doña Lidia con don José Arturo Silva. Dice haberse sentido muy querido por sus padres y que sus hermanos siempre lo cuidaron mucho. “Fui un niño supremamente feliz”, reitera.

Se recuerda muy sociable, sin dificultad para comunicarse con la gente. Por eso, desde su adolescencia, se convirtió en el presentador de las actividades de su colegio, el Liceo Laboratorio de Liberia.

La primera taza de café se va acabando y su temperatura bajado considerablemente. El Flaco cuenta que su madre enviudó cuando él tenía solo 13 años. Comenta que desde ese momento se convirtió en el compañero de su mamá y eso incidió en una madurez prematura.

Otra etapa de su vida que recuerda con particular cariño fue durante un intercambio cultural en los Estados Unidos, en 1985. Aunque en principio su mamá no estaba tan segura de que él viajara, Silva la tranquilizó con estas palabras: “Mamá, usted ya hizo su labor. Ahora déjeme demostrarle que usted ha sido una gran mamá”. Esa anécdota, Edgar la tiene como una gran prueba, a sus 17 años,  de esa madurez adquirida.

Segunda taza de café

Considerablemente más caliente y más amarga que la primera bebida, la taza de café ahora acompaña el paso de Edgar Silva a su vida profesional.

Dice haber sido siempre una persona muy atrevida a la que le gusta asumir retos. Ingresó a Teletica Canal 7 en febrero de 1990, cuando aún cursaba el segundo año de la carrera de Comunicación Colectiva en la Universidad de Costa Rica (UCR).

Así lo dictó el destino, aunque su plan inicial era hacer radio en su querida Liberia.

Entrar a Teletica mientras estudiaba le permitió, según dice, expandir la visión que tenía sobre los medios de comunicación tradicionales y poder discutir, con conocimiento de causa, sobre afirmaciones y suposiciones que se hacen alrededor de estos medios.

Para Silva debe de existir un balance entre el talento y la disciplina. Pone como ejemplo una serie de reportajes que le hizo al astronauta costarricense Franklin Chang Díaz en 1992. “Que se te ocurra es talento. Pero para hacer un buen trabajo debés trabajar muy duro”. Cabe destacar que esos reportajes le valieron a Silva una mención honorífica de la agencia de noticias ACAN-EFE. El liberiano apenas cursaba su cuarto año de carrera.

“Para cuando la selección vino de Italia 1990, en julio, yo tenía cinco meses de haber entrado al canal. Y claro, me hubiera encantado ir a cubrir parte de la llegada de la selección. Pero no me ocuparon. Lo cubrieron mis compañeros más avanzados. Veinticuatro años más tarde, para julio del 2014, cuando vino la selección de Brasil, yo fui el presentador de la tarima. Entonces entendí: tenía que ganármelo”.

Édgar tiene muy clara la importancia de los por qué y de los para qué en su vida. Dice que los por qué solo nos remiten al pasado; los para qué nos dan las razones para hacer las cosas. Esto lo implementa tanto en su vida profesional como personal.

Desde Telenoticias, corridas de toros, revistas como Más Que Noticias, Buen día –de la cuál fue parte por 17 años-, su programa de entrevistas Las paredes oyen y los diferentes programas de variedades en los que participó, demuestran sus diferentes facetas.

Pasé año y medio sin ir al cine. O estaba cansado, o me daba pereza, o no tenía tiempo
Estos programas guardan un lugar muy especial en el corazón de este liberiano.

A Buen día lo describe como su “satisfacción profesional”, pues creía que de allí podía comunicar  formativamente; es decir, causar algo positivo en las personas con informaciones valiosas. “Tenía muy claros los para qué”, dice.

Los programas de variedades los recuerda con emoción: “Eran programas que disfrutaba. La pasaba muy bien. Eran mi ‘diversión’ profesional”.

Por otra parte, al hablar de Las paredes oyen, su semblante y tono de voz cambian. Se percibe a simple vista la alegría que le invade cuando respasa su labor en el  programa y la confianza con la que puede afirmar que “algo se hizo bien”. Tenía entonces muy claros los para qué hacer su propio “show” de entrevistas. Primero, para satisfacer su inmenso deseo de hacer y desarrollar entrevistas. Luego, para demostrarle a la gente que todos tienen una historia que contar.

Es palpable el cariño que Edgar le tiene a esa producción. “En ese programa sentí cosas que no había sentido en 20 años”, confiesa.

Sin embargo, El Flaco cuenta que llegó un momento de su carrera cuando decidió cambiar su estilo de vida. Los por qué fueron los detonantes. Estaba cansado de levantarse a las cuatro de la mañana y acostarse a las ocho de la noche. “Pasé año y medio sin ir al cine. O estaba cansado, o me daba pereza, o no tenía tiempo”.

Eso provocó que Edgar, antes de comenzar a odiar su trabajo, decidiera dar un paso al lado, retirarse un tiempo indefinido de la televisión y mejorar su calidad de vida. Confiesa que es un apasionado del oficio periodístico, pero consideraba necesario ese receso. Descarta que roces a lo interno provocaran su salida del canal.

La segunda taza de café se había terminado y Edgar se levantó para despedirse de doña Lidia y preparar, en la misma mesa, una tercera taza de café.

Tercera taza de café

Mucho más suave que las anteriores, la tercera bebida acompañada por la noche que ya había caído. Se disfrutó más. El paladar se relajaba y la conversación fluía.

Con el primer sorbo, Edgar me cuenta por qué quiso que la entrevista fuera en esa cafetería. “¿Viste que estos cafés son diferentes?”, me pregunta. Los dueños del lugar –muy amigos suyos- les compran el café directamente a los productores.

A eso se dedica Edgar ahora. Quiere, desde la comunicación, darles voz a esos cafetaleros, buscarles un mejor precio por el café que producen y, sobre todo, hacer que el pueblo costarricense se dé cuenta del buen café que aquí se produce. Justo como el café que él acababa de preparar.

Para Edgar, hay muchas formas de hacer comunicación. Cree que no solo los medios tradicionales tienen la capacidad de calar en las personas. Entonces me enseña un libro que tenía a su lado. El fin de los medios de comunicación masiva, su titular.

De este modo, fuera de los medios grandes, Édgar busca contar las historias de estos productores de café, demostrando que todos, sin excepción, tenemos una historia que contar. El liberiano además, imparte charlas sobre temas como el emprendedurismo, que ha sido una de las claves para su éxito laboral.

Dice no extrañar su viejo trabajo. Lo recuerda con cariño, claro. Le enseñó mucho y le ayudó a desarrollarse como persona y como profesional. Con estas palabras se consumió la tercera taza de café y la señal de que la conversación iba llegando a su fin.

Edgar considera que siempre que se es disciplinado, se tiene objetivos claros y se trabaja duro; se obtiene sus recompensas. Por eso, antes de dar por concluida la entrevista le lancé una última pregunta: "¿Cuál es entonces la recompensa de Edgar Silva?”.

-“¿Viste el abrazo que me estaba dando la señora cuando llegaste? Esa es mi recompensa”.

*Estudiante de la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica


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