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La Casa de los Gatos

Adriana Nuñez Artiles * | Miércoles 15 de Mayo, 2019

Key West o como se le conoce en español, “Cayo Hueso” es el punto más sureño de los Estados Unidos. A solo 140 kilómetros de Cuba, esa joya caribeña incluye en su historia las disertaciones de José Martí durante la revolución contra España, cuando -maestro al fin- explicaba con su fina oratoria el valor de la independencia, de la dignidad humana y de la solidaridad entre americanos, mientras afanoso, buscaba recursos para combatir al opresor.

Durante la época precolombina, la isla estuvo habitada por la tribu indígena de los Calusa. Fue el conquistador español Juan Ponce de León en 1521, el primer europeo que la visitó. Su nombre original es producto del hecho de que, al llegar los primeros exploradores, encontraron que el área estaba llena de restos óseos de sus anteriores habitantes, pues aparentemente se usaba como sitio final para el reposo eterno.

En nuestros días, se llega a la hermosa localidad desde Miami tras un recorrido de aproximadamente 200 kilómetros que demora unas tres horas y media por carretera. El tiempo discurre veloz mientras se pasan los innumerables puentes que unen las islas principales del archipiélago, conformado por 1700 cayos.

Es en ese paradisíaco rincón de la península de la Florida, en el cual se conservan intactos los hogares caribeños de colores pastel, madera y arabescos que le dan su plena identidad, donde pude reconectarme con uno de mis autores favoritos: Ernest Hemingway, el periodista, el genio literario oriundo de la llana zona de Illinois, quien alcanzó dos de los galardones más prestigiosos a nivel mundial: el Pulitzer (1953) y el Nobel de Literatura (1954).

Autor de inolvidables obras como ¿Por quién doblan las campanas? (1940) y El Viejo y el mar (1952) Hemingway vivió a partir de 1931 y por espacio de una década en Cayo Hueso, en una casona -ayer y siempre llena de gatos- que una de sus esposas conservó para la historia.

Ubicada al centro de un amplio jardín donde destacan la alberca y el sombreado cementerio de felinos, rodeada de palmeras y arbustos, la casa de dos pisos está llena de fotografías de sus innumerables coberturas como corresponsal de guerra, de sus viajes, hijos, parejas sentimentales e incluso de los carteles de propaganda de las películas que sus obras inspiraron.

Dos máquinas de escribir adornan distintas y acogedoras salas de estar. La habitación principal, con amplio ventanal, muestra todavía algunos de sus artículos de uso personal. Y en la brisa suave que circula a través de las puertas, pasillos y balcones, se percibe aún el tintinear de los vasos de ron, la sonrisa amplia del escritor durante los días de serenidad e inspiración y el familiar aroma de las hojas de los libros que apretujados en su biblioteca particular, nos recuerdan que allí se plasmaron las páginas de títulos tan importantes como Las verdes colinas de África terminado en Key West alrededor de 1937, una pieza literaria en la que se desnuda su apasionado y salvaje carácter.

La edificación de dos plantas, pequeña pero cómoda, simple pero abrumadoramente llamativa, en la que los gatos ronronean al ritmo de las ondulantes horas, nos muestra -como siempre quisimos verlo- al escritor corpulento y bohemio, enamorado lo mismo de la vida que de la muerte, libre en el viento salino, brillando en el ámbar de unos ojos oblicuos e inexpugnables…

De pie, absorta frente a una de sus imágenes en blanco y negro, desde mis entrañas escucho de pronto un lejano tecleo; revive en la boca del estómago la llama de los años transcurridos en distintas redacciones de noticias; evoco la adrenalina de los peligros que me han acechado en el desempeño de la profesión; disfruto la sensación de pasar las páginas; saboreo el tesoro de las vivencias acumuladas que me acompañará hasta el último de mis días y de nuevo me reconozco en la confesión del afamado escritor norteamericano: “…toda mi vida he visto las palabras como si las estuviera viendo por primera vez”

 

(*) Periodista

(**) Fotos tomadas por la autora del artículo

 

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