Zona Crónica

Adiós, vida

Valery Castro Ujueta*

Martes 27 de Junio, 2017

Son las dos de la mañana. Vivian se recuesta en su cama sin poder conciliar el sueño. Por más que lo intenta, las voces en su cabeza no la dejan en paz. Su mente es una maraña de problemas y situaciones inconclusas que día y noche la atormentan.

Normalmente escuchar música de Paramore le hace sentirse mejor, conciliar el sueño y aliviar sus penas. Así que, se pone sus audífonos y escucha su canción favorita “We are broken” (“Estamos rotos”). Cada verso es como si fuera escrito para ella, pero eso no cambia su sentir.
En la intimidad de su cuarto, Vivian canta en voz baja para que sus padres no la escuchen: “Porque estamos rotos. ¿Qué debemos hacer para restaurar nuestra inocencia? Y toda la promesa que adoramos. Devuélvenos la vida, porque sólo queremos estar completos.”

El cuerpo le comienza a temblar y de sus ojos brotan un montón de lágrimas. No puede evitarlo. La desolación y el vacío que siente son tan grandes que su llanto no cesa. Vivian sólo quiere que el sufrimiento se acabe y poder al fin descansar, sin importar de qué manera. Sin importar que ese descanso sea para siempre.

Con mirada decidida, pero cuerpo aún tembloroso, busca entre sus cajones y encuentra lo que necesita.

Unas tijeras.

Primer intento

Según cifras de la Dirección de Vigilancia de Salud, ente adscrito al Ministerio de Salud, en Costa Rica ocurrieron 1110 intentos de suicidio en el 2016. Aunque puede ocurrir a cualquier edad, suele predominar entre las edades de los 15 a los 39 años, específicamente en el grupo de 15 a 19 años donde tan solo el año pasado se registraron 245 casos.

Vivian tuvo un novio: José Miguel. El joven, víctima de agresión por parte de sus padres, repetió el patrón de violencia y golpeaba a Vivian. Una vez, sin razón aparente, José Miguel pensó que Vivian le era infiel. La golpiza que le propinó la hizo perder la conciencia.
Luego de esa experiencia, Vivian desarrolló el trastorno de estrés postraumático.

Apenas tiene 16 años y tijeras en mano comienza a cortarse su brazo derecho una y otra vez. La sangre roja y densa contrasta con su blanca piel. Ella no siente nada.

Se detiene por un momento. Observa sus heridas y se llena de coraje para seguir adelante. Limpia las lágrimas con sus manos y su rostro queda cubierto de sangre. Eso no le importa. Vivian continúa con el brazo izquierdo. Sólo quiere liberar el dolor, sentir que su vacío se ha ido para siempre.

Ningún dolor físico se puede igualar con la agonía que lleva por dentro. “No sentir dolor me hizo sentir peor. Sentí que ya estaba muerta.”
La sangre, líquido vital, abandonaba poco a poco su cuerpo. A ella no le importa. Cada corte significaba descanso, tranquilidad, la idea de calmar su dolor. Su ropa, su cama y su mundo comenzaron a teñirse de rojo, hasta que Vivian perdió el conocimiento.

Tras aquel primer intento de suicidio, Vivian fue llevada por sus padres al psicólogo para una intervención. Allí, fue diagnosticada con depresión severa, trastorno bipolar tipo II y ansiedad generalizada, lo que desencadena en constantes episodios que la llevan a sentirse fuera de sí misma y querer quitarse la vida.

A pesar de que el suicidio es un fenómeno creciente en nuestra sociedad, Jackie Secades, psicóloga, considera que continúa siendo un tema tabú, del que poco se habla y poco se entiende.

“Mucha gente cree que es un asunto de solo cierta gente: personas ignorantes o de cierta clase social, cuando en realidad se sabe que se suicidan todo tipo de personas. También se cree que pasa poco y no es cierto. Las cifras nacionales y mundiales son alarmantes; entonces, no debería ser un tema lejano o atípico para nadie”, explicó.

En el 2015, el Instituto de Estadística y Censos (INEC) registró 296 casos de suicidio. En el primer semestre del 2016 hubo 138. Actualmente se calcula que en nuestro país se suicida por lo menos una persona al día.

Mente en contra

“Desafortunadamente de todas las enfermedades mentales que tengo, uno no se cura. Lo que uno aprende es a sobrevivir todos los días con medicamentos, terapia o con una red de apoyo de amigos y familiares, pero uno nunca se cura.”

Vivian sufre de trastornos mentales, enfermedades que no son comprendidas por la sociedad. “No es lo mismo que una persona diga que tiene diabetes a que yo diga que tengo trastorno de bipolaridad, por ejemplo. El estigma es muy duro.”

Los trastornos mentales están estrechamente ligados con el suicidio. Mundialmente se estima que de todos los casos de suicidio el 90% es causado por alguna enfermedad mental como la depresión, el trastorno de personalidad, o la esquizofrenia, entre otros.

En el 2012, el Ministerio de Salud creó la Política Nacional de Salud Mental, única política nacional específica de una temática. Según Allan Rímola, jefe de la Secretaría Técnica de Salud Mental, en Costa Rica 1 de cada 4 personas padece o padecerá de alguna enfermedad mental en su vida y es la tercera enfermedad que más se atiende en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y lamentablemente, la primera que menos se resuelve.

El juicio del suicida

12 años después de aquel primer intento, Vivian, acumula cinco más. El último fue hace siete meses.  En cada intento de suicidio, Vivian siente un vacío enorme, una desesperanza que no tiene salida.

“Siempre que pasa me entra la culpabilidad, la idea de que mi familia va a tener que lidiar con tantas cosas. Es una batalla interna muy dura. De que he querido hacerlo, pues sí. Siempre me pasa. Cuando estoy en una recaída y en lo más oscuro, puedo parecer feliz, pero las personas no saben la carga que uno lleva dentro”.

El suicidio es un fenómeno que no debe invisibilizarse. Por el hecho de no hablar del tema, no va a desaparecer. Esa es una de las ideas que el psiquiatra Javier Contreras defiende en torno al tema.

“Uno como profesional en salud mental debe de hacer la pregunta directa de si han pensado en el suicidio. A veces hay una creencia errónea de que si yo le pregunto a alguien si tiene ideas suicidas, voy a alimentar esas ideas y eso no es correcto. Una vez que se hace una evaluación y se encuentra que hay riesgo suicida, debe referirse a un profesional de salud y ahí se determina si requiere tratamiento farmacológico o psicológico. Por lo general es una combinación de ambos”, explicó el especialista.

Las únicas secuelas físicas que tiene Vivian en su cuerpo son cicatrices en sus brazos y muñecas. El único indicio de que intentó suicidarse. Sin embargo, nada más lo denota. Nadie más sabe de sus otros cinco intentos, ni siquiera sus padres. “No es algo de lo que hable con frecuencia, pero si la gente me pregunta lo hablo. Este año tengo la meta de ayudar a crear conciencia sobre el suicidio y los trastornos mentales. Ninguno es un juego”.

* Estudiante de Comunicación de Masas en la Universidad Federada San Judas Tadeo.


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