Zona Crónica

Cuestión de tiempo

Nathalia Villalobos Ramírez*

Martes 21 de Marzo, 2017

-¿Qué día es hoy? Es la tercera vez que pregunta en menos de dos horas.
-Lunes, hoy es lunes 1 de abril, le responde mi mamá.
-¿María, qué es lo que tengo que comprar hoy?, continúa mi papá.
-Lo mismo de siempre, Luis, responde mientras apunta en un pedazo de hoja que encontró: pan blanco, leche y TortiRicas.

Tenía muchos años de comprar lo mismo pero, ahora, cuando por orgullo no se llevaba la lista, nos quedábamos sin nada para tomar café, así que era mejor estar preparados.

A mi mamá le parecía gracioso, aunque eso no era lo único. El humor de mi papá ya no era el mismo: ahora se enojaba más, olvidaba nuestros nombres y confundía cosas o palabras. A veces, en lugar de leche líquida, traía leche condensada y había que ir a cambiarla; en otras ocasiones no se llevaba la billetera y tenía que devolverse, obstinado, porque estaba perdiendo tiempo para ir a sentarse a la plaza o para ver el partido de su amado equipo Heredia, del que tiempo atrás conocía todas las estadísticas y nombres de los jugadores.

Para mí fue fácil notar que algo andaba mal. Soy su hija menor y viví hasta los 29 años con ellos. Ahora que tengo casa propia, sigo viviendo cerca y los visito a menudo para despejar mi mente luego de un largo día en el Banco Central.

En cambio, mi hermana mayor, Xinia, no se da cuenta de nada de lo que pasaba. Ella dejó la casa a los 21 años para irse a vivir a Alajuela con su esposo y, ahora, sé más de ella por las redes sociales que por lo que hablamos: “Virginia, otra vez no voy a poder llegar, es cierre de mes y los contadores nos vamos a quedar trabajando hasta tarde. Dile a mami y a papi que los quiero.”

Somos las dos únicas hijas de ese matrimonio. Uno que llegó tarde pero que se quedaría para siempre. Mis padres tienen 48 años de estar juntos y desde eso nunca han estado mucho tiempo separados. Se casaron el 8 de febrero de 1969, en la Iglesia del lugar donde han vivido toda la vida: San Juan de Santa Bárbara. Ella tenía 29 y él 36.

Antes de salir, mi mamá lo espera para darle la bendición, un abrigo y un paraguas, “Por si se vuelve a perder”, le dice como con un tono incrédulo y burlista. Mi papá nada más le agradece con un beso en la mejilla.

Malas noticias

Al otro día, la rutina cambió, ya no había que ir por el diario. Era el día de la cita con la doctora Hernández del Hospital San Vicente de Paúl, en Heredia.

“La cita es a las 2:00 pm, es solo para control, pero si no voy con su papá, a él se le va a olvidar”, me dice mamá mientras se arregla antes de salir. Del otro lado se escucha a papá quejarse: “Yo puedo solo, no sé por qué insiste en acompañarme”.

Ese día llegaron de la cita casi a las 6:00 pm. Ninguno de los dos dijo nada y solo pusieron en la mesa de la sala el carnet con la noticia que cambiaría sus vidas.

Paciente: Luis Ramírez Carvajal
Edad: 68 años
Diagnóstico: Alzheimer

En Costa Rica no existen estadísticas que determinen la cantidad de pacientes que sufren el padecimiento. El Ministerio de Salud estima que si se utilizan las probabilidades de incidencia mundiales, la cantidad de afectados en el país puede oscilar entre los 2.700 y los 9.000 enfermos. A pesar de ser considerado como el mal del Siglo XXI, todavía no se ha encontrado la cura e, incluso, muchos de los casos se diagnostican hasta etapas avanzadas.

De acuerdo con ese Ministerio, ya en el 2010, el Alzheimer era la causa de demencia más común, acaparando entre un 60% y un 70% de los casos.

El golpe fue duro, ninguno quería hablar mucho del tema. El problema fue que nadie  advirtió que luego de ese diagnóstico todo se pondría cuesta abajo.

-De ahora en adelante tendrás que hacer los ejercicios que dijo la doctora y con eso estarás bien, dijo mi mamá mientras mi papá se excusaba enojado, diciendo que no le gusta que lo traten como un enfermo.

Expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirman que el ser humano tiene más de 15.000 millones de células nerviosas que se comunican entre ellas para garantizar todas las funciones del cuerpo. Con el Alzheimer, las neuronas responsables de la memoria y de otros procesos de pensamiento, se degeneran y finalmente mueren por razones aún desconocidas. El tratamiento actual no es curativo: sólo va dirigido a desinflamar el cerebro y retrasar la evolución de la enfermedad.

Espiral descendente

-¿Qué día es hoy? La pregunta de papá suena como un eco por la casa.
-Mi amor, hoy es domingo 19 de octubre, respondé mamá.
-Qué güevón más tonto, yo pensé que hoy era miércoles.

-Papi, si quiere le pongo el tele para ver si están dando algún partido, le digo mientras invento algo más para entretenerlo y evitar que, en un descuido, salga de la casa y se vuelva a perder. Así ocurrió la semana pasada cuando un vecino lo encontró desorientado cerca del lugar donde vivía cuando era niño.

-Está bien, afirma mi papá mientras se dispone a sentarse en el sillón.

Un golpe fuerte suena en toda la casa ¡Mi papá cayó al suelo! Los gritos de mi mamá se oyen de fondo, mientras llamo por una ambulancia.

-Bueno, no es fácil lo que les tengo que decir. Después de que se le diagnosticó el Alzheimer, hace 12 años, este derrame cerebral vino a acelerar las cosas. Ya no puede caminar ni hacer ninguna otra cosa solo. Le damos dos meses: es solo cuestión de tiempo, explicó la doctora.

Es como si todos hubiéramos perdido la noción del tiempo. Pasó tan rápido que nadie lo podía creer. De un día para otro, olvidó quienes somos y transformó las palabras en simples sonidos que solo mi mamá parecía entender.

Una vez en la casa, escucho cómo mi mamá, entre sollozos, le reclama a mi papá: “¿Por qué te quedaste con la más pendeja de tus novias?”.

Dedicación constante

Yo me siento impotente. Trabajo todo el día y solo llego en las noches para ver como el tiempo los ha transformado. Ahora mi mamá también es otra; ya ni siquiera se peina. Su vida consiste en bañarlo, cambiarle el pañal, alimentarlo y dormir poco por las ansias que le provoca el sentimiento de despertar viuda.

De acuerdo con doctores de la Caja Costarricense de Seguro Social, el Alzheimer es un mal que deja dos víctimas: el paciente y sus familiares. El promedio, de 8 a 15 años de vida del enfermo, se convierte una gran carga emocional, social y económica para los parientes.

Aun así, he visto como mi mamá se ha puesto más fuerte; recuerda todos los detalles de la vida de mi hermana, de la mía y, obvio, de la de mi papá. Nunca olvida la dosis y la hora exacta de cada medicamento ¡Es mi ídolo! Yo, con 46 años, a veces no logro recordar ni lo que hice la semana pasada.

Ya le pregunté a la doctora sobre la posibilidad de haber heredado la enfermedad y, aunque me dijo que las probabilidades son pocas, no puedo evitar sentir un escalofrío cuando lo pienso.

-Virginia, venga a rezar conmigo.

Ya tenemos tres años en lo mismo pero no puedo dejar sola a mi mamá. El tiempo que le dio la doctora no coincide con el que mi papá ha decidido seguir viviendo y, a pesar de lo complicado, y de la insistencia de mi hermana, mi mamá aún se niega a llevar al amor de su vida a un asilo de ancianos “para que lo cuide yo no sé quién”, dice.

- Otra vez ha estado muy mal. Ya le puse la mascarilla, pero sigue la tos. No abrió los ojos ni para comer y solo murmura quejas y dolor.

Hicimos la oración de pie, entre cuatro paredes llenas de imágenes de santos, un gigantesco armario café y una ventana pequeña por la que apenas entra la luz. Lo reducido del espacio hace que se conserve aún más el olor a crema y a las bolsas de pañales que mi hermana compra por montón para no tener que venir muy seguido.

No la culpamos. No es fácil ver cómo la persona que nos enseñó a ser lo que somos, el hombre paciente, cariñoso, fuerte, trabajador y apasionado, ya no guarda ningún recuerdo.

El lugar me parece más pequeño y oscuro: una cama de hospital es lo único que le cabe. Ahí permanece acostado mi papá, y ahí es donde mi mamá se sienta a verlo por horas, a darle las sopas que preparó o a cuidarle las llagas que, luego de tanto tiempo en cama, dejan con facilidad el roce de su piel y la sábana.

-¡Mamá!, se escucha luego de un lloro y una tos grave. Abrió los ojos pero su mirada está en un punto fijo en el techo.

Mi mamá interrumpe el rosario: “Aquí estoy mi chiquito ¿Qué me les están haciendo?”, le dice a mi papá. Luego le da un beso en la frente y veo como se le eriza la piel y, poco a poco, se calma.

Cuerpo sin alma

El Ministerio de Salud, en su Plan Nacional para la enfermedad del Alzheimer y otras enfermedades relacionadas (2014-2024) también advierte que cuando hay una persona con este padecimiento, las parejas y las hijas e hijos pasan a ser padres o madres.

Por esa misma razón, la Asociación Costarricense de Alzheimer y Otras Demencias (ASCADA) crea espacios para la atención de los cuidadores. Sin embargo, sigue siendo un tema novedoso, al que se le dedican pocos recursos económicos y humanos.

Nunca nadie le explicó a mi mamá lo lento que pasa el tiempo cuando se cuida a un cuerpo ya sin alma y nunca le dijeron que el dolor que eso provoca es solo parte del inmenso sufrimiento que le tocará vivir hasta que el cuerpo de su esposo se olvide de cómo respirar.

La oración termina. Mi mamá me recuerda que mañana hay visita del Padre Víquez para que le pongan los Santos Oleos. Esta es la segunda vez que lo hacen, pero es la más significativa.

Todos creíamos que ya estaba listo para irse cuando después de la amputación de sus dos piernas por la necrosis, el efecto de la anestesia y el oxígeno le dieron un estado repentino de lucidez suficiente para pedir perdón, agradecer y decirle a sus seres queridos que los amaba.

Al otro día, mi mamá se preparó para la solemnidad de la visita del sacerdote.

-Qué Dios lo deje descansar, la escucho decir en voz baja.

Después, una larga pausa, la invade sentimiento de culpa. “¿Qué estoy diciendo?”, “Mi chiquito se va a poner bien.”

-Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén, reza el Padre.

Al terminar el acto, el sacerdote dirige la mirada hacia mi mamá y con la mano sobre su espalda le dice con tono conciliador.

-Él no se va a ir todavía. La quiere demasiado, no la va a abandonar.

*Estudiante de periodismo de la Universidad San Judas Tadeo


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