Zona Crónica

En los huesos

Valery Castro Ujueta*

Viernes 28 de Julio, 2017

Es curioso pensar como estando entre cuatro paredes puedo sentirme tan libre. Estoy en mi habitación, mi lugar favorito de la casa. El lugar en el que me siento más cómoda, donde puedo ser yo misma y expresar mis sentimientos sin tener que rendirle cuentas a nadie. Mi mamá parece entenderlo porque no entra sin tocar la puerta y prefiere pegar el típico grito “Laura, baje para que cenemos juntas”, a entrar y decírmelo.

“Ya voy ma. Estoy haciendo un trabajo del cole.” Si tan sólo supiera. Los últimos días no he ido al colegio y si voy llego tan borracha que ni pongo atención. El viaje en bus de mi casa en Mercedes Norte hasta el Colegio Técnico Profesional de Heredia no es largo; sin embargo, prefiero no ir. No tiene caso. 

Obviamente mi mamá no sabe nada porque sale temprano para el trabajo y regresa a la casa hasta tarde, cuando en momentos como éste finjo estar haciendo trabajos del colegio. La plata que me da es para comprar comida; pero, prefiero morirme de hambre y gastar el dinero en un paquete de cigarros y una pacha de guaro.

Recuerdo cuando mi papá vivía con nosotros. Era tan diferente. Él era mi súper héroe, hasta que cambió de trabajo. Ahora vive en Guanacaste, llega a la casa cada 15 días y más que un padre, prefiero decir que es un cajero automático, un sujeto que puso el esperma y es por ello tengo que debo llevar el apellido “Porras”.

Son las siete de la noche. La última hora he estado en mi refugio, mi lugar secreto, el único testigo anónimo de lo que vivo. He estado escribiendo en mi blog “Surrender to the Bones” (Ríndete a los huesos). Allí vomito mis sentimientos, cuento lo mierda de persona que soy y leo sobre experiencias de personas que pasan por lo mismo que yo.

Hoy es 27 de agosto del 2012, lo que significa una nueva entrada para el blog. La publico y antes de bajar a “cenar” me voy directamente al baño. Saco la pesa que tengo escondida, me quito los dos pantalones y tres suéteres que traigo puestas y me subo a la báscula.

Hoy en total me he pesado unas 50 veces y la báscula me ha dicho lo mismo las hijueputas 50 veces: 37 kilos. Pero, ¿cómo? Si ayer estaba en 36. Soy un asco. Soy una mierda, una vaca asquerosa que no merece vivir, que no merece ni una pizca de amor. Y tras de eso mi mamá me espera con comida al bajar las escaleras. ¿Qué se supone que haga? ¿Comer? Antes muerta.

Sin ayuda

Según Silvina Gimpelewicz, creadora de la Asociación de Desórdenes de la Conducta Alimentaria Costa Rica, en el país no se conoce del tema ni se tiene la conciencia de lo que este tipo de trastornos conlleva.

“En nuestro caso, la asociación está pasiva, ya que no hemos encontrado recursos para sostenernos. A nosotros nos llegan casos aislados. Somos muy pequeños y no sé incluso cuánto seguiremos sin obtener medios. La situación es compleja. Estamos “dormidos”. Ni yo ni nadie puede ocuparse de esto sin cobrar. Por lo tanto, la realidad es que quien tiene un trastorno, o tiene dinero o las ve mal”, explicó.

Vuelvo a vestirme y no me animo a siquiera mirarme en el espejo porque doy asco. La casa huele a comida. Huele a aquello que me disgusta. Huele a obesidad y el olor se clava en mí como agujas recordándome lo gorda que estoy.

Bajo las escaleras de dos en dos y me encuentro con mi mamá. Está de espaldas terminando de preparar la comida. “Hice hamburguesas con papas”, me dice. Sonrío, pero en mi interior en lo único que pienso es en cómo demonios voy a fingir que me como todo esto frente a ella. Yo no puedo comerme eso. ¿Qué quiere? ¿Qué explote?

“¡Uy si, ma! ¡Se ven buenísimas!”. Mi mente instantáneamente comienza a hacer sus cálculos. Cálculos a los que ya está acostumbrada. No por nada paso horas de horas leyendo etiquetas y memorizando tablas calóricas y valores energéticos.

La hamburguesa por si sola puede tener unas 650 calorías, las papas con la cantidad de aceite que las hace mi mamá pueden tener 700 calorías. Eso en total suma 1250 calorías y en teoría se deben de comer aproximadamente 2000 calorías al día. Yo no puedo comerme eso. Ni loca.

Jóvenes vulnerables

Un estudio del Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Costa Rica en el año 2014 destacó que el 6% de los colegiales del Gran Área Metropolitana (GAM) tiene un trastorno alimentario no diagnosticado y que el 14% está en riesgo de sufrir uno.
En el 2014, La Clínica del Adolescente, encargada de tratar y referir los casos de trastornos alimentarios en el país, recibía al menos tres pacientes nuevos con desórdenes alimentarios al mes.

- ¿Puedo comérmela en el cuarto?

Si mi mamá dice que puedo llevármela al cuarto, haría lo mismo de siempre. Empacar la comida en bolsas Ziploc y dárselo mañana a los indigentes que hay en el Parque de Heredia o a los perros callejeros.

Pero recibo un no por respuesta.

- Ay no Laura, no empiece. Todos los días ha cenado en el cuarto y ayer tuve que comer sola porque su hermano estaba dormido y hoy anda donde un compañero haciendo un trabajo.

- Por fa, ma. Es que tengo que terminar el trabajo para mañana.

- Llevás como dos horas encerrada en el cuarto terminándolo. Podés comértelo rápido y te vas.

No voy a zafarme tan fácilmente de esta. Pero sé que puedo. Ya la he engañado antes, ¿por qué no ahora? Me siento en la mesa y espero a que todo esté listo. Mi mamá se sienta al frente mío y comienza a hablar de todo un poco. Me pregunta que como voy en cuarto año de colegio, yo le pregunto por su trabajo y así transcurre la conversación. 

Le doy grandes mordiscos a la hamburguesa en el preciso momento en que mi mamá observa, sólo para después escupirlos en la servilleta cuando ella desvía su mirada u observa su plato de comida. Boto “sin querer” varias papas al suelo y con la excusa de que están sucias, las tiro a la basura. Dejo la hamburguesa a la mitad y finjo que estoy llena. Logro salir ilesa del asunto, subo las escaleras y me encierro en mi habitación.

No comí nada en la cena, pero recuerdo haber comido en la mañana una manzana de 50 calorías y me tomé una gaseosa sin azúcar. Pienso en como mi déficit calórico de hoy debería ser mayor para poder perder ese kilo extra que tengo.

Vuelvo a mi computadora, me tiembla el pulso y escribo en el buscador las palabras “Pro Ana” y “Pro Mía”. De inmediato me aparecen otros blogs similares al mío en los que encuentro frases de apoyo. “Nada sabe tan rico como estar delgada” “Si tanto lo quieres, ¿por qué diablos comes?” “Nunca se está lo suficientemente delgada” “Amarás tu báscula y tus huesos sobre todas las cosas” “Somos princesas”.

Problema en aumento

La anorexia y la bulimia son los principales trastornos de la conducta alimentaria y están definidos como padecimientos psiquiátricos en el DMS-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. En la anorexia nerviosa, la persona hace ayunos por largos períodos de tiempo y se rehúsa a mantener el peso corporal en los valores mínimos normales. 

Nunca he considerado que la anorexia sea un juego, yo sé que es una enfermedad. Pero hay gente que parece no entenderlo. Por eso me parece estúpido que las “Pro Ana” se hagan llamar “princesas”, se dibujen coronas para demostrar su poderío y hagan sus oraciones, credos y “carreras de kilos” (quien pierde más kilos en la menor cantidad de tiempo, gana). Me parece simplemente idiota.

Según la nutricionista especializada en trastornos alimenticios, Rossana Mauro, los trastornos de conducta alimentaria son relativamente nuevos y al inicio su prevalencia no era tan alta.

“No teníamos cifras ni estudios del tema hasta hace pocos años. La situación es preocupante. Si bien ahorita no es el área de mayor importancia a nivel de salud pública, con el tiempo probablemente lo vaya a ser, precisamente por estas estadísticas tan alarmantes”, explicó Mauro.

Entro a varios blogs y además de frases de apoyo encuentro consejos para no comer y así bajar de peso más rápido. Tomar mucha agua, masticar hielo para hacerle creer a mi cerebro que estoy comiendo, usar ropa suelta cuando estoy con amigos y familiares, pero ponerme ropa ajustada cuando estoy sola para ver y recordarme lo gorda y fea que estoy, y más.

Entre todos esos consejos “Pro Ana”, encuentro también varios consejos para ser “Pro Mía”.

Las anoréxicas siempre hemos considerado a las bulímicas como débiles. No tienen el valor ni la fuerza de voluntad para dejar de comer, sino que prefieren vomitarlo. Es asqueroso. Pero no encuentro otra forma de deshacerme de esta gordura, de sacar esa manzana y esa gaseosa de mi cuerpo.

“Vomito mi vida”

La bulimia consiste en episodios recurrentes donde se come en exceso. La persona se siente culpable y busca la manera de librarse de esa comida, ya sea por medio del vómito provocado, abuso de fármacos laxantes y diuréticos, ayuno o ejercicio excesivo. Una característica esencial de ambos trastornos es la alteración de la percepción de la forma y el peso corporales.

Leo las recomendaciones una por una y las acato. Pongo música en alto. No es sorpresa para mi mamá, ya que le he dicho que con música me concentro mejor para estudiar, me amarro el cabello en una cola y observo como se me caen algunos mechones, me tomo un litro de agua en una sentada y me dirijo al baño. Más que la comida, vomito todo, vomito mi vida y mi vacío emocional. No merezco nada, no merezco ni una pizca de afecto. Soy un asco.

Termino de vomitar, bajo la cadena, me lavo la cara y me dirijo de nuevo a mi cuarto. Le bajo el volumen a la música y me quedo quieta mirando al vacío. Mi ritmo cardiaco es tan bajo que creo que hasta podría darme un paro. Si voy a la cocina por una manzana o algo para comer quizás se estabilice. Pero no me importa. Si me muero, me muero. No puedo comer. No creo que llegue viva ni a los 30 años. Es algo que acepté.  No me importa. No lo merezco.

*Estudiante de Comunicación de Masas en la Universidad Federada San Judas Tadeo
 


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