Zona Crónica

Marlene tenía cáncer

Rita Valverde Villalobos*

Martes 20 de Junio, 2017

Era un jueves por la mañana cuando Marlene Rodríguez se despertó. Su esposo, Gamaniel, no se había levantado aún, pero ella debía de preparar su desayuno antes de que él se fuera a trabajar en su taxi.

Pocos carros pasaban a esa hora, pero no era nada de extrañar, así pasaba siempre en la tranquilidad de su pequeño pueblo, allá en San José de la Montaña. Parecía que nada era distinto, que todo estuviera en su lugar, pero esa mañana cuando Marlene hizo el intento para levantarse, a eso de las 7 de la mañana, no pudo, no sentía ganas.

La noche anterior, cuando su esposo llegó a acostarse, Marlene le dijo que, por favor, le pasara otra cobija porque sentía mucho frío. “¿Cómo una cobija más si no hace tanto frío?”. Y, aunque le pareció algo extraño, no le dijo nada más.

Ya el reloj se había pasado un poco de la hora normal, así que hizo un esfuerzo muy grande para levantarse e irse a preparar el desayuno. Pensó que era un cuadro gripal  y por eso no le prestó importancia.

Cuando su esposo se fue a trabajar, Marlene volvió a su cama y se acostó de nuevo; algo inusual en ella.

Malas señales

Marlene tiene 53 años. Hace casi dos la operaron, tras haberle detectado cáncer en la tiroides. Un caso no muy extraño en Costa Rica, el país de Centroamérica y el Caribe con mayor incidencia de cáncer de tiroides y el segundo en América Latina después de Ecuador, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

Los síntomas aparecieron de un día para otro. A partir de esa mañana, se repitió más seguido. Cada vez que llegaba la hora de levantarse, Marlene ya no sentía esas mismas ganas de levantarse como antes.

Llegó al punto en que una mañana decidió que era mejor no tender su cama en todo el día, porque sabía que el cansancio la alcanzaría en algún momento. Podía sentirse así  al hacer el almuerzo, o después de barrer o planchar. O tal vez solo se estaba volviendo vaga. Eso pensaba algunas veces.

Marlene era una mujer activa, de esas que no descuidan el oficio de su casa. Sus tres hijos le decían que ella era “eléctrica”, que quería hacer muchas tareas pesadas el mismo día: lavar la cochera, la ventanas, las cortinas, el corredor...

Luego de un tiempo ya no fue solo el cansancio: sus emociones se desestabilizaron. Empezó a sentirse demasiado sensible por cualquier cosa. Lloraba todos los días, incluso sin motivo. Si la volvían a ver, lloraba, y si no lo hacían, también. No le preocupó mucho. Por esa época tenía 49 años: lo más probable es que fueran síntomas de la menopausia.

Nunca sospechó que esos cambios de humor y de cansancio fueran motivo de algo preocupante. Las primeras señales vendrían un día en que Marlene notó que había estado  aumentando de peso y decidió visitar al doctor Naranjo, médico especialista en acupuntura. 

“Yo empecé a ir donde el doctor Naranjo para adelgazar. Todas las semanas me pesaba, pero no bajaba de peso. Entonces el  médico me decía:

—¿Usted está haciendo todo como nosotros le decimos?
—Sí, doctor.
—Bueno hagamos una cosa. Anóteme en esta hojita todo lo que usted come durante el día.

Así empezó a hacerlo: a anotar todo lo que comía. Hasta que después de varias citas, preocupada  porque no había logrado bajar ni un kilo, el doctor le dijo:

— Puede que algo no ande tan bien. ¿A usted le han hecho alguna vez un examen de la tiroides?
—Sí, hace algún tiempo.
—Bueno, tráigamelo la próxima cita para revisarlo.

Diagnóstico inesperado

Marlene recordó que, hacía un año, ella había ido a visitar a su médico general (porque su padre había fallecido a causa de un cáncer gástrico), y el él le pidió hacerse una gastroscopia para descartar cualquier indicio de llegar a padecer esta enfermedad.

Como parte de un estudio general recomendado por su médico, Marlene también se hizo el examen de la tiroides.

Los resultados mostraban una alteración de la glándula. A Marlene no le preocupó mucho y para sí misma se decía: “entre lo malo, era lo menos malo”. Tampoco le recetaron ningún medicamento.

A la siguiente cita con el doctor Naranjo, Marlene le llevó el examen de la tiroides. Hasta entonces eso no la había puesto a pensar, pues, según lo que el médico le había dicho un año atrás, “no era nada de qué preocuparse”.

Cuando el doctor Naranjo vio el examen, inmediatamente le dijo: “¡Muchacha, pero usted se está muriendo!”. Tiene que buscar un endocrinólogo ahora mismo.

Marlene se estremeció. ¡Jamás esperó escuchar semejante cosa! Entonces empezó a sentir como si de verdad se estuviera muriendo.

-Váyase para su casa: con la tiroides así, usted va a seguir ganando peso, y no va a poder adelgazar, sería como robarle la plata”, le dijo el médico.

Con esas palabras surgieron las primeras sospechas de que el frío, el cansancio y la lloradera, no eran causa de la menopausia, de un resfrío o de algo sin mayor importancia . “Ni por la mente se me ocurrió pensar que yo podía estar mal de la tiroides. Yo no creía que esa cosita fuera la responsable de tanta cosa”, decía Marlene.

Pero al oír las palabras del doctor, tampoco llegó a creer que podía ser un cáncer. Solo pensó que le iban a recetar algún medicamento, y todo estaría resuelto.

Al quirófano

El día siguiente, después de la cita con el doctor Naranjo, Marlene llamó a la doctora especialista en endocrinología. Llevó el examen que se había hecho, pero la doctora dijo que tenían que realizarle otro nuevo. Los resultados corroboraban la alteración: Tenía la cantidad de la hormona estimulante de la tiroides en 9.0, cuando lo normal es  2.0.

Eso indicaba que ella padecía de hipotiroidismo. La doctora le explicó que las alteraciones de la tiroides podían ser dos tipos: el hipertiroidismo, cuando existen demasiadas hormonas, o, en su caso, el hipotiroidismo, cuando el organismo sufre una deficiencia de hormonas tiroideas.

“Sí, es cáncer lo que usted tiene. Definitivamente tenemos que quitarle toda la tiroides, pero esté tranquila, porque entre todos los tipos de cáncer, el que usted tiene es de los que menos daño causan”, le dijo el doctor cuando confirmó sus resultados.

También le dijo que la tasa de mortalidad del cáncer de tiroides es muy baja en comparación con la mayoría de los otros cánceres. En Costa Rica la mortalidad alcanza apenas el 2,2% de los casos.

Aunque no todas las personas que padecen algún tipo de afección son, necesariamente, candidatos a sufrir de cáncer, como Marlene, en Costa Rica, este enemigo silencioso ataca a más de 500 personas cada año.

Las mujeres son las más propensas, con un aumento de un 29% en los últimos cinco años, según  datos del Registro Nacional de Tumores del Ministerio de Salud.

A Marlene la operaron  después de varios años  de haberse realizado el primer examen de tiroides. Posiblemente desde la vez que se hizo aquel examen y la doctora le dijo que su tiroides “estaba entre lo menos mal”, algo hubiera podido cambiar.

Quizá su tumor hubiera tenido un menor tamaño, quizá hubiera podido conservar una parte de su glándula, pero no sucedió así.

Aunque el desorden de la glándula no tiene cura, permite que su detección temprana favorezca la esperanza de vida, que se extienda hasta por diez años en el 80% de los casos.

Hace unos días atrás, Marlene fue a hacerse la mamografía. La doctora le dio un protector para que cubriera su tiroides de la radiación, pero ella ya no tenía tiroides.

Dos años atrás la habían operado. En su mesita de dormir guarda cuidadosamente las pastillas que debe de tomar apenas se levanta. Por nada del mundo las puede olvidar, porque esas pastillas, tan pequeñas, sustituyen ahora la función que antes, hacía su tiroides.

*Estudiante de Periodismo de la Universidad Federada San Judas Tadeo.
 


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