Zona Crónica

¿Medio hombre?

Rigoberto González*
Primera Plana

Lunes 13 de Marzo, 2017

Estábamos repletos, con agenda llenísima. Nos sentíamos como un malabarista en medio de la cuerda floja. Sin embargo, todo iba en sincronía: nada podía faltar ni salirse de lugar. 

Yo, Jimena, a veces no entendía como Carlos podía lidiar con 10 materias en dos carreras para un mismo semestre. Yo con costos podía con mi bloque completo. Además, estaba peleando una elección estudiantil federativa de la Universidad de Costa Rica.

La fiesta nunca quedó de lado a pesar de ese nivel de presión y estrés y, tras de eso, tener pareja. La verdad es que no era jugando. Supongo que al tener 24 años,  es normal estar lleno de vitalidad y  pensar que nada puede salir mal.

En mi caso yo solamente tenía que lidiar a mis 22 años con la carrera de nutrición. Como él y yo nos habíamos ido a vivir juntos desde hacía un año  a un pequeño apartamento en San Pedro, desde ese momento siempre fui muy cautelosa en tratar de que se alimentara bien, pese a ese remolino de actividades en el que estaba inmerso.

Carlos trataba de no descuidar su salud o, al menos, eso intentaba. Me contó que una vez tuvieron que operarlo de ambos ojos cuando era más joven, ya que era corto de vista. Un día acudió al urólogo porque no se sentía bien pero, al final, no era nada: una simple incomodidad pasajera.

El calendario marcó 22 de setiembre. Era nuestro “mesversario”. Eso es muy común cuando las parejas comienzan: todo lo recuerdan. Cada fecha tiene un significado; ya cuando pasan los años todos esos detalles son sustituidos por otros. Había que estar preparada: el aniversario de la relación se acercaba y era imperativo “cumplir”. Sin embargo, desde hacía unas semanas atrás una pequeña molestia había estado afectando a Carlos en su desempeño en el “amor”, pero yo no creía que fuera mi culpa, aunque él tampoco sabía decirme qué le pasaba.

Nosotros siempre fuimos muy claros con los planes que teníamos a largo plazo: pensábamos en matrimonio, en tener hijos. No teníamos mucho tiempo juntos, pero desde que nos enamoramos, cada día que pasaba en nuestro apartamento  había la corazonada de que éramos el uno para el otro.

Mala señal

Esa tarde, mientras estábamos en su habitación, la molestia volvió. Lo vi de reojo y noté que algo estaba fuera de lugar en sus testículos, y se lo comenté a Carlos. No me lo cuestionó mucho; pidió cita al consultorio médico de la Universidad de Costa Rica para el día siguiente. Por dicha no habían cerrado aún. 

Mientras íbamos para la consulta, él estaba un poco nervioso. Era muy temprano. Para rematar, la doctora se portó hostil. De forma muy seca lo interrogó mientras lo observaba con un poco de disgusto. Igual lo acompañé cuando entramos al consultorio.

-¿Desde cuándo notó usted esa incomodidad?
-No sé. Jimena, mi novia aquí presente, vio algo extraño y me contó. Yo empecé a ponerle atención y sí, efectivamente, algunas de mis molestias empezaron a tomar sentido.

-Bueno, vea, no quiero aventurarme a diagnosticar lo que creo que es: mejor lo voy a referir a su médico de cabecera. La cita concluyó y nos mandaron inmediatamente al Hospital de Heredia.

Carlos, en su silencio, parecía no entender nada: solo veía que había sellos de tinta roja con la palabra “URGENTE” en el papel que le dieron en el consultorio aquella mañana.

Entregamos el bendito papel en ese hospital, que estaba en medio de un caos porque ya el nuevo edificio para el cantón central de esa provincia estaba listo para funcionar, por lo cual se vivía un ambiente de mudanza.

El diagnóstico

Quince días después la cita llegó. El doctor Francisco Ríos fue quien nos recibió. Para ser honesta, no esperábamos buenas noticias.

Después de examinarlo con detenimiento al otro lado del biombo, el médico se quitó los guantes de látex y se puso sus anteojos para pronunciar con frialdad su diagnóstico.

-Bueno, joven, lo que usted tiene es cáncer en su testículo derecho. Este padecimiento es conocido como una “enfermedad joven”: suele presentarse en hombres entre los 15 a 30 años de edad. Vamos a proceder a hacer las gestiones para operarlo lo más antes posible.

Carlos no tuvo más remedio que aceptar su destino. Yo me sentía culpable por no haber sido más insistente al advertir sus molestias. Un día lo escuché hablar que su abuela materna murió de un tumor en la cabeza. La genética es como una lotería, a como nos favorece, nos puede consumir en la miseria.

Tomó su viejo celular con las teclas ya despintadas y, en medio del nerviosismo, llamó a sus hermanos para darles la noticia. Ninguno de ellos lo acompañó en ese momento; siempre han sido muy solitarios. A su madre, doña Patricia, prefirió decirle después porque ella andaba de viaje.

Me extrañó que estuviera tan tranquilo. Yo nada más lo abrazaba y le decía que todo iba a estar bien. En esos silencios, estoy segura, por la mente de Carlos, como dicen, “toda su vida pasaba frente a sus ojos”.

En medio del caos del viejo hospital de Heredia, la fecha para la cirugía salió casi de forma inmediata. La operación quedó programada para el 21 de octubre a primera hora. 

Machismo y vergüenza

A partir de ese momento yo empecé a notar más la molestia que padecía Carlos: cuando caminaba, cuando se sentaba; de hecho que entramos en un periodo de abstinencia sexual.

A diferencia de las mujeres, el machismo y la vergüenza combinados hacen que este tipo de cosas sucedan: revisarse sus “partes íntimas” es todo un tabú. El hombre tiene que ser un “macho” y aguantar el dolor.

El sexólogo Mauro Fernández afirma que los hombres casi no acuden al urólogo por vergüenza o descuido y, cuando estos padecimientos se diagnostican, en la mayoría de las ocasiones ya es muy tarde.

Yo no me quise quedar con el clavo, así que en mis ratos libres entre clase y clase, investigaba sobre el cáncer de testículo. No quería llenar de preguntas a Carlos sobre su padecimiento. Ya era suficiente con todo lo que tenía que lidiar.

Descubrí que solamente 22 de cada 100 hombres aseguraron hacerse el autoexamen en sus testículos, según las últimas estadísticas de la Caja Costarricense del Seguro Social.

La situación es alarmante. Según esa misma institución, cada mes se detectan 8 casos de cáncer de testículo en nuestro país y en promedio esa enfermedad cobra una vida en ese mismo periodo. 

El doctor Ríos estaba en lo correcto: este padecimiento solamente lo sufren los hombres jóvenes y Carlos  “se había sacado el ocho”.

Ese mismo estudio de la Caja Costarricense del Seguro Social, mostró que hay dos formas en las que este cáncer se manifiesta: por un bulto en el escroto o porque los testículos se ponen muy duros. En el caso de él, fue un cuerpo extraño que empezó a manifestarse en el escroto que, por mi observación, determiné en la intimidad.

Punto de giro

Como una chispa en una bodega de fuegos artificiales, la noticia del cáncer de Carlos se esparció de una forma sin precedentes: toda la agenda política, universitaria y social de ese semestre tuvo que ser suspendida de forma obligatoria e indefinida. La salud de Carlos estaba primero.

En el “aparta” no cabía la gente. Recibíamos visitas todos los días: muestras de apoyo, lágrimas sinceras o por pura pose, tarjetas, abrazos aquí y allá.

Pese a que Carlos todavía no lograba procesar lo que le estaba pasando, teníamos cierta paz porque los estudios demostraban que la recuperación de un padecimiento de estos es efectiva en un 95%.

La muerte era solo una preocupación intermitente. Este cáncer según la Caja, tiene un menor impacto que uno de próstata o pulmón. Eso traía un poco más de tranquilidad a Carlos. Sin embargo, como ha cobrado vidas, algunas veces lo noté deprimido.

En la madrugada previo al día de la operación yo no pude dormir. Supongo que Carlos estaba tan cansado emocionalmente que no se despertó durante toda la noche.

Muchas preguntas cruzaban por mi cabeza sobre nuestros planes futuros: ¿Podremos tener hijos después de esto? ¿Me seguirá queriendo?¿Y si muere?

Mientras esas interrogantes picaban como sol de verano en mis pensamientos, yo trataba de buscar consuelo en que Carlos me amaba, y estaba seguro de mi apoyo todo este tiempo.

Hora cero

Llegó el día. Ese 21 de octubre tomó otro significado para nosotros, justo un día antes de nuestro aniversario. La relación que teníamos y la vida de Carlos iba a dar un giro en una dirección de no retorno, pero yo siempre iba a estar ahí para él.

En ayunas y, Carlos todavía soñoliento, mientras lo veía cambiarse, notaba cómo se observaba su entrepierna: supongo que estaba en una especie de despedida porque ¿qué hombre no se va a despedir de un testículo si tuvieran que quitárselo?

- Bueno, muchachos, hasta aquí llegamos, expresó él.
- Carlos, ya te dije que todo va a salir bien. El doctor está muy confiado en que no vas a morir. Por suerte el caso fue detectado a tiempo.
- Sí, Jime, pero a vos no sos la que te van a quitar uno de tus pechos: yo ya no volveré a ser el mismo.

No quise discutirle ante semejante estupidez proveniente de sus labios, por lo que guardé silencio. Estaba muy estresado por lo que iba a suceder y yo, un poco nerviosa.

Su “huevo derecho” como él lo llamaba, ya tenía que partir. En efecto y como odiosamente me lo dijo, su apariencia no iba a ser la misma, aunque padeciera luego –cosa que también investigué- de la sensación del “miembro fantasma”, que es lo que sucede a las personas cuando pierden una parte de su cuerpo y hay una sensación post-operatoria de que todavía está ahí.

Según el doctor Ríos, la operación sería ambulatoria, de tipo inguinal. Es decir, la sustracción se dio en la ingle, ya que tenían que sacar su testículo desde la raíz del cuerpo de Carlos. En estos casos, no se puede determinar con exactitud de dónde vienen las células cancerígenas, por lo tanto, se trata de sustraer todo lo relacionado con el testículo afectado.

El procedimiento duró una hora. A Carlos lo trasladaron a una sala de recuperación. Cuando despertó, me dijo que nunca había sentido tanto dolor en su vida. El incesante caos en el Hospital de Heredia no le molestaba; ya lo peor había pasado.

Esto no terminó aquí. La quimioterapia para suprimir cualquier indicio que propiciara una metástasis era lo que seguía. Carlos, no podía huir de su destino. Para la sociedad, de ahora en adelante su virilidad se vería afectada. Sería un “medio hombre”.

Pero, para mí, no.

*El autor es estudiante de la carrera de Periodismo de la Universidad San Judas Tadeo.


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