Zona Crónica

Uber: el jefe invisible

Luis Fernando Cascante*

Miércoles 29 de Marzo, 2017

Es sábado por la noche y llega mi cita con las caóticas carreteras de San José.

Es una noche fresca y el trabajo apenas comienza para los choferes de la aplicación Uber, quienes aprovechan estas horas para buscar clientes. La plata está en la calle. Está en la salida del partido entre Saprissa y San Carlos, en los restaurantes trendy de Barrio Escalante, a la salida del Teatro Nacional y, por supuesto, en las afueras de Bahamas, Antik, Caccio’s y otros bares de alto tránsito.

La Cali es el lugar perfecto para la misión de la noche: acompañar al chofer Daniel Morales a recoger a algún pasajero y llevarlo a su destino final.

Llego a las 11 de la noche y me ubico sobre la calle 21, frente a La Concha de la Lora, uno de las bares más concurridos de La Cali. Abro Uber en mi teléfono y pido un vehículo que me lleve al restaurante Applebee’s, en San Pedro.

El sistema funciona así: usuarios y conductores se enlazan a través de una aplicación de smartphone para hacer viajes en carros particulares. Uber define las tarifas de cada viaje, dejándose un 25% por cada recorrido. Después del viaje, choferes y pasajeros se califican a sí mismos, lo que supuestamente garantiza un nivel alto del servicio.

No es lo mismo

En sus tiempos mozos, Uber enamoró a sus 500 mil usuarios gracias a una flotilla de vehículos con un máximo de 10 años de antigüedad, confites, botellas de agua y chocolates. Hoy, con una oferta de más de 13 mil conductores, el servicio parece deteriorarse, poniendo el ojo sobre sus choferes y las condiciones a las que se expone.

Al cabo de cinco minutos, Daniel, el protagonista de la noche, me llama para avisar que está cerca. Al llegar, subo en un Toyota Yaris del año, color beige, como recién sacado de agencia. “Hola Luis, ¿cómo está?”, me saluda el chofer.

Maneja con el asiento tirado para atrás completamente. No es un asunto de estilo. El conductor mide 1,85 metros y pesa unos 90 kilos. Tiene lentes y barba negra. Da la apariencia de alguien a quien los taxistas pensarían dos veces para intimidar.

Trabajó muchos años en empresas de seguridad privada y trabaja en Uber mientras se gradúa. Viste una camiseta azul, pantaloneta, tennis sin medias. Habla con tono alto y voz grave, y me pregunta de qué se trata mi investigación.

“Cubrí el tema de Uber como periodista en La República y me da mucha curiosidad la dinámica de los vehículos alquilados. ¿Este carro es suyo?”, le pregunto. “No, es de una vieja amiga que lo metió en Uber y me ofreció manejarlo”, responde Daniel, de 32 años y vecino de Cuatro  Reinas de Tibás, quien cursa un diplomado en Investigación Criminal en el Colegio Universitario de Cartago y aspira a trabajar en las policías nacionales.

No ofrece confites ni botella de agua, tampoco pregunta qué radio quiero escuchar. Poco me importan esas amenidades porque lo único que me interesa esta noche es obtener su testimonio, por lo que enciendo la luz del vehículo, inicio la grabadora y le bajo el volumen al radio. Lapicero en mano, empiezo a conversar con Daniel, quien, bajo ninguna circunstancia, hace contacto visual. Su mirada pertenece a la carretera.

Daniel ingresó a Uber hace siete meses, cuando su negocio familiar, un minisuper de su vecindario, quebró ante la agitada competencia.

Me relata que, desde que ingresó a Uber, tiene más tiempo para estudiar y puede administrar su propio horario, pero que la situación se complica en tanto ingresan más choferes al sistema.

Por cuenta propia

El hombre de 32 años es uno de los tantos que aprovecharon la modalidad que ofrece Uber para las personas que no pueden costearse un vehículo: alquilar uno de los tantos carros registrados en la aplicación y negociar con el dueño una serie de condiciones. Algo así como lo que sucede con muchos taxistas: no son dueños del vehículo, pero deben pagar su mantenimiento, gasolina y trabajar lo suficiente para pagar la cuota que le impone el dueño y dejarse una ganancia, forzando jornadas de hasta 12 horas diarias para llevar el pan a su casa.

En el caso de Daniel, ni Uber lo reconoce como empleado, ni Andrea, quien le alquila el vehículo y le impone una cuota.

Mientras estamos a punto de llegar a Applebee’s, le digo que nos vayamos de vuelta a La Cali, y que me cuente un poco más de lo que escucha en el mundillo de conductores de Uber.

“Hay maes que hasta tienen 30 carros metidos en Uber. Ímagínese lo que ganan si ponen una cuota por chofer de 100 mil colones a la semana”, comenta al tiempo que pasa la Rotonda del Farolito, en Barrio Escalante.

Afirma que en una semana, necesita hacer 200 mil colones, pero tiene que pagar 100 mil por el uso del vehículo a la dueña y otros 50 mil en gasolina. Su ganancia semanal final deber ser de 50 mil colones. Si trabaja cinco días, no lo logra: debe hacerlo en seis o hasta en siete.

Le comento que el tema me parece relevante porque la discusión se ha enfocado en comparar la calidad de servicio entre taxis y Uber, sin ahondar en los temas de relaciones laborales y subordinación que siguen por debajo de la alfombra, acentuándose cada vez más cuando personas de bajos recursos buscan en Uber la oportunidad de llevar ingresos a su hogar, y se topan con imposición de horarios, cuotas de mantenimiento y alquiler de los vehículos.

Explotación encubierta

El mes anterior, en una semana tuvo ganancias finales de 20 mil colones. Casi todo lo que ganó se fue en pagar la gasolina y la cuota de alquiler. “Enero fue devastador, gasté más de 50 horas sentado en este carro para llevarme 20 mil colones; cada vez es menos rentable”, comentó.

Uber ha instaurado una plataforma para que, quien tenga capital, es decir, el dueño de un vehículo, saque provecho de la urgencia de empleo de personas con bajos recursos. Y en medio de esa relación de subordinación, la empresa suele decir “acá no tengo nada que hacer”.

Daniel no sabe quién es su jefe. No sabe si es el que le alquila el vehículo o si es la empresa que monta la plataforma para crear esta relación. Su jefe en este momento es la mano invisible de una empresa cuyo algoritmo baja o sube precios a su antojo y abre un mercado persa de alquiler de vehículos y subcontratación de choferes.

El algoritmo de la aplicación también identifica las horas de alta demanda, subiendo los precios de los viajes e incentivando a los choferes a conectarse en ese momento.

Al no ser un servicio regulado, sus precios son casi un 50% más bajos que los de un taxi, lo que genera que sus conductores tengan que trabajar muchas horas para lograr ingresos suficientes para subsistir, algo así como la situación que viven los taxistas desde hace más tiempo. La única diferencia es la plataforma tecnológica.

Para choferes como Daniel, que tienen que exprimirse para sacar ganancias, no habrá confites, ni aire acondicionado, ni bebidas. La situación no está para lujos.

Se podría pensar que bajo el nombre de “socios conductores”, los choferes como Daniel tienen acceso a información, votan en asambleas y deciden sobre las operaciones de Uber en el país. Pero eso está alejado de la realidad.

“Para la empresa no hay discusión: ni socios ni empleados. Son contratistas independientes porque tienen autonomía para decidir su propio horario”, afirmó Humberto Pacheco, gerente de Uber.

A mal tiempo...

Mientras nos acercamos a recoger a Kimberly, a eso de las 12  de la media noche, en el bar Antik, Daniel sigue el camino que la aplicación Waze le sugiere. Se queja de su celular, un Samsung Galaxy S3 Mini, que a veces se traba y su GPS da fallos constantes.

Kimberly entra con su amiga Daniela al auto y se extraña de ver a otro pasajero. Daniel les explica que soy periodista y estoy haciendo una investigación. Les parece bien y de inmediato se dedican a ver sus pantallas. Sin verse a las caras, comentan lo que ven: la nueva foto de Rebeca con el nuevo novio, el snap de una famositica y otras cosas que pude captar mientras hablaba con el conductor.

Daniel las dejó por el Mall San Pedro, donde las esperaban otras amigas. El recorrido tuvo un costo de alrededor de 2500 colones, por lo que Uber se dejaría unos 625 colones de ese viaje. Me dice que se siente cansado porque ha trabajado todo el día, que si gusto ser el último viaje de él. Enciendo el app, hago la solicitud y vuelvo a enlazar con el mismo conductor. Accedo y continuamos hablando.

Me cuenta que ese día es el mejor para salir a “uberear”, porque todo mundo sale de fiesta y la demanda es alta. Sin embargo, afirma que la aplicación es muy caprichosa y no siempre sube los precios en las horas pico.

Daniel es un hombre positivo, y para él Uber ha sido su carta de salvación momentánea. Le ha dado para comer y estudiar en estos siete meses, y mejor aún, conoció a su novia gracias a la aplicación.

Su nombre es Amanda. Se montó en el vehículo de Daniel como por magia del destino, según relata, hace unos cinco meses. Desde ese día comenzaron a salir, y ya llevan tres meses de ser pareja.

Al llegar a las afueras de mi casa, en San Miguel de Santo Domingo, le pregunto si no le asustan las persecuciones de taxistas a choferes de Uber. “Para nada, estoy muy acostumbrado a la confrontación, y seguro van a aumentar ahora con el fallo de la Sala IV”. ¿Y cómo va a hacer para ganar más plata si usted depende de un algoritmo”, le cuestiono.

Se ríe y se resigna. “Diay, trabajando más horas. No queda otra”.


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