Zona Crónica

Yo sé bien lo que es estrellarse en carretera

Juvenal Cortez*

Martes 11 de Julio, 2017

El cabello castaño de Xinia, la copiloto de Manuel, vuela. Es verano. Sábado. 19 de abril. Año 2008. 20:20 p.m.. La recta es de más de un kilómetro y no hay ningún vehículo visible en la vía, solo los “gatos” en la oscuridad: rojos y amarillos se ven venir a uno y a otro lado de la carretera  y, en el centro, unos cuantos más, resplandecen como estrellas fugaces.

El ruido de las llantas arrecia. Todos, los que vienen y los que vamos (los “gatos”, el vehículo y las cinco personas abordo), viajamos a más de cien kilómetros por hora. Manuel suelta la mano derecha del volante para subirle a la música. Estamos estrenando autopista nos gritó: a  Jorán a Jeferson, a Xinia, su compañera sentimental, a mí (que soy  Hannia).

Giro mortal

De repente, una curva muy pronunciada hace que los faros del vehículo iluminen rápidamente a la izquierda, algunas casas de Olivia, la comunidad vecina de Bribrí, en Talamanca. El chillido de Xinia superó por muchos decibeles al volumen de la música: ¡AY. HANNITA, NOS MATAMOS, HANNITA! Tras las voces, ¡el impacto!

Chocamos contra un tráiler que venía saliendo de la empacadora de plátanos, en Olivia. A Manuel no le dio chance de frenar. El automóvil se estrelló contra un costado del furgón que, en ese momento, cubría la doble vía de la carretera en su intento por encarrilarse al carril derecho. El gigantesco tamaño de la rastra, sumado a la velocidad que llevábamos, hizo que el impacto fuera enorme. Yo solo vi una luz celeste.

Xinita, Xinita, mi hijito, mi hijito. ¿Dónde está mi hijito, Xinita? Y Xinia, solo la mano movía y no me contestaba. Mi pie quedó prensado con el asiento de Xinia:  lo empujé y ella giró. Fue entonces cuando vi que Xinia tenía una herida en el cuello. Justo en la yugular. La sangre salía a borbollones. Grité más.

Jeferson, mi hijo de seis años, tras el impacto salió expulsado de mi regazo. Manuel quedó sobre Jorán, mi marido. Los tres estaban inconscientes. Yo nunca perdí el conocimiento. Hubiera preferido haber quedado inconsciente como ellos. Xinia, muerta. La batería del Hyundai se desprendió y se estrelló contra ella, al igual que la grande y pesada batería del carro. La desnucó. Un vidrio se le incrustó en la yugular. 

Los curiosos llegaron con el el ulular de las ambulancias. Trasladaron a Manuel en una; a Jeferson y Jorán, en otra. Y a mí en una tercera. A Xinia no la tocaron. Fue declarada muerta en el lugar.  

Xinia tenía 21 años, y era madre de una pareja de gemelitos de año y un mes. Steve y Eynoa. Xinia era mi vecina. Dos años menor que yo. Era una muchacha, valiente y esforzada. A pesar de su corta edad, ya tenía su casa propia. Ese sábado llegó en dos ocasiones a mi casa. “Hannia, ¿ya están las tortillas?”, me preguntó con su voz ronca, salida de unos labios carnudos. Le dije que ya iban a estar. Luego, nos sentamos a comer tortilla con cuajada.

Esa tarde me contó que había soñado que iban en el carro con Manuel, los gemelos y otra gente en los asientos traseros del carro. Y que en el trayecto del viaje tuvieron un accidente y que los que iba en la parte de atrás, fallecieron. Solo ellos sobrevivieron. Le dije: Xinia, seguramente sos vos la que se va a morir. Me contestó que si se moría se iba a llevar a Jeferson, porque como ellos dos nacieron el mismo día, el seis de setiembre, se lo iba llevar con ella si moría.

Muerte en carretera

En una nota publicada este año, por el periódico La Nación, cita lo siguiente: El año pasado (2016), no fue un buen año en seguridad vial para Costa Rica. Estuvo muy lejos de serlo, pues, según datos de la Policía de Tránsito,  se contabilizaron 448 muertes por accidente de tránsito, Es decir, 60 más que en el 2015, 93 más que en el 2014 y 183 más que en el 2013.

Estos datos incluyen solo las muertes en sitio. No toma en cuenta a quienes fallecieron en los centros médicos. Los jóvenes entre 21 y 30 años son quienes más pierden la vida en carretera.

La tarde del accidente, Jeferson, mi hijo (Cayeye de cariño), se enfermó de fiebre. Por la noche la temperatura se le subió, razón por la cual tuve que decirle a Xinia que me hiciera el favor de llevarme con él a la clínica de Daytonia, en dirección a Sixaola. Sí, me dijo. Pero mejor vamos al Ebaís de Home Creeck, en dirección hacia Bribrí.

Eran las 7 p.m. cuando llegó Yuri, la hermana menor de Xinia, con un mensaje: “Vengo a decirte que anoche tuve un sueño. Vi en el sueño que te estábamos velando. No vayas a ningún lado”.

Xinia le contestó. “Si me muero y me voy, pal´ infierno, qué me importa”. Poco después de subirnos al vehículo, le dije que no fuera, que hiciera caso a las advertencias. A pesar de eso, nos montamos. Antes de que saliéramos, Xinia y yo discutimos por el asiento delantero. Pero ella se quedó con el puesto. Partimos desde Margarita hacia el Ebais de Home Creeck. 

Es cierto, íbamos veloces, pero era porque Cayeye iba con mucha fiebre y también con vómito. Y además, la carretera estaba nueva, recién pavimentada.

Esa noche, en la casa de Xinia, quedaron los gemelitos al cuidado de su mamá, Petrona. Y en mi casa, mi madre, doña Hannia, se quedó con Chenoa, mi hija de un año.   

*El autor es estudiante de periodismo de la Universidad Federada San Judas Tadeo.


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