El general que persiguió a la prensa
Eugenio Quesada Rivera* [email protected] | Jueves 23 de Abril, 2015
El debate sobre la libertad de expresión se encendió recientemente al calor del borrador para la Ley de Radio y Televisión que preparó el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Telecomunicaciones, y que contenía artículos regulatorios de contenidos y sanciones a los medios de comunicación. Esta coyuntura es un buen pretexto para echar la vista atrás y reflexionar sobre el desarrollo de esta libertad en el país.
Costa Rica se asomó a la vida independiente con la garantía del respeto a la libertad de prensa y de expresión, de ahí que los costarricenses hayan defendido en forma constante este derecho fundamental. Esto, sin embargo, no quiere decir que la libertad de expresar los pensamientos por escrito haya sido siempre respetada.
En las siguientes líneas me propongo exponer cómo se violentó en reiteradas ocasiones la libertad de expresión durante la única dictadura costarricense del siglo XX: la del gobierno de Federico Tinoco.
La dictadura tinoquista, a pesar de su brevedad, nos sirve para ejemplificar el riesgo que se corre cuando un gobierno tiene la potestad de confiscar las herramientas de trabajo de un medio de comunicación y de callar las voces disidentes.
Federico Tinoco llegó al poder acompañado de su hermano, José Joaquín, el 27 de enero de 1917, cuando dio un golpe de Estado al entonces mandatario Alfredo González Flores.
Primero se proclamó presidente de facto, para luego ser electo en unas elecciones muy cuestionadas. Tinoco se mantuvo como cabeza del Estado por poco tiempo, apenas tres años ¿La razón? Su gobierno pronto perdió popularidad, puesto que pretendía restablecer la pena de muerte y eliminar el sufragio directo en las elecciones. Además, la dictadura no supo resolver la crisis económica interna en la que se sumió el país producto de la Primera Guerra Mundial.
Cierre de periódicos.
Por un buen tiempo, Tinoco supo cómo mantener calladas las voces disidentes. Para ello, recurrió a una estricta censura y al cierre de aquellas cabeceras contrarias a su régimen.
Ejemplo de lo anterior fue el diario El Imparcial, que veía la luz pública desde 1915, y el cual se vio obligado a cerrar sus puertas en 1917, debido a posición disidente.
El régimen tinoquista confiscó la imprenta Duplex que esta empresa había importado y cerró el local donde se imprimía el diario. Su director, Rogelio Fernández Güell, fue asesinado poco después en Buenos Aires de Puntarenas.
Posteriormente, en un intento desesperado por lograr el beneplácito del presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson, Federico Tinoco declaró la guerra a Alemania en mayo de 1918 y reglamentó las condiciones del conflicto.
El reglamento de guerra emitido prohibía la circulación de noticias germanófilas, lo que precipitó el fin de las publicaciones pro alemanas que surgieron en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Esta legislación le permitió a Tinoco deshacerse de una de las principales voces disidentes: el periódico La Acción Social.
En suma, durante los años de la dictadura tinoquista circularon menos periódicos que en los años precedentes y posteriores a ésta. Por ejemplo, en 1913, un total de 39 impresos inundaron con noticias y opiniones las calles costarricenses; dos años más tarde, esa cifra era de 37 periódicos. Mientras que entre 1917 y 1919 hubo en promedio 25 publicaciones periódicas.
Periodismo oficialista.
Al mismo tiempo que el régimen dictatorial calló a sus opositores, supo rodearse de un coro de periódicos oficialistas que divulgaban información positiva sobre su labor, aunque tuvieran que inventarla.
Los periódicos oficialistas más destacados fueron La Información y La Prensa Libre, ambos se editaban en la Imprenta Moderna y tuvieron un alcance nacional.
Las redes del poder tinoquista alcanzaron también a la prensa de las provincias. Así, por ejemplo, en Heredia surgió El 27 de enero, un periódico progobiernista cuyo nombre evocaba el día en el que Tinoco se hizo con el poder.
En el único ejemplar de este impreso que se conserva hasta nuestros días queda clara su posición respecto al gobernante de turno y su gabinete.
La edición corresponde al 21 de abril de 1919 y en uno de los artículos se afirmaba que “tarde que temprano la mayoría de los costarricenses… comprenderán que el gobierno del General Tinoco se preocupó hondamente por los mejores intereses del país y que su anhelo conciliador y su política pacifista, en diversas ocasiones ha sido obstaculizada por hijos malnacidos de este país”.
Los periódicos oficialistas estaban destinados a morir: si caía Tinoco, también lo harían ellos. Efectivamente, las instalaciones de La Información y La Prensa Libre resultaron quemadas en junio de 1919, tras una manifestación en la que participaron maestras, estudiantes, artesanos y obreros.
Censura telegráfica.
El telégrafo recibió un importante impulso estatal desde la década de 1880 y pronto se convirtió en un instrumento indispensable en las salas de redacción del siglo XIX. La necesidad de esta tecnología fue tal que en 1886 el Poder Ejecutivo autorizó el uso gratuito del telégrafo al Diario de Costa Rica y al Otro Diario.
Legislación posterior eliminó este beneficio, pero mantuvo una tarifa reducida para los mensajes telegráficos empleados por la prensa. Entre 1917 y 1919 la telegrafía experimentó una estricta censura, así como también el cierre de algunas oficinas.
Tinoco hizo cerrar las estaciones telegráficas de la Escuela Normal y del Colegio Superior de Señoritas, ambas instituciones se oponían al régimen y jugaron un papel de primer orden en la caída de la dictadura.
El Reglamento de Guerra –emitido en 1918– prohibió que las oficinas del telégrafo enviaran o recibieran mensajes de los países que integraban la Triple Alianza de la Primera Guerra Mundial: Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria.
Ese mismo año, el régimen estableció la censura oficial sobre toda clase de comunicaciones postales y telegráficas mientras durara el estado de guerra contra el Imperio Alemán.
El régimen de los hermanos Tinoco aplicó fuertes controles a los empleados del telégrafo. Un artículo de la Nueva Revista Telegráfica publicado en 1924 recordaba que durante la dictadura los telegrafistas “comían de cualquier manera, no dormían sino a ratos y estaban vigilados, más que resguardados, por una escolta que en cada oficina mantenían”.
El fin de la mordaza.
El gobierno de Federico Tinoco llegó a su fin en agosto de 1919. El paso por la silla presidencial dejó como saldo la muerte de su hermano José Joaquín y su exilio voluntario a Francia, de donde nunca regresó.
Las libertades de prensa y de expresión volvieron a ejercerse luego de la dictadura, aunque no de manera plena. Aún persistían leyes que prohibían hacer publicaciones en contra de los miembros de los Supremos Poderes, así como también del obispo de San José. Además, la Ley de Imprenta de 1902 tipificaba los delitos de injurias, difamación y calumnias por la prensa, los cuales fueron suprimidos a fines del siglo XX.
A pesar de lo anterior, se aprecia un aumento en el número de periódicos que circulaban. La cifra pasó de 24 en 1919 a 35 en 1921. Cuando cayó el régimen, los empleados del telégrafo tuvieron la confianza de luchar por un salario más justo. En 1919, la Directiva de la Liga de Telegrafistas solicitó al breve gobierno de Francisco Aguilar un aumento de su sueldo, aunque no tuvieron una respuesta satisfactoria.
Los periodistas también pudieron criticar al extinto régimen de los Tinoco. Por ejemplo, el semanario El país publicó en setiembre de 1919 una caricatura titulada “Triste Recuerdo”, que representaba a Federico y José Joaquín Tinoco, este último sujetaba un perro con bozal. El perro representa a la prensa acallada por la mordaza de la dictadura.
En octubre de ese mismo año apareció un semanario con el sugestivo nombre de Nuevo Régimen. Este impreso se proponía defender el derecho de “vivir conforme a la libertad de imprenta”.
*El autor es periodista y docente de Estudios Sociales







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