¡Tome p´al pinto!
Gerardo Bolaños González | Martes 22 de Julio, 2014
Ganar el Campeonato Mundial de Futbol de 2014 fue lo mejor y lo peor que le pudo pasar a Costa Rica, que venció 3-0 a Brasil en el partido de clausura.
Los brasileños ya habían perdido un Mundial y de alguna forma, por muy sutil que fuera, intuían que la derrota 1-2 ante Uruguay en 1950 podía volver a repetirse. Por ello, habían echado mano a toda suerte de conjuros para no tener que enfrentarse nuevamente a los uruguayos. Esta vez, los conjuros, agüizotes y entierros les funcionaron contra los charrúas, pero no tomaron en consideración la “magia” de los ticos.
Por su parte, cuando se ponían ambiciosos un mes antes del Mundial, los costarricenses pensaban que si les iba muy bien brincarían a la segunda ronda, no más allá. Con ello, apenas igualarían la hazaña de los campesinos con tacos que sorprendieron al mundo en 1990. Hasta una película se hizo de aquella gesta y se estrenó en ese mismo 2014, poco antes del torneo.
En el 2014, unos pocos orates --yo entre ellos-- se atrevían a vaticinar que la Sele pasaría por encima de tres excampeonas mundiales (Uruguay, Italia e Inglaterra). Hubo unos anuncios simpáticos de marcas de televisores con falsos resultados favorables a Costa Rica sobre Uruguay e Inglaterra, pero campeonizar ante el Brasil anfitrión era francamente impensable, una simple broma de mal gusto. Sin embargo, después de deshacernos de aquellos tres conjuntos, nos tocó vencer también a Colombia, Argentina y Alemania, para finalmente asestar a Brasil el segundo Maracanazo de la historia.
¡Yo estuve ahí!
Han pasado 30 años y todavía se me ponen los pelos de punta al recordar los tres goles que marcó Joel Campbell al portero de la verde, Julio César Soares Spíndola. Campbell era un goleador fino y elegante que se convirtió, según sus palabras, en “una verdadera bestia”. Resultó el máximo goleador del torneo con 12 anotaciones, la misma cantidad que marcó Pelé en los cuatro mundiales en que participó.
Navas fue grande también. Como si un demonio le hubiera prestado sus alas, o Supermán su capa, voló de palo a palo y personne, nobody, nadie le pudo anotar un solo gol en toda la Copa Mundial. Ni siquiera de penal. (Navas contuvo con pasmosa agilidad disparos de Falcao, Messi y Neymar desde los once pasos).
¡Navas! Ese mae, como se solía decir por aquellos años, estaba poseído a tal punto que, después de cada partido, le hacían un control de dopaje. A él y a todos los jugadores costarricenses que doblegaron a los mejores equipos del planeta. ¡Sin un solo gol en contra! Y eso que no contábamos con Bryan Oviedo ni Álvaro Saborío.
En realidad yo no debería recordar nada de todo esto, porque como buen tico, me monté en la carreta y no me bajé hasta que me desperté en un hospital de las afueras de Río de Janeiro pegado a una línea de suero por goteo. Debo haber perdido la mitad de mis neuronas celebrando con caipirinhas el acontecimiento más grande e increíble de todos los tiempos Mi familia tuvo que contratar a una agencia de detectives para que me localizaran en Río. Pero lo bailado nadie me lo quita.
A la Sele tampoco. La Selección Nacional de Costa Rica se bailó a todo el mundo. Fue algo tan inaudito como cuando le concedieron el Premio Nobel de la Paz a Oscar Arias, o como cuando Claudia Poll ganó medalla de oro en la natación de los Juegos Olímpicos, o como cuando otro compatriota, Franklin Chang, entró en la historia como astronauta. O como todos esos acontecimientos juntos.
Parece que la ferocidad que caracterizó a la Sele tuvo mucho que ver con el Mundial de 1950 que ganaron los uruguayos. Existe la leyenda de que, el día del partido final contra Brasil, un 16 de junio, el diario brasileño O Mundo publicó una foto de la selección brasileña en una edición tempranera. El pie de foto decía: “Estos son los campeones mundiales”. El capitán uruguayo, Obdulio Varela, se enojó y fue a comprar tantos ejemplares del diario como pudo, los tiró en el suelo del baño de su habitación e instó a sus compañeros a que orinaran sobre la portada aquella.
El entrenador de Costa Rica, el colombiano Jorge Luis Pinto, había leído la columna de un periodista costarricense sobre el Maracanazo y mandó a traer ejemplares de los diarios uruguayos, italianos e ingleses que ridiculizaban a los futbolistas ticos y vaticinaban un banquete pantagruélico de goles a favor de europeos y sudamericanos.
Todos los jugadores, equipo técnico y federativos nacionales tuvieron la oportunidad de mear sobre los diarios despectivos antes de cada partido de la primera ronda. Las personas de sexo femenino que formaban parte de la delegación tenían una sesión aparte. Las protestas de la administración del hotel no se hicieron esperar porque la habitación de Pinto quedaba hecha un asco, pero los ticos se hicieron los majes y repitieron la ceremonia antes de cada partido. Además, entre partido y partido, según me contaron después, Pinto les proyectaba la emotiva película Italia 90, de Miguel Gómez, un cineasta de 31 años que cuando tenía solo 7 les pidió a los seleccionados que le dieran sus autógrafos en un cuaderno de Alf.
Locura total
El frenesí que invadió a los ticos al obtener invictos la Copa Mundial de Futbol del 2014 no tiene parangón. Los costarricenses, que normalmente consumían 5, 4 litros de alcohol por persona al año, se lanzaron sobre licoreras, bares y restaurantes en un ataque de sed que duró 66 días con sus noches, hasta que el gobierno se vio obligado a decretar la ley seca y disolvió al INAFA. Para entonces ya era algo tarde, pues no quedaba una botella de ron en toda la geografía del país. Sin embargo, surgieron las destiladoras clandestinas que surtieron la demanda con guaro de contrabando, vino de coyol y cervezas artesanales que, aunque deliciosas, tampoco se dieron abasto.
Antes de la intervención del gobierno la gente no volvió al trabajo y los niños dejaron de estudiar. Las fábricas se paralizaron, las tiendas cerraron y los maestros, que estaban en huelga indefinida desde un mes antes del torneo, decidieron clausurar las escuelas, a lo que se sumaron profesores de enseñanza secundaria y universitaria, que adujeron tener derecho al festejo como plus laboral.
Todos los sindicatos se unieron al paro celebratorio, los puertos se paralizaron y el Juan Santamaría tuvo que ser cerrado porque los controladores se pasaban en “una llamita” peligrosa. Uno notaba, incluso, que algunos analistas deportivos y contertulios varios llegaban a los programas radiofónicos pasados de copas. Todo el mundo se dedicó a comer y a beber hasta agotar existencias.
Los accidentes de la circulación provocados por conductores en estado etílico estuvieron a la orden del día. Si no había muertos las autoridades ya no se hacían presentes y las carreteras se atascaron porque nadie limpiaba los restos de los accidentes. Lo único bueno fue que se dejó de cobrar el peaje en todos los puntos del territorio nacional.
Una preocupación más comenzó a gestarse entre nueve meses y 66 días después del triunfo de Costa Rica. Como consecuencia del descontrol de la población costarricense, se registró un incremento desmesurado de nacimientos en todos los cantones del país. Costa Rica recuperó así las tasas de natalidad de los años 60.
Tras apaciguar la crisis alcohólica, el presidente de Costa Rica Luis Guillermo Solís, gran aficionado al futbol, aprovechó su primer viaje a Naciones Unidas en septiembre del 2014 y anunció urbi et orbi la dedicación unilateral y absoluta de todo el caudal humano, material y espiritual de Costa Rica al fútbol, en busca de un mundo feliz para todos.
Al anunciar este cambio, Costa Rica se comprometió, con la anuencia de la FIFA, maravillada ante la hombrada de la Sele de Pinto, a organizar todos, absolutamente todos los campeonatos mundiales de fútbol: masculino, femenino, mixto, sub-23, sub-20, sub-17, futbol sala, futbol playa, veteranos, de la calle, gay, lésbico y transexual, y toda otra modalidad, forma, categoría o frecuencia que se adoptara en el futuro.
La Copa América, la Copa Europea, la Copa Libertadores, la Copa Nissan Sudamericana, la Copa Africana y la Copa Asiática también se llevarían a cabo aquí. Claro está, como sede universal, Costa Rica aseguró su participación en todas ellas, sin necesidad de enviar encomiendas de arroz y frijoles por todo el mundo.
Por su parte, la FIFA trasladó su sede de Suiza a San José, donde construyó unas oficinas colosales en lo que quedaba del Parque Metropolitano de La Sabana y, en un acto que no agradó a Solís, contrató a Johnny Araya como secretario general de esa organización mundial, creándose de hecho un cogobierno. Sin embargo, a las pocas semanas Araya renunció inopinadamente al puesto, el cual le fue confiado a un triunvirato femenino compuesto por la exvicecanciller Gioconda Úbeda, la excandidata a la vicepresidencia Abril Gordienko y la modelo, empresaria y futbolera Leonora Jiménez.
Un país feliz
La FIFA invirtió en la construcción de numerosos estadios. Toda la infraestructura de carreteras, puentes y hoteles necesarios para la movilización y descanso de los millones de aficionados nacionales e internacionales, corrió también por cuenta de la FIFA, sin intervención de la Contraloría General de la República. ¡Entre copa y copa, la derrama de euros fue sensacional!
Ante estas circunstancias, todos los medios de comunicación se vieron en la singular obligación de dedicarse exclusivamente a asuntos futboleros. Editoriales, tiras cómicas, artículos de fondo, columnas, fotografías, secciones de gastronomía, noticias internacionales, crucigramas, horóscopos, obituarios, clasificados, debates, telenovelas y programas de humor, entre muchos otros, giraban únicamente en torno al fútbol. Las consultas sobre sexo, tan populares en los medios, se limitaron al gran tema del siglo: ¿Deben los jugadores hacer el amor antes de un partido?
No está demás decir que toda la industria turística, la alimentaria, la farmacológica y la textil, la de confección de uniformes y toda suerte de implementos para el fútbol, así como la educación en general y específicamente las carreras universitarias (medicina, psicología, derecho, bellas artes, ingeniería, arquitectura, computación, administración de negocios, etc.) tuvieron como punto focal y exclusivo el destinar bienes y prestar servicios directos e indirectos al deporte rey. Se fomentó la creación de escuelas de traducción e interpretación de todos los idiomas del mundo, con especial énfasis en la preciosa jerga futbolera. Costa Rica se convirtió en un país polilingüe.
Por si fuera poco, la Junta de Protección Social se dedicó a las quinielas, tottocalcios y todo tipo de apuestas en relación con los resultados mundiales de los partidos de fútbol. La Fábrica Nacional de Licores aumentó su producción en concordancia con la renovada demanda de productos etílicos. Y, cereza del pastel, la Caja Costarricense del Seguro Social condonó las deudas a los clubes ticos, que se comprometieron a no volver a realizar campeonatillos nacionales.
Visto el fervor cuasi religioso de los futboleros ticos, en agosto de 2014 el Papa Francisco puso un trino en Internet anunciando la creación de la Liga Vaticana del Futbol, y vino a Costa Rica para hacer el saque de honor del Campeonato Mundial del 2018, cuya sede Rusia se vio obligada a ceder a Costa Rica, so pena de un ataque de la OTAN para liberar a Ucrania.
El entrenador Pinto fue declarado Benemérito de la Patria por los 57 diputados de la Asamblea Legislativa, en cada pueblo natal de los mundialistas ticos se erigió una estatua colosal y se les asignó una pensión vitalicia que podía ser heredada por sus descendientes hasta la quinta generación y el Himno Nacional fue modificado para que la frase final dijera así: “¡Vivan siempre el futbol y la paz!”
*Artículo reproducido con permiso del autor y del mensuario Ojo, en donde fue originalmente publicado en la edición del 11 de junio del 2014.





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