La despedida de Nínive
María José Yglesias Ramos* | Lunes 19 de Enero, 2015Llegué al final del Boulevard de Rohrmoser. El cielo estaba celeste apagado, casi gris, con algunas nubes y el ambiente pesado y húmedo.
Eran las 10:25 de la mañana del jueves 17 de octubre del 2013. Le pagué al taxi, me bajé en la esquina, precisamente en la señal “Alto” según la instrucción, y con náuseas y un hueco enorme en el estómago llamé al número de celular que desde hacía una semana, de manera sigilosa y como si valiera mi vida entera, custodiaba a escondidas de todo y de todos.
Me respondió la misma voz femenina que el día anterior me había confirmado la cita para las 10:30 en la Clínica ProMujer.
“Aló, buenos días soy Natalia, la de la cita de las 10:30. Ya estoy al final del boulevard, ¿cómo es la dirección?” “Vea, a mano izquierda suya va a ver un hotel, Casa Roland, doble y siga doscientos metros sobre la principal. Cuando llegue al segundo alto, que tiene un rótulo con número de calle y avenida, dobla a mano izquierda, tres cuadras: es una casa con rejas negras a mano izquierda”.
A pesar de que esta era la tercera vez que hablaba con ellos en cuestión de una semana, todo era sumamente misterioso y discreto –lo que desde luego me parecía normal y deseable para lo que estábamos manejando– y hasta ese momento me daban la dirección para llegar.
El día anterior me dijeron que cuando llegara al final del boulevard llamara y ahí me darían instrucciones. Caminé siguiendo las señas y encontré la casa. Era eso: una casa. Sencilla, opaca, de clase media.
Me asusté muchísimo; esperaba algo un poco más formal. Sabía que me podía morir en un procedimiento de aborto clandestino y que en los países en que el aborto es ilegal y se realiza en condiciones insalubres y sin supervisión médica, la tasa de mortalidad suele ser alta.
Cita a ciegas
En Costa Rica se estima que se realizan veintisiete mil por año, a pesar de encontrarse penalizado aún en casos de violación, incesto o embarazos en menores de edad.
Toqué el timbre y una señora vestida como cualquier ama de casa de 50 años, me abrió y me pasó a una sala con sillones floreados, cortinas de marquisette y una gran pantalla plana en que un predicador cristiano gesticulaba en mute.
“Disculpe, ya le pongo otra cosa”, me dijo la anfitriona mientras observaba mi cara, posiblemente desfigurada por la angustia, mientras yo por mi parte inspeccionaba lo que en mi mente temía fuera el último lugar en donde hubiera sido vista con vida. Flores de plástico, otra mujer limpiando la cocina y viéndome de reojo.
Olor a café y pan tostado. Un escritorio con papeles y archivos a modo de oficina. Aumentaba el misterio y la incertidumbre junto con mis pulsaciones y sudoración.
Pregunté por el baño y me mostraron la puertita. Entré y era más de lo mismo: un recinto común y corriente de una casa común y corriente. Escalofríos en mi espalda y cada vez más grande el hueco en el estómago y la sensación de desmayo: no había ninguna medida salubre, ningún signo de esterilidad o de que siquiera hubiera un médico real en el lugar. No tenía idea de en qué me estaba metiendo, y sin embargo no tenía adonde más meterme.
Volví a la sala, al sillón floreado, y en cinco eternos minutos salió una mujer más joven, de unos 28 años, morena y corpulenta, que se me hizo conocida y me llamó a otra habitación: “Pase, Natalia”.
Cargaba una libreta de apuntes. Entré con ella a un cuarto en el cual un hombre de unos 35 años me recibió con gesto cálido y amistoso, casi paternal, lo cual era ridículo en virtud de la poca diferencia de edad entre nosotros, pero que en mi estado hipersensible y vulnerable, de forma tonta hallé reconfortante.
“Hola, Natalia, yo me llamo Walter y ella es Gaby. Estamos aquí para ayudarte”. No entendí muy bien cuál sería la dinámica. Ninguno de los dos tenía aspecto de ser médico ni enfermero, y sin embargo este cuarto era el primero que parecía tener alguna relación con lo que iba a suceder: una camilla de examinación al extremo contrario de los sillones en que me sentaron, confirmaba que no me había equivocado de lugar. Había visto la foto de este aposento en la página de internet de la “clínica” y la rotulaban como el área de consultorio.
“Natalia, te vamos a hacer unas preguntas para efectos de las estadísticas que manejamos; absolutamente toda esta información y todo lo que aquí se hable va a ser totalmente confidencial”. Diay, pues qué me queda, pensé. No tenía manera de saber si sería o no confidencial, ni siquiera sabía dónde estaba, pero no había más opción que seguir las instrucciones o el juego o lo que fuera al que me iba a someter.
-Nombre completo,
-Natalia Camacho Zaffaroni (El nombre es ficticio para proteger su identidad)
-Fecha de nacimiento y edad.
-14 de agosto de 1982, 31 años
-Estado civil.
-Soltera.
-Hijos.
-Ninguno.
-Embarazos o abortos anteriores.
-Ninguno
-¿A qué edad iniciaste relaciones sexuales?
-17 años.
-¿Cantidad de parejas sexuales?
-Siete.
-¿Grado de educación?
-Universitaria.
-Profesión a la que te dedicás.
-Tengo una licenciatura en comunicación, trabajo en servicio al cliente en una empresa privada
-Lugar de residencia.
-Aquí en Rohrmoser, por Plaza Mayor.
-Con quién vivís.
-Sola.
-Fecha de tu última menstruación.
-27 de agosto, pero yo sé exactamente el día que quedé embarazada: fue el 11 de setiembre. Tengo entre cinco y seis semanas.
-Huum, seis semanas… Bueno, en realidad se cuenta desde la última menstruación, así que andás en siete semanas y media más bien.
- ¿Creencias religiosas?
-No soy religiosa. Me considero una persona espiritual y creo en Dios, pero no comparto las prácticas de ninguna iglesia.
-¿Signos del embarazo?
-Tengo muchísimo sueño, estoy muy débil y cansada, además tengo los pechos muy sensibles, me duelen; en general me siento diferente…
-¿Alguien más sabe del embarazo?
-El hombre con quien sucedió.
-Bueno y ahora sí, contános, qué te trae por acá. Nosotros no estamos aquí para juzgarte, estamos para ayudarte, pero esta es una decisión muy seria y por eso es importante esta entrevista, así que explicános con toda confianza qué pasó.
Asumí que, en efecto, era necesaria la dinámica. Me imaginé todos los riesgos y posibilidades de lo que íbamos a hacer y pensé que era natural que tuvieran que hacer una valoración previa.
Salir del abismo
En lo que a ellos concernía, yo podía ser una policía encubierta en medio de un operativo para arrestarlos por conducir una actividad ilegal. Así que tenía que someterme a este examen.
Mientras me hurgaba los dedos y la ropa y el sillón, tratando de encontrar hilos o piel qué rasgar o algún salvavidas en qué refugiarme de este océano de miedo en que se había convertido la existencia por unos instantes, traté de resumir con mucho control y pausa los principales acontecimientos de mi vida, y de justificar por qué una mujer adulta, sana, profesional y que no había sido violada, querría abortar e interrumpir el sueño materno al que a estas edades debería estar llamada.
–Vean- expliqué con el tono suave y entrecortado –estoy en una situación muy delicada. Estoy tratando de rehacer mi vida. Pasé los últimos años en una relación de agresión y violencia cuidando a una persona con una enfermedad mental grave. Me tomó muchísimo trabajo, dedicación y determinación salir de eso y recuperarme a mí misma, pero hace un par de meses lo logré.
Me tuve que desintoxicar de los medicamentos antidepresivos que tomaba para lidiar con el día a día. Me siento mucho más fuerte y lista para iniciar una vida nueva pero aún requiero mucho trabajo, voy a terapia psicológica tres veces por semana. Estoy comenzando la ruta de conocerme y aprender a quererme y darme el espacio y libertad que merezco y necesito, no estoy en condiciones de ser mamá en este momento.
En estas circunstancias conocí a una persona, Alejandro, comenzamos a salir, y esto sucedió. ¡El primer hombre con el que me acuesto en años y quedo embarazada! Él a mí me gusta mucho y creo que las cosas pueden funcionar, pero la relación no está ni remotamente lista para tener un hijo, apenas nos estamos conociendo y los dos estamos resolviendo situaciones complejas.
Él no quiere ser padre conmigo en este momento, dice que no tiene la estabilidad económica para hacerlo y que no es un buen partido para mí ni un buen momento para él. Y yo… yo en realidad no estoy lista para ser mamá. Sé que ya estoy grande y quiero ser mamá algún día, pero en estas condiciones no.
Apenas estoy saliendo de todo, apenas estoy comenzando a entender lo que ha sido de mi vida, apenas estoy aprendiendo a vivir y cuidar de mí misma, a empoderarme de mis decisiones y mis deseos y la maternidad es parte de todo eso… Necesito todavía mucho apoyo… no estoy lista para ser mamá, en estas condiciones no, y bueno para eso existe esta opción. Desde mi perspectiva ética y espiritual no tengo ningún conflicto, realmente creo que es una opción viable de disponer de mi cuerpo y mi vida.
Mi concepto de lo que es un ser humano y de cuándo comienza la vida no son los que dice la ley de este país, así que estoy en paz porque en este punto de la concepción considero que estoy disponiendo de mi cuerpo y no de la vida de nadie más, y así lo ven también en muchas otras partes del mundo.
Y bueno, quisiera tener otras alternativas, quisiera tener más seguridad… con todo respeto a lo que hacen ustedes quisiera poder ir a un consultorio médico normal, en fin quisiera poder hacer un montón de cosas distinto pero bueno no puedo, no hay muchas otras opciones y por eso estoy aquí.
Acorralada
Recordé cuando mi amiga Laura interrumpió su embarazo hacía cuatro años. En una tarde hizo un par de llamadas a clínicas de aborto y consultorios médicos en Estados Unidos, sacó la cita, compró un boleto y se fue.
Cinco días después regresó al país y todo había terminado. Lo hizo legal, a la luz del día, pudo pedir segundas y terceras opiniones. Pudo ir a una clínica seria, como cualquier centro médico de primer mundo, caro y decente, que uno pudiera encontrar. Recibió toda la atención e información necesarias, y desde luego que no tuvo que recorrer calles con direcciones misteriosas, escondiéndose como una delincuente.
Lo hizo como se hace cualquier procedimiento médico: con respeto y dignidad, y tratada como cualquier otro paciente de cualquier otra práctica. Nunca la vi traumatizada, ni culpable ni dolida por lo que estaba haciendo, y de alguna manera, ese recuerdo me daba valentía para lo que yo haría ahora.
Lamentablemente no estábamos en Estados Unidos ni en ningún país desarrollado, estaba en San José de Costa Rica, en donde yo sí era una delincuente por hacer lo que iba a hacer, y en donde me tenía que sentar en una sala pobre, a darle explicaciones de mi vida y mi moral a dos personas casi de mi edad y posiblemente con menos educación que yo.
Pero la idiota, la irresponsable, había sido yo y entonces este era mi purgatorio. Estar aquí, con mi vida y mi destino en manos de Walter el buena gente, y Gaby la silenciosa. En este momento no tenía plata ni tiempo para irme a Miami o a ningún otro lado, y lo que tenía era desesperación de resolver mi situación y poder volver al lugar de paz y restauración que con tanto trabajo estaba apenas comenzando a descubrir y construir, y que este evento inesperado amenazaba.
Finalmente, aún si lograba irme a Miami a hacerlo, la verdad es que no quería pasar por esto sola. Tenía muchos años de autocondenarme a pasar sola por dolores y penas indescriptibles, y estaba determinada a que nunca más dejaría de pedir ayuda y apoyo. Y si abortaba aquí, podía pedirle ayuda y apoyo a Alejandro.
Extraño interrogatorio
Walter me seguía mirando afectuoso y me pasaba kleenex conforme mis intentos de mantener el control y la seriedad fallaban ante la intimidad de mis confesiones y de tener que exponer, en total estado de indefensión y vulnerabilidad, mi vida, mis miedos, mis vergüenzas, a dos totales extraños a la espera de su simpatía, comprensión y a fin de cuentas, su ayuda para resolver lo inminente.
-¿Y a qué se debe ese distanciamiento con tu familia, esa falta de apoyo?
-¿Cómo, ese distanciamiento? No entiendo la pregunta
-Vivís sola, ¿no? ¿Qué pensás que dirían tu familia y tus amigos si supieran?
-Aaaahhh; eso. Bueno en realidad no hay ningún distanciamiento, tengo una relación normal con mis padres. Vivo sola por decisión y porque como les decía, estoy tratando de rehacer mi vida a mi manera, tras años de estar muy anulada y sin espacio personal. Y bueno, posiblemente si les dijera me apoyarían.
No tengo ningún familiar o amigo que sea así como fundamentalista religioso y que me fuera a condenar, si a eso se refieren. Al menos creo que no, creo que las personas más cercanas me apoyarían. Pero bueno en todo caso no veo la necesidad de hacerlos pasar por esto. Esto es algo muy mío y no siento que deba involucrarlos, en especial por el contexto… porque los estaría haciendo parte de algo ilegal, en fin…
-Y este muchacho, Alejandro, ¿no decís que te gusta, que le ves posibilidad a la relación? ¿Cambiarían tus sentimientos o tu decisión si él te hubiera dicho que sí quiere tener un hijo con vos?
-Diay sí, posiblemente sí me importaría o afectaría su opinión desde luego. Yo no hubiera tomado una decisión así sin haberlo hablado con él, creo que es algo que había que conversar los dos, y no sería justo que si él me hubiera dicho firmemente que quería que lo tuviéramos, yo simplemente lo ignorara y me viniera para acá.
No sé qué pasaría en ese caso, pero no es el caso. Lo cierto es que me dijo lo que me dijo, y si ya de por sí yo estoy en este estado de vulnerabilidad y confusión mental, y él me dice que no está en condiciones de ser padre, pues solo me confirma que esta es la decisión correcta; yo jamás podría asumir esto sola en este momento, no me siento en condiciones, y no voy a darle vuelta a supuestos ni a especulaciones de que si él dijera esto o lo otro, o que si la relación fuera diferente. Es lo que es, y con las circunstancias que tengo esta es la opción que veo.
Ruta equivocada
Mi primera llamada a ProMujer había sido una semana atrás, unos días después de confirmar lo que con todo mi cuerpo sabía desde antes: que estaba embarazada. Tenía quince días de retraso en mi regla, que siempre había sido irregular de por sí. Pero el desorden de métodos anticonceptivos de las últimas semanas había terminado de dar al traste con mi intento de llevar control de mi ciclo. Me había sometido a altas dosis de Mycroginon y Norgyl.
En un país en que la “píldora del día después” es ilegal, a pesar de que su mecanismo de acción no es abortivo, la mayoría de mujeres jóvenes y sexualmente activas saben –o pueden fácilmente averiguar por internet- que con una mezcla de altas dosis combinadas de otras píldoras se puede conseguir el mismo efecto, aunque poniendo en riesgo la salud, con severos efectos secundarios y tras pasar generalmente un mal rato de molestias fuertes.
Tras mucho tiempo de inactividad sexual había reiniciado mi vida amorosa poco tiempo atrás, y debido a las circunstancias y forma inesperada en que comencé mis encuentros pasionales con Alejandro, al inicio no tuve tiempo de ir a control ginecológico para optar por el método anticonceptivo idóneo para mí.
Con el fin de no tentar al destino, por mi cuenta decidí en las primeras ocasiones someterme al método de las altas dosis combinadas, pero este me generó tal descontrol hormonal que debí suspender la esperada cita con la Dra. Kim hasta que se me normalizara el ciclo y se terminaran los sangrados intermitentes que mi método improvisado generó. Pero ese momento nunca llegó, llegó primero el descuido y el impulso.
En un fin de semana que nos cambió las vidas, o al menos a mí me cambió la mía, decidí entregarme por completo a Alejandro, darme la oportunidad de querer a una persona tras un largo período glacial -afectiva, sexual y emocionalmente hablando-, en el que viví cosas que no le deseo a ningún otro ser humano, y que aún hoy no acabo de comprender.
Y por eso cuando tomé la determinación de iniciar una nueva vida y darme la oportunidad de existir de nuevo como mujer, abrí las puertas a este hombre apasionado que parecía acariciarme las alas y entenderme los deseos de volar. Así que en ese fin de semana de mediados de setiembre me consumí en él como nunca y se me olvidaron mis deseos de control, mis temores e inclusive mis más básicas responsabilidades: cuidar de mí misma y de mi cuerpo.
Sabía bien –y debí haber aprendido de mis últimos años- que no puedo confiar mi integridad a nadie más que a mí, que soy yo la cuidadora de mi ser. Y sin embargo, a veces pueden más los deseos de entrega y de confiar. “¿No te viniste adentro verdad? Acordáte que no quiero tomarme las del día después para ver si acaso se me regula el ciclo y comenzar con las de verdad” le pregunté al día siguiente.
“No, guapa, ni una gota, todo afuera” me contestó. Y yo me di por satisfecha. Una semana después volvimos a coger, la respuesta de si se vino o no ya no era tan segura y entonces me tomé de nuevo las del día siguiente.
Pero precisamente porque estas píldoras no son abortivas, si ya hay fecundación no se interrumpe el embarazo. Y en ese momento no lo sabía pero ya estaba embarazada; parecía que en la ocasión anterior sí se escapó una gota o dos. De nuevo el descontrol: con esta nueva toma de la sobredosis del día siguiente, sabía que debía dar un par de semanas de tiempo a que terminaran todos los efectos para volver a mi normalidad hormonal e intentar, una vez más, planificar como la gente. ¡Cómo me he reprochado ese desorden, esa irresponsabilidad, de continuar en un ciclo de sobredosis y pausas de control que me llevaron a ProMujer!
Ni un paso atrás
Unos días después del último encuentro sexual, Alejandro me terminó. No sentía que yo estuviera emocionalmente lista para desligarme de los capítulos grises y profundos que me precedían y temía que lo estuviera utilizando para huir de mis demonios personales. Me sentí furiosa. Ahí estaba yo, habiendo movido cielo y tierra para romper las ataduras y miedos que me tenían congelada, habiendo hecho un gran trabajo personal para echar vuelo y darle la oportunidad a esta nueva etapa, y ahí estaba él, cargado de temores y juzgándome. Pero mi fortaleza y determinación no eran pasajeras ni tenían que ver con él, así que molesta o no, nunca se movió un ápice mi determinación de seguir adelante con mi vida.
Para los primeros días de octubre yo sabía que ya debía estar lista y en normalidad hormonal para iniciar la planificación ordinaria. Comenzaría una vida afectiva y sexual sana –con Alejandro o con quien estuviera listo para una mujer como yo o con quien me diera la gana al fin y al cabo- y no dejaría mi integridad física y mi plan de vida al impulso ni al azar.
En la tarde del martes 7 de octubre, cuando salí del trabajo camino a la casa pasé a comprar un “Acierto” a la farmacia de Plaza Mayor y continué a la casa, a pocas cuadras de ahí, a hacérmelo. Tenía días asumiendo que el atraso y los malestares físicos se debían a la sobredosis de pastillas del método combinado, pero aún así, antes de sacar la cita con la doctora debía descartar la peor de las opciones.
Orino. Tres minutos. Dos rayas. Mierda. El mundo se cae. Todo se cae. Todo negro. Me sentí desmayar. Los escalofríos que no se quitan. El hueco en la panza. Todo lo que recorrí. La vida de la que huí, la vida nueva que comenzaba, todo cayéndose. Ya no habría libertad para encontrarme en la soledad de estar conmigo misma, de aprender a bien amar, de aprender de cero todas las cosas que tengo que aprender. Ahora esto, ahora qué sigue, ahora qué pasa, ahora qué hago. Mierda. Estoy embarazada.
Tomé el celular, llamé a Alejandro, 6 de la tarde. No contestó. Llamé una, dos, tres veces, nada. Mensaje de texto: Guapo llamáme. A los 10 minutos otro mensaje: Llamáme porfa. Me urge hablar con vos. Me llamó dos horas después. Negación. Que el examen de orina no es certero. Hacéte el de sangre. Tranquilidad. No apresurarse, no sacar conclusiones. Yo sabía que no era precipitación ni conclusiones. No hay falsos positivos, le dije. Estaba asustadísima, mis manos temblaban mientras sostenía el celular. Las piernas de mantequilla. Quedamos de vernos la noche siguiente.
Al otro día no fui a trabajar. Me reporté enferma y realmente me sentía enferma, mi jefe no puso peros. Estaba embarazada: el sueño y las hormonas descontroladas me tenían en un estado de desequilibrio físico. Fui a Labin a hacerme un examen de sangre y luego regresé a mi casa a refugiarme en las cobijas y evadir con sueños la realidad.
Tanto trabajo recuperando el control de mí misma para perderlo de nuevo por un rato de placer. Un par de horas después ingresé a la página con la clave que me dieron cuando pagué el examen. Resultado positivo. Mensaje de texto para A.: Ya tengo el examen de orina. Sí estoy. Estoy muy ahuevada y asustada. Te espero en la noche.
Alejandro llegó en la noche. Se comportó cariñoso y honesto. Queríamos intentar de nuevo darle un chance a una relación pero él no estaba listo para ser papá. Me dijo que me apoyaría en lo que decidiera pero que la decisión era mía. Yo hubiese querido que fuera de ambos pero el mundo no es justo. Hubiese querido que la naturaleza fuera más equitativa y no tener que cargar sola con el peso de lo que fuera a venir. Pero es lo que es… Esa noche lo decidí o lo decidimos.
Barajando opciones
Le comenté que yo sabía de tres opciones. Una era tratar de viajar, como hizo mi amiga. Lo más cerca y barato era Miami, pero lo barajaba como última opción por cuestiones de tiempo y dinero. Las otras dos eran las que tenía si me quedaba acá: buscar un doctor o clínica clandestina que hicieran el trabajo, o comprar en el mercado negro pastillas de Cytotec para hacerme un procedimiento casero. Esta última era muy sencilla. Era vox populi que investigando en Internet das con el correo del tipo, le mandás un mail y te las lleva a domicilio. No se hacen preguntas. La dosis que yo ocuparía en este punto era de ocho pastillas, ciento veinte mil colones.
El procedimiento duraría un par de días, lo podía hacer en un fin de semana. Pero no tendría supervisión médica de ningún tipo. No sabría si salió bien o no, si tenía una infección, si seguía embarazada, si lo que me estaba introduciendo en la vagina era un medicamento real, producido y aprobado –aunque sea con otros fines- por alguna entidad real y legal del mundo; o si era veneno para ratas, confites o acetaminofén. Era demasiado riesgoso. Quería buscar un médico. Quería ayuda de verdad.
Alejandro me dijo que sabía de alguien, que le diera unos días para averiguar porque bueno, era un tema delicado y que no se puede hablar así, de buenas a primeras. Además no quería levantar sospechas de que era para un asunto suyo así que debía buscar la forma adecuada de indagar. Le rogué que se apurara. No quería pasar muchos días así, sabía que entre más avanzara la gestación más riesgoso sería el procedimiento, más complicaciones se podían dar, y bueno, la verdad no quería andar mucho tiempo en este estado, no quería sentirme tan vulnerable, tan sensible, tan asustada, tan a merced del mundo, no quería torturarme más que lo necesario.
A modo de broma tierna y para bajar la tensión del momento, de manera casual él bautizó a nuestro accidente como Nínive. Yo no estaba dispuesta a personalizar ese óvulo fecundado que había decidido desechar, no iba a entrar a cuestionarme mi visión del inicio de la vida humana –que siempre había sido clara- precisamente en ese instante en que lo debía poner a prueba. Sin embargo me pareció sano visualizar y darle nombre a lo que estaba viviendo y que tenía por vivir, confrontar y aceptar mis actos y mi decisión, y restarle algo de tragedia a uno de los momentos emocionalmente más complejos que se puede experimentar como mujer.
Esa noche oré o medité, que para mí es lo mismo, y pensé que Nínive algún día tendría cabida en mi vida. Que algún día sería una buena mamá. Se lo expliqué a Nínive, esperé que en algún lugar de la consciencia o existencia, esa alma que estaba esperando gestarse comprendiera que no era el momento para venir, que yo algún día estaría lista para recibirla, pero que por ahora tendría que esperar. Adiós Nínive. Nos conoceremos más adelante. Te prometo que la próxima vez estaré lista, pero ahora no, hasta luego.
En busca de respuestas
Le di varios días a Alejandro en los que nada se pudo resolver. Yo por mi cuenta no dejé de investigar. Poco pude concentrarme en mi trabajo y dediqué la mayor parte del tiempo a googlear “aborto en Costa Rica” y leer absolutamente todo lo que me encontré. En muchos casos eran páginas cargadas de odio. Foros diciendo que no fuera uno irresponsable de matar a su bebé. Que era una carebarrada ser una zorra y abrir las piernas y después simplemente convertirse en asesina.
Traté de no tomármelo personal porque tenía que seguir leyendo e investigando mucho más, y me tocaría en definitiva leer miles de condenas, insultos y juicios para “mujeres como yo”.
Parece que si no tenía 12 años o había sido brutalmente violada, no tenía ninguna autoridad moral o derecho para decidir si quería ser madre o no y en qué condiciones. En circunstancias como las mías, los únicos calificativos aplicables eran zorra, irresponsable y asesina.
Para los hombres que tienen relaciones sexuales sin protección, que se desentienden de la planificación sexual y que en el mejor de los casos ni se enteran de estos eventos, no había tantos insultos ni chats destinados a agredirlos.
Me desligué emocionalmente de lo que estaba haciendo para poder continuar con la tarea. No me podía dar el lujo de llorar, ofenderme, asustarme o darle mucho espacio a los cuestionamientos y sentimientos de culpa.
Afortunadamente encontré foros y páginas, principalmente de otros países en donde sí se encuentra regulada la interrupción del embarazo, en que se trataba el tema con humanidad y respeto. Principalmente con mucha naturalidad, como si se tratara de una opción y decisión más, igual que cualquier otra, en que yo decido sobre mi vida y sobre mi cuerpo.
En casi todas estas legislaciones se estima que la vida de la persona humana inicia cuando hay actividad cerebral y un sistema nervioso central desarrollado, lo cual se da aproximadamente entre los tres y cuatro meses de gestación. Antes de eso existe un óvulo fecundado, cigoto o embrión –según el grado gestacional- que está comenzando a reproducirse, a generar los órganos necesarios para desarrollarse y que tiene potencial de vida, pero que no se considera aún un feto o bebé. Todavía no siente, no tiene impulsos cerebrales, es un saquito gestacional con potencial de vida pero no es una persona.
Así que en esos primeros meses, los derechos y libertades que prevalecen son los de la única persona existente: la mujer en cuyo útero se encuentra el aglomerado de células, que según la mayoría de credos religiosos de países como el nuestro ya sería un ser humano con alma e iguales derechos que la mujer de carne y hueso que debe cargarlo consigo por el resto de su vida.
En estas búsquedas encontré ProMujer. La página de internet era quieroabortar.cr, un nombre que me pareció sumamente atrevido e inverosímil para las condiciones de misterio y clandestinidad que yo esperaba. Su contenido me resultó igualmente sorpresivo y hasta cierto punto ridículo: ¿Se te pasó la mano estas vacaciones? ¿Noche de loca pasión y ahora estás arrepentida? Tranquila, nosotros te lo resolvemos…
Las alusiones tan explícitas, ordinarias y casuales, como si se anunciara cualquier tipo de servicio, me generó un alto nivel de angustia: No tenía yo posibilidad de “mirarle el diente” a este tipo de caballo ni mucho menos exigir gustos. Después de todo estaríamos lidiando entre delincuentes ¿qué garantía o expectativa me podía generar?
Despertar de una pesadilla
Mi preocupación era si se trataría de cualquier aprendiz de brujo con ánimo mercantilista que no tendría consideración alguna hacia mi cuerpo y dignidad, o si se trataría de una organización con verdadera consciencia de género, que aunque igual tendría limitadas posibilidades de brindar un servicio adecuado, podría al menos darme una sensación de integridad y apoyo.
Algunos otros temores y dudas cruzaron mi mente: ¿Y si se trata de una estafa? Me cobran un platal, me drogan y luego salgo exactamente igual… O me quitan los órganos… O me secuestran, o me matan, o me someten a trata de blancas ¿o cualquier otro de los miles de riesgos imaginables de realizar una disposición riesgosa sobre mi cuerpo en la total ilegalidad? En todo caso, no tenía otras opciones. Esta era la opción. Le dije a Alejandro que no podía esperar más por su ayuda. Iría a ProMujer.
Llamé al celular anunciado en la página, y tal y como esperaba, nadie contestó sino que un rato después recibí una llamada de un número privado. No me quisieron dar precios ni ninguna información, me dijeron que por lo delicado del asunto solo lo harían en una cita personal de valoración inicial que sería gratuita y para la que me ofrecían un campo la próxima semana.
Les dije que sí, pero que la quería para lo antes posible. Me explicaron que no tenían espacio para antes, y que en el ínterin suspendiera cualquier tratamiento abortivo que hubiera iniciado pues sería incompatible y peligroso con la atención que ellos me darían. Un día antes de la cita llamé de nuevo para confirmar y me dijeron que no me podían dar la dirección anticipadamente. Que llegara a la hora de la cita al final del boulevard de Rohrmoser, a topar con cerca, y estando ahí los volviera a llamar.
El día anterior a la cita preparé una carta para mis padres y la dejé en un sobre cerrado sobre mi escritorio. Le di a Alejandro sus números y también el de ProMujer con el que me había estado comunicando. Le expliqué por donde era y le dije que si al medio día no me había comunicado con él o no tenía algún tipo de noticia mía, fuera a mi trabajo a confirmar si había regresado de la cita o no. En caso extremo de que no se supiera de mí, debía contactar a mi mamá, explicarle quién era él, y decirle que había una carta para ella en mi oficina.
-¿Nos permitirías hacerte un ultrasonido Natalia? Aunque tenés pocas semanas ya se puede oír el corazón del bebé- dijo Walter señalando hacia la camilla ubicada detrás de él.
Se me comenzó a hacer un nudo en el estómago. Había una pequeña, muy pequeña sospecha, dentro de todas las posibles teorías conspirativas que yo había barajado antes de venir, pero a la que le había dado poco crédito. Sin embargo la propuesta del ultrasonido y el vocabulario de Walter me comenzaron a encender las alarmas. Me detuve en seco y pregunté:
-Antes de hacer nada más quisiera que me aclaren bien las cosas. ¿Esto es una clínica de abortos o no? Una de las mayores razones por las que temía llamar o venir aquí es porque no quiero ser engañada. Estoy pasando por el momento más difícil de mi vida y lo que quiero es apoyo, no quiero que me engañen entonces explíquenme bien cómo va a funcionar esto…
-Vos lo acabás de decir Natalia, estás pasando por un momento difícil y nosotros estamos aquí para apoyarte, lo único que queremos es ayudarte.
-¿Ustedes tienen alguna creencia religiosa, pertenecen a algún grupo?
-Pues sí tenemos nuestras creencias pero eso no tiene nada que ver con esto, aquí estamos como personas, para ayudarte…
-Bueno ¿pero ustedes hacen abortos o no?
-Natalia aquí nadie va a decidir nada por vos, nosotros lo que queremos es ayudarte. Si estás aquí, y estás hablando con nosotros es porque estás confundida y querés información. Nosotros estamos aquí para darte esa información.
-Yo no estoy confundida. Yo sé lo que quiero y sé lo que no quiero, y para “desconfundirme” voy a terapia. Aquí vine a ejecutar una decisión tomada, esta cita y toda esta conversación es porque me la exigen ustedes para proceder con lo que yo quiero, pero si eso no va a suceder les agradezco que me sean honestos de una vez.
-Natalia ¿has oído hablar del síndrome post aborto? ¿Sabés que si abortás seguramente vas a entrar en una depresión tan grande que podrías hasta suicidarte? Tenés que conocer los riesgos antes de tomar una decisión así.
-He leído del síndrome, también leí que es un invento de los fundamentalistas de grupos Pro Vida, y en fin, no quiero hablar de eso ahora, quiero que me respondan y me sean honestos ya; para terapias tengo otro lugar, solo necesito saber si esto es de verdad o no.
-Bueno vos decís que ya estás decidida y sin embargo no querés conocer toda la información, no querés que te explique del síndrome, no querés hacerte un ultrasonido… Dejame que te ponga unos videos informativos…
Sin dejarme terminar de responder, con el control remoto Walter encendió el televisor que se ubicaba a mi costado. Conforme empecé a cuestionarme lo que estaba sucediendo todo daba vueltas a mi alrededor, las piernas se me deshacían en el sillón, el pecho me sudaba frío, sentía sangre en la cara. Una mezcla de confusión, ira, dolor y vergüenza se arremolinaba en mi mente y en mi piel impidiéndome ver claro hacia la puerta.
Quería ver si estaba abierta o cerrada para huir del lugar, me sentía atrapada aunque estaba a un par de metros de distancia de la salida; quería desaparecer de esa salita inmunda, pero al mismo tiempo no quería cerrar esa diminuta ventana de esperanza, cada vez más pequeña, de que realmente en este lugar fuera a encontrar la solución a mi problema.
No podía marcharme hasta no tener la certeza total de que ahí no encontraría respuestas. Y esa certeza se acercaba conforme la pantalla al lado mío comenzaba a proyectar imágenes de bebés en gestación, amamantándose, madres y familias felices, y como a mil leguas de distancia una voz en off: Solo se necesita de dos células y un milagro para lograr la maravilla de maravillas: la creación de una nueva vida.
¡Qué es esta mierda! ¿Quién es esta gente? ¿Qué es este lugar? ¿Me irán a denunciar penalmente? Les acabo de dar todos mis datos personales y saben cómo ubicarme, ¿qué putas estoy haciendo acá? Estaba herida, confundida y furiosa.
-Walter mire gracias por su tiempo pero estoy empezando a creer que esto no es lo que yo pensaba. Me dijeron que toda la información de hoy es confidencial ¿cierto?
-Cierto Natalia, pero mirá ¿qué vas a hacer? ¿No entendés que ya vos sos mamá en este momento? Si te das media vuelta y te vas, aún así seguirás siendo mamá, tus pechos… lo sensibles que están, puedo ver lo llenos que están, yo puedo ayudarte, dejáme que te examine…
-Ya no quiero seguir escuchando esto. Yo no creo lo mismo que ustedes sobre la vida, y tienen que respetarlo, todo el mundo piensa diferente, para mí esto no es así.
-Pero es que no se trata de lo que vos pensés, es lo que dice la ley…
-Pues la ley de otros países dice otra cosa- lo interrumpí- así que yo diría que sí tiene que ver con la forma en como piensa la gente, con la cultura, y esta es una mierda de cultura machista, y ustedes deberían ser más honestos, no engañen así a las personas- mi voz furiosa salía entrecortada, lágrimas bajaban por mi rostro enrojecido conforme iba tomando mi bolso y levántandome para salir mientras a mi lado seguía la proyección del video de manitas rosadas de bebé aferradas a los dedos de sus madres explicando el ciclo reproductivo.
-Natalia nosotros no estamos engañando a nadie, usted ya lleva una vida adentro, usted ya es mamá... Hable con su terapeuta…
-Pues sí, con él hablaré, con ustedes no tengo que hablar nada más, por favor ábranme, quiero salir de aquí. Tan simple como irme del país, ¿no entienden ustedes que no se puede tapar el sol con un dedo? Mañana en la tarde estoy en Miami, adonde me traten como un ser humano normal y respeten mi decisión, señores, hay un mundo ahí afuera en donde las cosas son diferentes.
-Bueno Natalia, ojalá no hagás nada de lo que te podás arrepentir, hablálo con alguien más y si ocupás cualquier cosa aquí estamos para vos, podemos ayudarte, seguiremos estando aquí.
-No creo que vuelva nunca. Buen día- Me alejé de los ojos de Walter que ya no me parecían reconfortantes sino cargados de fuego, como si detrás de todo esa palabrería amable y envolvente me deseara lapidar.
Adiós Nínive
Di media vuelta y salí a la sala conforme él me abrió el cuarto. Pasé de nuevo frente a las dos señoras que me miraron con cara de mojigatas como si no supieran lo que acontecía en el lugar, y una de ellas me acompañó al corredor y me abrió el portón a la calle.
Comencé a caminar de regreso, volviendo sobre mis propios pasos hacia alguna zona segura. Sentí como si estuviera en un sueño, o en una pesadilla más bien, en donde cada momento era más devastador que el precedente.
Tantas pruebas… tantas pruebas a mi fortaleza y a mi capacidad de valerme por mí misma, mi capacidad de cuidarme y protegerme y elegir lo mejor para mí. A costa de ser insultada, de ser juzgada, de ser menospreciada, por personas cercanas, por personas que quise, por personas en quienes confié, y ahora por personas a quienes desconocía, de quienes no sabía nada y que no sabían nada de mí, pero que eran los rostros de muchísimas personas más que piensan lo mismo que ellos.
Que dicen que no quieren juzgar pero que juzgan igual; que me condenarían de inmediato si supieran que voy a elegir lo que yo quiero, y no lo que la sociedad dicta que debo querer.
Ser libre en la opresión, elegir cuando no se tienen opciones, tratar de defenderme a mí misma en la clandestinidad, no es fácil, pero el camino que he recorrido me trajo hasta aquí, me trajo a saber que no se puede vivir a costa del sacrificio propio. De ahora en adelante tendría que poner las condiciones de mi libertad, y tendría que seguirme diciendo, a cada instante de mi vida, que sí puedo, que sí puedo elegir, que tengo derecho a ser feliz.
Me dirigí de vuelta a la empresa, de inmediato haría el encargo de Cytotec. Mañana sería la despedida de Nínive.
*Abogada, autora y docente en Derecho de la Información e Instituciones Jurídicas en la Escuela de Periodismo de la Universidad San Judas Tadeo.





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